miércoles, mayo 13, 2026
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Juan Cuvi

Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

¿Una asamblea constituyente de lujo?

Lo que la ciudadanía no procesa, ya sea por vergüenza o por autocomplacencia, es que las instituciones políticas son el reflejo de lo que somos como sociedad. Si estamos atravesados de cabo a rabo por el crimen organizado, ¿cómo podemos esperar que conspicuos integrantes de esos grupos mafiosos no lleguen a puestos estelares de la política?

Una cándida aspiración se está instalando entre varios analistas, articulistas y políticos a propósito de la convocatoria a una asamblea constituyente por parte del gobierno. Desde aquellos que cuestionan abiertamente esta iniciativa, pero que no descartan la posibilidad de que termine imponiéndose, hasta aquellos que la aprueban fervorosamente, todos insisten en la necesidad de que una eventual asamblea constituyente esté integrada por representantes probos, lúcidos, jurídicamente bien formados, conocedores a fondo de la realidad nacional, intelectualmente preparados y otro sinfín de cualidades que harían palidecer de envidia al más parado de los senadores romanos.

Lo que no se preguntan estos acuciosos porristas de la excelencia política nacional es cómo y de dónde vamos a sacar a personajes con un perfil de primer nivel. Como si el Ecuador en general, y su sistema político en particular, no estuvieran atravesando por un proceso acelerado de demolición institucional. Una asamblea constituyente no es más que un cuerpo legislativo extraordinario, pero de naturaleza similar al de un congreso ordinario. ¿Por qué tiene que ser diferente a los distintos órganos legislativos que hemos tenido desde el retorno a la democracia, allá por 1979?

Para nadie es un secreto que el país ha experimentado un sostenido proceso de deterioro de la calidad parlamentaria desde que se reinició la función legislativa. Algunos albergan una remembranza romántica del primer congreso que se instaló, luego de las dictaduras de los años 70. Grandes oradores, viejos políticos, expresidentes y futuros presidentes de la república engalanaban un espacio que, en esencia, jamás alcanzó una calidad excepcional. Al margen de las virtudes retóricas de varios de sus integrantes, la procacidad, las trifulcas, la camorra y la mediocridad también campeaban por el recinto legislativo. Un legislador llegó al extremo de la violencia cuando, en plena sesión, les descerrajó un tiro en la pierna a un colega. Nada de lo que ufanarse.

No obstante, las diferencias con las experiencias legislativas más recientes son inocultables, y tienen que ver con la propia involución de la cultura política nacional. Los miembros de la Asamblea Nacional que a duras penas han leído Condorito emergen hoy con más frecuencia. Si a eso agregamos la frivolidad de las redes sociales, que han colonizado el mundo de la política, es imposible que los nuevos asambleístas constituyentes sean un dechado de virtud y sabiduría.

Esto explica en buena medida la absoluta decepción de la sociedad con todo lo que huela o suene a política: partidos, congreso, representantes, elecciones… Pero lo que la ciudadanía no procesa, ya sea por vergüenza o por autocomplacencia, es que las instituciones políticas son el reflejo de lo que somos como sociedad. Si estamos atravesados de cabo a rabo por el crimen organizado, ¿cómo podemos esperar que conspicuos integrantes de esos grupos mafiosos no lleguen a puestos estelares de la representación política?

Una asamblea constituyente de lujo no deja de ser una vana ilusión.

 

Octubre 28, 2025

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