martes, julio 14, 2026

México contra Ecuador: «Masiosare» contra «Y a tu pecho»

Después de vivir en México y de seguir en contacto con muchos amigos y amigas mexicanas, puedo decir que lo que más existe entre ambos pueblos es respeto y afecto, aunque basten cinco minutos en Twitter para convencerse de lo contrario.

 

Por: Julián Estrella

El mundial de fútbol es una de las pocas oportunidades —si no la única— para conocer, entre muchos otros elementos culturales, tradicionales y folclóricos, los himnos nacionales de cada país. El martes 30 de junio, como es sabido —¿tan atrás quedó tan pronto?— se enfrentaron México y Ecuador en esta novedosa fase mundialista: los dieciseisavos de final.

Tuvimos, entonces, la oportunidad de escuchar dos himnos muy emparentados entre sí. No solo porque ambos exaltan la guerra, la sangre, los cañones y los héroes —como la mayoría de himnos ñamericanos, y quizá del mundo—, sino, sobre todo, por su estilo marcial, su métrica decasílaba y un ritmo de acentuación idéntico.

Intente, amiga o amigo mexicano, cantar esta estrofa del himno ecuatoriano con entonación mexicana:

Los primeros los hijos del suelo

que el soberbio Pichincha decora,

te aclamaron por siempre señora,

y vertieron su sangre por ti.

Haga lo propio, amiga o amigo ecuatoriano, con esta estrofa del himno mexicano. Recomiendo usar el tono de “Dios miró y aceptó el holocausto”:

Mas si osare un extraño enemigo

profanar con su planta tu suelo,

piensa ¡oh Patria querida! que el cielo

un soldado en cada hijo te dio.

—en cada hijo te dio,

en cada hijo te dio,

chan cha chán.

Salve, oh Patria…—.

Es un continuo musical que bien podría ser también narrativo, ¿verdad?

Pero esa no es, ni de lejos, la única semejanza entre nuestros países. De hecho, todavía quiero decir algo más sobre los himnos.

Volvamos al mexicano. “Más, si osare un extraño enemigo”. ¿Sabía usted que Masiosare es un nombre que se usa en México, como rindiendo homenaje al extraño enemigo?

Ahora vayamos al coro ecuatoriano:

Salve, oh Patria, ¡mil veces! oh Patria.

¡Gloria a ti! ¡Gloria a ti!

Ya tu pecho, tu pecho rebosa,

gozo y paz, ya tu pecho rebosa…

Hasta ahí, por favor.

Si tiene la oportunidad busque un video de cómo se canta el himno ecuatoriano en el estadio o recuerde la última vez que lo escuchó. ¿Ha notado que, enfoque a quien enfoque la cámara, sea jugador o hincha, canta “ya tu pecho, a tu pecho, rebosa”? ¿De dónde salió ese “a tu pecho” que convierte la frase en un pequeño disparate gramatical?

En México se unen tres palabras del himno para crear un nombre propio. En Ecuador se añade una palabra que vuelve incoherente la frase, aunque se la cante con convicción. Nacionalismo barato. En eso nos parecemos: en esa mezcla altisonante de fervor patriótico y folclore tercermundista. Cantamos una letra sin entenderla del todo, pero con ímpetu. Iletrados, pero bravos, cabrón, diría un mexicano. Pobres, pero arrechos, hijueputa, diría un ecuatoriano. Exaltamos, además del nacionalismo, la pobreza, el analfabetismo. Luego nos quejamos del nivel de debate legislativo en cualquiera de los dos países.

Si en algo tan emblemático como el himno nacional, o tan campechano como deformarlo al cantar, nos parecemos tanto, ni hablar de las semejanzas culturales. Con motivo del partido, el escritor mexicano Enrique Krauze escribió en Twitter: “Ecuador es el país y el pueblo más cercano culturalmente a México. Quiero expresar mi simpatía por ese país y ese pueblo, por encima de los viles intereses de la política y las fugaces pasiones deportivas”.

Sirva esa constatación, que hago propia habiendo vivido dos años en México, para hablar de esos viles intereses y fugaces pasiones que llevaron a que este partido sea el motivo —o el pretexto— para una hostilidad inédita entre ambos países.

