lunes, abril 27, 2026
Ideas
Susana Cordero de Espinosa

Susana Cordero de Espinosa

Miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

“Siempre haciendo paraísos”

Pedro Fermín Cevallos devino, como sin quererlo, uno de los intelectuales ecuatorianos de fuste del siglo XIX, fundador, en 1875, director y miembro conspicuo de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

 

Por pedido de la filóloga y académica de la Real Academia Española, doña Dolores Corbella, trabajo hoy un documento sobre el primer director de nuestra Academia Ecuatoriana, don Pedro Fermín Cevallos (1812-1893), ambateño ilustre de su siglo, como lo fueron Juan León Mera, Juan Montalvo, Juan Benigno Vela y otros individuos connotados, cuya labor ha trascendido a su tiempo. Hoy sigo en ello, y comparto con mis lectores parte de dicha reseña.

Lamentablemente, pocos ecuatorianos que no sean historiadores conocen personalidades cuyas vidas probadas en tiempos tan aciagos como el que vivimos, —aunque por circunstancias históricas muy distintas— fueron aporte esencial para el devenir de la patria, y, al haberlo sido, testimonian, a partir de su propia experiencia vital, cierto optimismo, es decir, una válida forma de esperanza. Cevallos devino, como sin quererlo, uno de los intelectuales ecuatorianos de fuste del siglo XIX, fundador, en 1875, director y miembro conspicuo de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

Juan León Mera, su entrañable amigo ambateño, refiere en detalle cómo aquel, cuando adolescente, era enviado por sus padres a Quito, a cursar su bachillerato en un colegio capitalino: Pasados estos años de relativa responsabilidad y exigencia cada uno de ellos, antes de las vacaciones de ‘verano’ como pasan las pesadillas, Cevallos volaba al pueblo natal a entregarse a sus anchas, durante las vacaciones y en compañía de otros mozos alegres, a los bailes de candil, los paseos báquicos por las huertas que sombrean el Ambato y, en fin, a una existencia del todo libre de ocupación provechosa. El amor y el deleite eran sus únicas divinidades, jamás pensaba en lo futuro, su juicio dormía; su inteligencia trabajaba solo dentro de los límites del mundo material, su alma embriagada por el humo de la voluptuosidad, no podía elevarse ni dos dedos de la superficie de la tierra; eso no era vivir animado por el espíritu, era dejarse arrastrar por un aluvión de gozos censuales (sic). (Cit. por Rodríguez Castelo en su Pedro Fermín Cevallos. Breve catálogo de errores en orden a la lengua i al lenguaje castellanos…, p. 14).

Esta observación del amigo, admonitoria, sensata y divertida, no surgía del adentramiento profundo en la psicología, el vacío o la nostalgia que esas ansias adolescentes de gozo escondían; Mera se refería a lo visible y quizás aceptable en una ciudad como Ambato, de riquísima naturaleza, ríos transparentes y una vida de comodidades como fue la de Cevallos, en claro contraste con la suya, que, sin carecer de lo indispensable, fue sacrificada y trabajosa.

El mismo Cevallos, en alguno de sus artículos de costumbres evocaba esos años alegres y despreocupados: Siempre en movimiento, siempre con amigos y amigas, si no realizándolos, siempre haciendo paraísos. (Mera, Juan León. “El doctor don Pedro Fermín Cevallos, Apuntes biográficos”, Corona fúnebre, Quito, 1893).

Su talento se hacía notar. Ya graduado de abogado, ejercía con éxito su profesión; conocido y valorado en el medio ciudadano, hay un detalle del cual ni biógrafo ni historiador prescinden: la gracia de su trato siempre amable, inteligente, adobado por un hondo sentido del humor.

Su vida hasta entonces no mostraba interés por responsabilidades y puestos en espacios públicos, pero quizá su calidad humana y su condición ciudadana de prestigio bien ganado, contribuyó a que, a sus 35 años, fuese nombrado Diputado por Pichincha al Congreso de 1847.

Eran incansables su interés y su dedicación al estudio de la historia patria: vivía los acontecimientos políticos, anotaba e historiaba cuanto consideraba sustancial y, en la revolución de julio de 1851 que proclamó Jefe Supremo al general Urbina, tras su golpe de Estado contra el presidente Noboa, al cual se acusaba de haber pactado con los partidarios de Flores comprometiendo nuevamente la integridad nacional. (RC. Op cit.).

Cevallos saludaba al caudillo liberal, y empezaba la redacción del periódico oficial llamado El seis de marzo, en el que desplegaba su interés histórico y cumplía su vocación de escritor. Ya Ministro de Estado, luego secretario de la Asamblea Constituyente reunida en Guayaquil, emprenderá otra tarea de escritura con La Rebusca, su mayor empresa periodística. (R.C.). En lo literario es escritor ‘sin grupo’, con afición a lo clásico; colabora y explaya su talento en textos cortos como sus artículos de costumbres en La Democracia y El Iris. Sus trabajos incluyen anécdotas y menciones autobiográficas, y aparecen en dichas revistas, en despliegue de sus intereses históricos y literarios.

Si Cevallos fue y es recordado como un gran historiador y sus escritos fueran ejemplo del buen uso del español en el Ecuador y el mundo hispánico, durante los años sesenta del siglo XIX se evidenció aún más notoriamente su interés lexicográfico. En cada escrito suyo, cuidado y de estilo inconfundible, luce su búsqueda de precisión significativa. En su empleo discriminatorio y digno de la lengua, encontramos al lexicógrafo que nos entregaba, palabra tras palabra, el cuidadoso resultado de sus íntimos afanes.

En el citado estudio de Hernán Rodríguez Castelo, —ya habrá tiempo para referirme más detalladamente al trabajo de este gigante de entre nuestros eruditos— encontramos el dato relativo al interés lexicográfico de Cevallos y a su vocación pedagógica, que se imprime en todo lo que él entrega a los lectores, y más aún, pues: …ocho años antes de haber sido nombrado académico, es decir en 1862, publica un librito que llena un vacío en la cultura nacional… titulado Breve catálogo de errores…e iniciaría larga e ilustre serie de estudios idiomáticos nacionales… (R.C. op. cit.)

Cevallos no se ha detenido. Hoy es objeto del profundo interés de la Real Academia de la Lengua y de la Asociación de Academias. Y no es para menos, sino para mucho más.

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