Si Lenín Moreno termina su período habrá demostrado que un barco a la deriva no siempre se hunde ni encalla. Quedar a merced de los acontecimientos puede ser una eficaz estrategia de sobrevivencia. Al menos, así ha funcionado durante el último año.
De la ambigüedad de los primeros meses el gobierno pasó a la inercia, para terminar en la más absoluta impasibilidad. El régimen carece de iniciativa; únicamente está a la expectativa de que los conflictos entre las principales fuerzas políticas ratifiquen el acuerdo tácito de que hay que sostenerlo hasta 2021. Porque nadie entiende el sentido de pedirle la renuncia al Presidente, como lo acaba de hacer un periodista-vocero de los socialcristianos, o de darle un golpe de Estado, como proponen los correístas obtusos, a menos que los chanchullos tras bastidores hayan diseñado un reparto del cual el común de los mortales no tenemos ni la más mínima idea.
La primera suspicacia que nos viene a la mente es que alguien quiera hacerse cargo de un país convulsionado y con una economía en soletas. Si un mandatario medianamente legitimado no puede manejar adecuadamente la crisis, ¿qué hace pensar que lo pueda hacer un vicepresidente que subió al solio por ascensor? Por más promoción que le han insuflado a propósito del combate al coronavirus, Otto Sonnenholzner no ha demostrado ni la talla de estadista ni alguna certeza política como para tomar el timón del país.
El régimen carece de iniciativa; únicamente está a la expectativa de que los conflictos entre las principales fuerzas políticas ratifiquen el acuerdo tácito de que hay que sostenerlo hasta 2021.
Una segunda suspicacia surge a propósito del intento de los correístas obtusos por evadir la justicia mediante la quiebra constitucional. ¿Hasta dónde es posible torcer una sentencia impecable sin tener que pagar las consecuencias a la vuelta de la esquina, inclusive con un gobierno de facto de por medio? Una cosa es manejar la justicia al estilo socialcristiano, y otra muy distinta es desaparecerla. La quema de la Contraloría dio muestras de la inocuidad de estos procedimientos. Un gobierno atrabiliario como el que anhela Correa es inviable en las actuales condiciones del mundo. Hasta Nebot le hizo el quite a una propuesta tan destemplada.
Una ultima suspicacia brota como consecuencia de los llamados en redes sociales a la intervención militar. ¿Será que la Fuerzas Armadas quieren hacerse cargo de un cadáver, con las implicaciones prácticas y políticas que esto implica? ¿Van a sacrificar su imagen institucional, cuando tienen a la mano un estado de excepción que les faculta para ejercer el control y las autoridades sin ensuciarse las manos?
Toca entonces aguzar mucho los sentidos para entender lo que se está jugando en los conciliábulos del poder. Por ejemplo, llama la atención que los grupos de poder sigan optando por sostener a un gobierno que no hace más que méritos para desplomarse.
Las corrientes en disputa seguirán generando olas y resacas, porque la eventual salida de la pandemia obligará a un inusual reacomodo de fuerzas. En medio de la colisión, el gobierno podrá mantenerse como un corcho que, aunque no va a ningún lado, tampoco se hunde. Tiene un año para dejarse arrastrar a conveniencia ajena y seguir flotando.
