miércoles, mayo 20, 2026
Ideas
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Trabajar: del castigo a la exigencia humana

El amo sabe bien que el trabajo surge de la libertad que, a su vez, se mantiene y se fortalece mediante el trabajo. Solo los libres trabajamos. Los esclavos son máquinas manipuladas por el poder del amo. La esclavitud sigue vigente porque aun existen amos. Estos les dice qué deben estudiar, en dónde deben estudiar, en qué deben especializarse. En dónde deben trabajar, qué paga deben recibir e incluso cuándo y cómo gastarla…

“Hasta que llegue tu último día, comerás el pan con el sudor de tu frente”. El primero de los grandes castigos con los que fue expulsada del paraíso la pareja original. En el mito y merced al sometimiento irrestricto al poder, todos los bienes estaban dados sin que el sujeto, grande o pequeño, hiciese nada más que desearlos. Sin embargo, era infeliz porque nada le faltaba y, en consecuencia, no sabía en qué consistía desear. Porque tan solo se desea lo que no se posee. Cuando optó por la libertad, no solo que desapareció, de una vez por todas, esa relación lineal entre el deseo y su objeto, sino que, para lograr el objeto del deseo, debía construirlo, elaborarlo. Es decir, trabajar.

El amo sabe bien que el trabajo surge de la libertad que, a su vez, se mantiene y se fortalece mediante el trabajo. Solo los libres trabajamos. Los esclavos son máquinas manipuladas por el poder del amo. La esclavitud sigue vigente porque aun existen amos. Estos les dice qué deben estudiar, en dónde deben estudiar, en qué deben especializarse. En dónde deben trabajar, qué paga deben recibir e incluso cuándo y cómo gastarla. Nuevos amos y nuevos esclavos cuya relación se organiza mediante apropiaciones directas y abiertas, mediante impuestos a los salarios, a los ahorros, a las ganancias, a los bienes adquiridos, a las herencias recibidas. Apropiación universal destinada a sostener la gran orgía del poder.

Rancios socialismos perversamente vestidos con ropajes de contemporaneidad que ni siquiera consiguen disimular la ineficiencia en los manejos de la cosa pública y su incapacidad de ahorrar. Socialismos que se reducen a la vacuidad de discursos que, no solamente no admiten crítica alguna, sino que, además, la rechazan y la persiguen no importa cómo con la clara intención de eliminarla. ¡Cómo viven y cómo disfrutan de los bienes públicos y privados los socialistas del siglo XXI apropiados del poder como cosa propia! Allí es lógica la reelección indefinida que tan bien defienden quienes medran del poder.

¿Acaso no se escuchan discursos en lo que los nuevos socialistas se refieren con unción a “nuestros trabajadores, nuestros obreros, nuestros profesionales, nuestros niños”? Nuestros, ¿de quién? ¿Quién les aseguró que los otros son parte de sus bienes personales, institucionales e ideológicos?

El Estado no es el gobierno de turno y, menos aun, su ideología social y política. El Estado somos todos y cada uno de los ciudadanos, niños y adultos, trabajadores y empresarios, las instituciones manejadas por el poder público y las empresas privadas. El Estado se constituye en y desde la libertad de todos, en esa libertad que ni se vende ni se hipoteca a ideología alguna. Esa libertad que posee cada sujeto para elegir sus propias dependencias. También se constituye desde el sometimiento de todos a la ley. En el Estado democrático no puede haber un menos uno, una excepción a la ley.

Desde el poder, sin embargo, se pretende construir la alienación de los sujetos al discurso del amo en el que no hay cabida ni para la crítica y menos aun para la rebeldía, entendida como la posibilidad de crear discursos diferentes. De entre las primeras estrategias que utiliza el amo para dar cuenta de su poder se halla la castración de la palabra de los otros, la castración de la libertad, de la voz, del deseo. Y, al mismo tiempo, el engaño con la propuesta edulcorada de que el sometimiento ocupa un lugar de privilegio en la lista de las nuevas virtudes sociales.

Indispensable colocar en el banquillo de los acusados los discursos sobre la libertad y la autonomía que surgen desde el poder. Existen muchas otras formas, no menos inhumanas, de crear campos de concentración y archipiélagos de Gulag. Estos socialismos que llevan a su extremo la lógica no distributiva del poder acaparado por un grupo de inspirados. Los grandes tiranos de la historia contemporánea nacieron y vivieron ahí.

Posiblemente no se viva sino un remedo de democracia cuando los frutos del trabajo de los ciudadanos son frecuentemente utilizados para solventar acciones del poder que fácilmente se disfrazan de apoyo a los necesitados e incluso de desarrollo. Hurgando un poco, se descubrirá que muchas de estas estrategias están destinadas a sostener el estatus quo de la pobreza. Los bonos a la pobreza pudieron transformarse en fuentes de trabajo para que dejen de ser la limosna del Estado que luego exige eterna gratitud que debe expresarse en votos seguros en las campañas electorales y en genuflexiones existenciales. Para el poder, que sabe bien lo que hace, no siempre es bueno enseñar a pescar cuando, más tarde, se pueden sacar buenos réditos personales regalando pescados a granel.

Las ayudas a los damnificados es una cosa y nos pertenece a todos. Los programas de reconstrucción de esos pueblos competen al Estado. Sin embargo, para el poder es de suma importancia aparecer como el gran benefactor y el gran consolador de noble corazón. El gran corazón que en nada contradice el hecho de que se amenace con la cárcel al pobre ciudadano que se queja de no tener nada que llevar a la boca ni en donde dormir ni con quién llorar su llanto. Pero aquello no es más que pura fantasía pues en verdad nunca aconteció.

Nuevas columnas

Más leídas

Más historias