Voy a la cocina, luego al comedor, miro la revista y el televisor, me muevo por aquí, me muevo por allá… Así son todos, traficantes, y si no el sistema qué ¿qué?
Transan, venden, y es sólo es una figurita el que está de presidente.
Esta novela tiene que escribirse, sí o sí. Porqué si no se escribe yo estallo y si no estallo, ustedes estallan. Mejor así.
Tengo la canción de Bersuit, El cobrador, retumba en mi mente, no la puedo sacar. Y que importa, se siente bien teclear mientras suena, a ratos alterno con algo de Miles Davis mientras avanzo. Saben qué, yo salvé a una ciudad, pero eso ya no importa, a nadie le importa.
Un décimo de la economía del Ecuador funciona gracias al narcotráfico, somos una nación de narcos, algunos lo saben y otros se hacen los cojudos. Disculpen, no hay buenos modales en un país en tinieblas, desangrándose, un país donde todo termina siendo noticia y luego farándula. Y donde el gobierno actual habla de incitación a la violencia al referirse a unos músicos urbanos que lo critican crudamente, como Bersuit en la Argentina. En fin, violencia es abandonar un país a su suerte, mientras el gobierno hace un festín de recursos en medio de un conflicto armado y de una crisis energética.
Hacía veinte y un años, realicé un grafiti en una pared blanca de la avenida Orellana, con un aerosol marca Pintuco, de válvula ancha que esparcía colores como un meteorito en medio de la noche. Allí pinté: Armas de destrucción masiva: televisión, radio y prensa. Lo pinté en el 2003, cuando los gringos invadieron Irak con el pretexto de las armas de destrucción masiva, fue Bush hijo, que además repetía estar del lado del bien y de dios. Y aquí en Ecuador, su colonia, los medios dijeron sí que valientes son los gringos cómo salvan a tanta gente de la barbarie. Bueno en 2024, yo con un divorcio encima y unas cuantas canas, todo sigue igual, ahora están en Palestina. Todos narcos, de los malos…y el presidente, no puedo dejar la cancioncita, debería ser nuestro himno nacional.
Andaba algo bloqueado, tecleaba bajo mucha presión, como intentando mantener el orden y la armonía mientras creaba historias y personajes para que converjan en una ciudad delirante que en los noventa del siglo veinte, fue una fiesta de grafitis, un minarete urbano. Duró un par de años, no más, fue divertido. Cientos de grafitis en murallas de todo tipo de una ciudad conventual. Pintamos hipnotizados por una epifanía, sin control, y fue sano porque nació del viento de la cordillera, porque somos andinos. Quito es andino, y los Andes son una locura, crecer entre volcanes, nevados y cordilleras donde se combinan nieve, roca, tierra, cuarzo y obsidiana, todo eso es tan surreal.
Y claro, mucha gente dijo que éramos vándalos porque dañábamos el ornato, la propiedad privada, algunos pidieron sanciones. También aparecieron voces cómplices que alabaron la creatividad y picardía de nuestros grafitis, incluso algunos periodistas querían conocernos y entrevistarnos. Y sí, dimos entrevistas, aparecimos en la portada de una revista de las más difundidas, recuerdo que Ernesto y yo pintábamos un acróstico en medio de la niebla, la foto captaba la adrenalina y el etat second del que hablaba Cortázar. Dos fantasmas dejando su impronta que se extendía entre callejones, glorietas y edificios gigantescos.
Me hubiese gustado quedarme suspendido, flotando virtuoso en ese instante de la noche, mientras la neblina aceleraba los latidos y los trazos de aerosol eran más precisos y sincronizados, Ernesto y yo hacíamos un buen equipo. ¿Dónde está Ernesto ahora?, ¿fue devorado por la niebla? Un día me dijo que quería ser chamán y yo le dije: hermanito los chamanes nacen en lo más profundo de la selva, viven rituales de iniciación como ser picados por hormigas bala en seguidilla. Lo miré y le grité, ¿alguna vez te pico una hormiga bala?
No sé si le sirvieron mis palabras o fueron un desafío inútil. Treinta años después de esa conversación con Ernesto me picó una hormiga bala en un lounge de cabañas rústicas. Mientras caminaba fascinado mirando al río Napo, sentí un dolor acerado, profundo, en el talón, fue como si me hubiesen martillado el pie y el clavo seguía allí. Tuve pánico, recordé a Ernesto, los grafitis y a los chamanes con sus rituales de iniciación. Un buen amigo me aconsejó no pensar en el dolor, seguimos viendo un partido de fútbol de la selección, me repetí una y otra vez, olvídate del dolor. Además, no había médicos ni nada por el estilo, después de dos horas, el dolor había cedido, pude dormir con cierta dificultad y desperté intacto. Sobreviví al ritual.
¿Y ahora qué? ¿qué nos queda?
Elección o reelección, para mí es la misma mierda
Ellos tienen el poder y lo van a perder
Tienen el poder y lo van a perder
