lunes, mayo 18, 2026
Ideas
Álex Ron

Álex Ron

Escritor y catedrático universitario.

Quito en los noventa: No aparecían los libertarios, pero respirábamos libertad

El estado de guerra interna, con toques de queda, amenazas, acumulación de poder, quiebra económica y miedo es la oferta de los libertarios, hoy en el poder. Un recuerdo de Quito en los años noventa, nos da la medida de la libertad que hemos perdido.

Jueves, 10 de la noche en Quito. Salgo con mi hijo de 14 años a comer shawarmas. Deambulamos por varios restaurantes, Fairuz, cerrado. Cambiamos de plan: choripanes, El porteño, cerrado. Bueno, no nos rindamos, le digo a mi hijo. ¿Hamburguesas?, vamos al Corral, cerrado. Juan Valdez, cerrado. Por ahí, en la González Suárez, encontramos una pizzería, El hornero, que todavía atendía. Se respiraba tensión y fuimos los últimos clientes. Mientras él devoraba la pizza, después de hacer un tour por la ciudad, me acordé de los noventa, mi década.

En los noventa, Quito no era una ciudad fantasma. No respirabas miedo ni sentías que te acechaban delincuentes, narcos o militares. Recuerdo que teníamos una pequeña tribu urbana con la que recorríamos varios sitios. El mítico Café libro, ahí vendíamos mi libro de grafitis. Luego, un poco de jazz, pasábamos por el famoso Pobre diablo, después Seseribou, ahí la rumba era intensa y la cadenciosidad de la gente, extrema. Lugar mágico. No contentos con tantas experiencias placenteras, pasábamos por algún lugar de shawarmas, tipo dos de la mañana. Y después nos quedaba energía para pintar grafitis. A veces, cuando tenía suerte, escapaba con alguna chicuela a Guápulo, comprábamos una botella de vino… En fin. Quito era una ciudad que exudaba magia y seducción, no existían libertarios, pero teníamos libertad.

Naomi Klein, autora de La doctrina del shock, plantea que los grupos de poder aprovechan momentos de crisis profunda: colapsos políticos, desastres naturales, pandemias y otras situaciones extremas para imponer reformas neoliberales que la gente normalmente rechazaría. En momentos de desorientación colectiva, por ejemplo, cuando se aplica un estado de guerra interna, es mucho más fácil realizar privatizaciones y aplicar paquetazos económicos. Klein, utiliza los ejemplos de Chile y Argentina, en los setenta.

Creo que esta doctrina se está aplicando en Ecuador. Vivimos con miedo, generado por el propio Estado, los mass media y por las bandas de narcotraficantes que aparecen fusionados con el gobierno y otros grupos políticos. No vivimos en democracia, tenemos un presidente que acumula poder y va silenciando a cualquier tipo de voz opositora. La libertad libertaria es un nuevo tipo de tiranía ejercida por grupos oligárquicos.

Actualmente, los gobiernos que más hablan de libertad y que se proclaman más libertarios son los que imponen barreras arancelarias, estados de excepción y cualquier forma de represión que genere miedo. Cuando se introduce el miedo como sensación colectiva permanente, cualquier gobernante, incluso los más mediocres, pueden imponer medidas antipopulares y cometer actos de corrupción graves.

Noboa es un buen ejemplo de cómo gobernar sembrando miedo y distorsionando la realidad. Después de aplicar nuevos paquetazos y de subir los precios de gasolina y diésel en un 40%, se dio el lujo de decir en Estados Unido que “la calidad de vida promedio está aumentando en Ecuador”. Sí, en Ecuador, la segunda nación más violenta de América, donde tres millones de ecuatorianos están desnutridos y donde se esconde las cifras sobre el aumento de la inflación. Sí, Ecuador, donde las principales ciudades, son metrópolis muertas a partir de las 10 de la noche. No tengo claro cuánto están perdiendo los negocios de restaurantes, bares y discotecas en todo el país por el “toque de queda”.

El libertarismo, según Robert Nozick, está en contra de cualquier tipo de redistribución forzosa de la riqueza. Defiende un Estado mínimo cuya única función es impedir actos de agresión y de violencia. Bueno, si Noboa se considera libertario, por lo menos que nos proteja de la violencia. Sin embargo, si su única solución es enclaustrarnos bajo restricciones permanentes, nos encontramos ante un régimen totalitario que termina siendo más riesgoso que las propias mafias de narcotraficantes. Además, con tantos escándalos de corrupción del gobierno, donde participan narcos, es difícil visualizar cuál es el verdadero generador de violencia y caos.

Por lo pronto, someternos a un estado de excepción y de miedo es el mejor negocio político de este gobierno libertario. Definitivamente, en los noventa, no aparecían los libertarios, pero respirábamos libertad.

 

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