Los intereses políticos tienen que ver con la vieja estrategia de fabricar enemigos externos, muy al estilo goebbeliano. Ambos países mantienen rotas sus relaciones diplomáticas desde que el gobierno ecuatoriano invadió la embajada mexicana, después de que el gobierno mexicano concediera asilo a un delincuente condenado por la justicia ecuatoriana. Ni el asilo debe servir para proteger delincuentes, ni se deben invadir embajadas. Hasta ahí, espero, estamos de acuerdo.

El problema empieza cuando un gobierno reduce la discusión a “México asila delincuentes” y el otro responde “Ecuador invade embajadas”, intentando convertir un conflicto entre gobiernos en un conflicto entre pueblos. Ese es el nacionalismo más rancio: el que transforma individuos en masas y necesita fabricar un “otro”, exactamente igual que nuestros himnos, eternamente obsesionados con la patria… y con quien no es patria. Como señala otro escritor mexicano, Juan Miguel Zunzunegui, este tipo de generalizaciones son la esencia de los totalitarismos y los fascismos. No es casualidad que el anterior presidente y la actual presidenta de México insistan en exigir disculpas a España por hechos ocurridos hace cinco siglos —mientras vulneran derechos de comunidades indígenas actuales—, ni que en Ecuador se haya vuelto costumbre vandalizar monumentos relacionados con el imperio español. Y eso que ya ni siquiera cantamos la primera estrofa del himno, donde España aparece como un “monstruo sangriento”.

En cuanto a las fugaces pasiones deportivas, el fútbol, efectivamente, despierta emociones intensas, no siempre nobles. No es noble, por ejemplo, pretender que el adversario no descanse, ni lanzar alimentos, bebidas u objetos a la hinchada rival. No solo no es noble, sino que es racista y repudiable aludir al color de piel del equipo adversario, como ocurrió en redes sociales, especialmente desde cuentas mexicanas contra la selección ecuatoriana. No es, por desgracia, un caso particular de México ni exclusivamente contra Ecuador. Ataques similares han sido dirigidos hacia las selecciones colombiana y francesa, por ejemplo, y hierven en las redes digitales de toda Ñamérica —término entrañable de Martín Caparrós para referirse a Hispanoamérica—. Basta recordar el caso de la senadora paraguaya Celeste Amarilla —que ironía llamarse como dos colores y ser racista— contra el jugador francés Kylian Mbappé.

El problema empieza cuando un gobierno reduce la discusión a “México asila delincuentes” y el otro responde “Ecuador invade embajadas”, intentando convertir un conflicto entre gobiernos en un conflicto entre pueblos.

La verdad es que México quedó peor parado porque era el anfitrión y, como tal, tenía una mayor obligación de hospitalidad. De “las sagradas leyes de la hospitalidad”, como diría George R.R. Martin. Pero, amigas ecuatorianas y ecuatorianos, reconozcamos que nuestra hinchada no es precisamente una hinchada modelo, como la japonesa, y que también solemos ser parte de ese folclore futbolero de incomodar al rival todo lo posible. Además, nuestras barras y barriadas no están exentas, qué más quisiéramos, de racismo. Y eso sin hablar del machismo y la homofobia. Es cierto que no gritamos “eh, puto” cada vez que saca el arquero rival en el estadio —yo creía que la FIFA ya no toleraba eso; al parecer el dueño de casa puede gritar lo que quiera—, pero no olvidemos que el clásico “porompompón, porompompón, el que no salta es el-rival-de-turno maricón” sigue resonando en los estadios ecuatorianos.

Y ya que estamos, hablemos de los cánticos de las hinchadas, donde aparece otra similitud entre ambos países. Además de tercermundistas en lo socioeconómico, seguimos siendo bastante tercermundistas futboleros. Discúlpenme, pero nadie gana un Mundial cantando, como México, Chiquitibum a la bim bom ba, mientras Inglaterra canta It’s Coming Home y Argentina entona Muchachos. Y en cuanto a Ecuador… permítanme extenderme sobre un tema que requiere un poco de contexto.

