martes, marzo 17, 2026
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Juan Cuvi

Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

¿Tiene futuro la política virtual?

Si el mundo de la política terminó convertido en un coto cerrado de los grupos de poder, que actúan de espaldas a la dinámica de la sociedad, las redes sociales también corren el riego de terminar como un enclave alejado de la realidad.

Hay un debate que la sociedad ecuatoriana no quiere asumir: ¿es conveniente que las redes sociales llenen el vacío dejado por la descomposición de las instituciones políticas convencionales? ¿Pueden TikTok, Instagram o Facebook reemplazar al ágora, ese espacio hasta ahora insustituible para la realización de la democracia?

La actual campaña para la consulta popular y el referendo del 16 de noviembre próximo está consolidando un proceso incontenible. Al menos, hasta que las aguas democráticas reencuentren un cauce más estable. En efecto, todo parece resumirse en una híper saturación de mensajes en las redes sociales. La plaza pública, que en otras épocas implicaba una disputa simbólica y práctica entre fuerza políticas, hoy parece condenada a ser un aditamento de la política virtual. Cualquier mitin o concentración tienen sentido únicamente en la medida en que pueda ser sintetizado en un insumo para las redes sociales. Exactamente igual a lo que ocurrió con los debates presidenciales en televisión.

La pregunta es si esa tendencia actual, que involucra de manera preferencial a la generación Z, pero que no excluye a una buena parte de las generaciones anteriores, es suficiente para resolver la profunda crisis del sistema político. Es cierto que la proliferación y el peso de los espacios virtuales son una respuesta a la inoperancia, desidia y corrupción de los partidos políticos, así como de las instituciones del Estado encargadas de responder a las aspiraciones de la gente. En muchos casos, las han puesto contra las cuerdas. Pero eso no significa, necesariamente, que están construyendo alternativas viables al sistema.

Por todo el mundo se producen estallidos sociales originados en las plataformas digitales. La base de esas movilizaciones es la inconformidad con un sistema de representación política que, además de corrupto y excluyente, está totalmente disociado de la realidad social. Las viejas estructuras institucionales (gobiernos nacionales y locales, partidos, sindicatos, parlamentos) han alcanzado niveles de descrédito que parecen irreversibles. El problema es que, por ahora, no hay nada concreto con qué sustituirlos. Y esa limitación solamente abona a una mayor frustración de esos jóvenes cansados del establishment.

Si el mundo de la política terminó convertido en un coto cerrado de los grupos de poder, que actúan de espaldas a la dinámica de la sociedad, las redes sociales también corren el riego de terminar como un enclave alejado de la realidad. Si un 65% se los mensajes que circulan en las redes son información falsa, hay que suponer que este porcentaje se incrementará en medio de una campaña electoral. Por obvias razones.

El imaginario electoral construido con las redes sociales puede llegar a ser más incompatible con las expectativas populares que la clásica demagogia del pasado. El gobierno de Daniel Noboa lo está evidenciando con absoluta crudeza.

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