miércoles, julio 15, 2026
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Consuelo Albornoz Tinajero

Consuelo Albornoz Tinajero

Profesora universitaria, investigadora y periodista, con un doctorado por la Universidad Nacional del Cuyo, de Argentina.

Si el veredicto ya no me gusta, lo desconozco

El meollo del problema que se fabricó el Gobierno en el concurso para el Museo Nacional tendrá repercusiones, probablemente negativas, en el conglomerado nacional: el irrespeto a sus propias reglas, la discrecionalidad en su máxima evidencia.

El Gobierno del presidente Noboa convocó un concurso nacional e internacional para construir el museo nacional. La convocatoria fue muy bien acogida. Hubo un primer contingente de 147 proyectos que luego de una primera selección quedó en 17. De entre estos, un jurado integrado por profesionales de primera línea escogió uno: el ganador. A poco de anunciado este fallo se armó la batahola y el gobierno convocante resolvió rechazar el dictamen del jurado.  Increíble e incomprensible. ¿Qué pasó?  Los detalles del proceso y de este desenlace los difundió uno de los jurados, el arquitecto español Alejandro Zaera-Polo en el programa Politizados< https://www.youtube.com/live/qF3UcOYPuVo?si=dRc-iC4X-1PFqdBs&gt;, conducido por Martín Pallares y Roberto Aguilar.

La razón que arguyó el gobierno para semejante actitud, es que los ciudadanos expresaron su desacuerdo con la resolución del jurado y había que escucharlos y complacerlos. La explicación no resulta convincente. Suena a peregrina y no borra la bofetada que propinó a los ganadores, a los otros concursantes independientes, al jurado y al país.

Toda persona que ha sido parte de un jurado sabe que sus gustos personales y afinidades no tienen lugar en un espacio serio. Que incluso sus sentires particulares no pueden colocarse por sobre las bases del certamen. Y que, tras deliberaciones, discusiones incluidas, se acepta el criterio suscrito por la mayoría. Este juicio por lo general contiene observaciones y recomendaciones para que sean acogidas y resueltas por el proyecto seleccionado, muchas veces obligatoriamente. Como en la democracia.

Y este es el meollo del problema que se fabricó el Gobierno y que tendrá repercusiones, probablemente negativas, en el conglomerado nacional: el irrespeto a sus propias reglas, la discrecionalidad en su máxima evidencia.

El caso me recordó, de inmediato, al desafuero del presidente Donald Trump cuando ordenó al jefe de la FIFA anular una tarjeta roja y permitir así que el jugador sancionado no quedara excluido del siguiente partido. Pero el karma funcionó y Estados Unidos fue goleado por Bélgica.

El desconocimiento de toda regla, la discrecionalidad absoluta, solo puede conducir a la desconfianza, a la desunión y al caos. Debilita toda relación social, pues convierte en norma aquello de que quien más grita es quien gana, prevalido por su poder político, económico o de otra naturaleza.

Tanto se ha hablado en Ecuador sobre la seguridad jurídica, sobre la necesidad de respetar los acuerdos, que es inconcebible que hoy el gobierno desconozca los resultados de un proceso que fuera convocado por el mismo gobierno.  ¿Acaso esto no es un ejemplo manifiesto de inseguridad jurídica y de debilidad institucional?

Leí que en las bases del concurso se consignaba la entrega de un premio económico de 450 mil dólares al anteproyecto ganador.  ¿Lo van a entregar?

Es lamentable que un anuncio que solo tuvo aspectos positivos haya tenido un final tan triste.

Quiero agregar un par de reflexiones sobre la inopia mostrada en las recientes decisiones. Están vinculadas con el arte, y la arquitectura es muy cercana al arte en tanto expresa valores culturales, sociales y humanos.

A principios del siglo XX, en 1913, el estreno de La consagración de la primavera de Igor Stravinsky, fue pésimamente recibido por el público asistente, pues incorporaba innovaciones que posteriormente fueron comprendidas y asimiladas.

Y la obra de Van Gogh. En vida su arte fue rechazado y vapuleado pues también rompió con los cánones imperantes. Nadie compraba sus cuadros. Tuvo que morir para que el mundo reconociera la belleza y calidad estética de su producción.

Es que no siempre la opinión mayoritaria es la valedera.

 

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