Para el Mundial 2026, la organización invitó a cada selección a elegir una canción que acompañe la celebración de sus goles en los estadios. Inglaterra escogió Chase the Sun; Francia, One More Time; Argentina, La cumbia de los trapos; México, el Son de la Negra… Y Ecuador eligió la canción Ecuador, sí se puede. Es decir, se podía elegir una canción emblemática de nuestra cultura, como hizo México; una canción futbolera con identidad musical propia, como Argentina; o simplemente una pieza festiva, reconocible y hecha en casa, como Inglaterra o Francia. Pero Ecuador eligió una canción cualquiera, de un género sin identidad, escrita exclusivamente para la selección. Menos mal hicimos solo dos goles. Qué vergüenza. Tal vez, y me tomo una licencia cabalística, por eso hicimos solo dos goles.

Espero sinceramente que, para el próximo torneo que juguemos, la selección elija una canción con mayor riqueza cultural o emotiva. Podríamos, con un pasillo de Julio Jaramillo, materializar aquella frase de Humboldt de que en Ecuador nos alegramos con canciones tristes; mejor si ocurriera en una revancha contra México, donde el Ruiseñor también es ídolo. O se podría preferir una melodía festiva andina, como Wiskicito, o evocativa de nuestras raíces afro, tan presentes en la selección, como Mi lindo Carpuela. Lo dejo como idea. Tal vez así le podamos hacer goles al Curazao de turno. ¿Quién no quisiera meter gol para que El Aguacate resuene en un estadio abarrotado?

Vivimos la época de los teclabravas: del insulto fácil, de la indignación permanente y de los algoritmos que premian el odio. Una época de barras bravas, en definitiva; ocupan menos espacio en el estadio, pero hacen mucho más ruido.

Pensándolo así, tal vez fue mejor no convertirle un gol a México porque se hubieran dado cuenta de les plagiamos el “sí se puede”. Porque ahí va otra coincidencia entre los dos países: ambas hinchadas lo adoptaron como uno de sus gritos icónicos. Y sí, es un canto bonito, emotivo… al inicio. Cuando se rompe una barrera, tal vez: México avanzando en un grupo difícil en Francia 98; Ecuador clasificando a su primer Mundial en 2002. Pero no es un canto propio de una selección ganadora. Más bien, de una que sigue convencida de que lograr lo básico ya constituye una hazaña. Lo dicho: tercermundismo futbolero. Amigas y amigos de México y Ecuador: ya no cantemos “sí se puede”. Neta. La plena.

Volvamos, para terminar, a esa hostilidad surgida alrededor del partido. Creo que debe entenderse como un reflejo de estos tiempos, donde la antipatía circula mucho más rápido que la simpatía. Después de vivir en México y de seguir en contacto con muchos amigos y amigas mexicanas, puedo decir que lo que más existe entre ambos pueblos es respeto y afecto, aunque basten cinco minutos en Twitter para convencerse de lo contrario.

Vivimos la época de los teclabravas: del insulto fácil, de la indignación permanente y de los algoritmos que premian el odio. Una época de barras bravas, en definitiva; ocupan menos espacio en el estadio, pero hacen mucho más ruido. Quizá la respuesta sea justamente la contraria: dejar de amplificar esas voces y hacer más visibles los mensajes de respeto, de hermandad, de competencia noble y de dignidad tanto en la victoria como en la derrota. Porque el fútbol, después de todo, no deja de ser un juego. El más lindo que hemos inventado, sí. Pero un juego al fin.

No sé si este texto pretendía dejar algún mensaje. Tal vez sí. Me pareció divertido comparar nuestros himnos y reírnos, en lo posible, de nuestros masiosares y nuestros a tu pecho; cuestionar a unos gobiernos que, por regla general, suelen ser bastante malos —otra cosa que nos hermana—; y recordar ese cuasi-cliché que, no por obvio, deja de ser cierto: es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

Aunque quizá ya no haga falta decirlo, el Mundial terminó para México y Ecuador. Ahora corresponde trazar una nueva línea divisoria entre quienes apoyamos a Argentina y quienes la detestan —porque, visto lo visto, no hay punto medio—. Y eso hasta que termine el Mundial o eliminen a Argentina —ojalá que no—. Después encontraremos cualquier otro motivo para pelearnos. Parece ser la corriente de los tiempos: siempre buscar bandos enfrentados, olvidando que la vida, en realidad, ha consistido mucho más en un constante fluir.

Julián Estrella

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