domingo, julio 12, 2026
Ideas
Rafael Paredes Proaño

Rafael Paredes Proaño

Ex embajador de Ecuador en Colombia

Los vecinos internacionales

En las tres naciones —Ecuador, Perú y Colombia— la distancia entre los segmentos más pobres de la población con el grupo de mayor riqueza muestra una concentración del capital y una precarización de los quintiles más bajos.

En los dos países con los que el Ecuador tiene frontera terrestre, luego de intrincadas votaciones, se producirá un cambio de gobierno. Los largos procesos electorales han mostrado diferentes aspectos de la vida social, económica y principalmente política de cada uno.

Las modificaciones que se aproximan son ocasión para mirar aspectos de la vida de vecindad con nuestro país. Una perspectiva que se extiende hacia un espacio en el que se han acentuado la dependencia y el dominio desde la mayor potencia del norte.

Ecuador ha reemplazado a la canciller —cuestión que ha pasado casi inadvertida—, renovación que no implica una variación en su proyección internacional, lo que es natural en tanto el Gobierno sigue siendo el mismo sin alteración alguna.

Los resultados electorales vecinales comprenden una nueva faceta que se acopla a tono con lo que acontece en el continente y en el mundo occidental. Esta situación exige una coherente postura nacional.

Acorde a estos horizontes, supone estar atento a estas nuevas realidades que, en modo alguno pueden significar renuncia a principios de política exterior, quebrantamiento de normas internacionales, ni abandono de sus intereses nacionales.

A partir de este punto, cabe iniciar con la pregunta: ¿El Ecuador de estos días tiene una política exterior en sus relaciones de vecindad?

Hay que arrancar con una anotación de tipo histórico. El Ecuador —hasta hace poco— mantuvo una política exterior de Estado permanente que, fundamentalmente, se construyó en vínculos con sus vecinos: Perú, el gran adversario territorial y Colombia, un socio con altibajos.

La atadura al tratado de límites de 1942 marcó las relaciones ecuatorianas con las más importantes potencias del hemisferio: Estados Unidos, Brasil, Argentina y Chile. Los actos y decisiones internacionales del Ecuador estuvieron supeditados y sujetos a no alterar el nexo con estos países. De tal manera que el Ecuador siempre sustentó su política internacional básicamente en la vecindad.

En la actualidad, en coyunturas y condiciones diferentes, después de la Guerra Fría y luego del impulso a la apertura de los mercados en el denominado neoliberalismo, ahora se ha ingresado con fuerza a la época del iliberalismo.

Así, sectores actualmente en el poder, con el fin de lograr sus propósitos siguen adelante a como dé lugar, aún con formas no democráticas. Se ejecuta acciones violentas y transgresiones legales e institucionales, dirigidas a suprimir al adversario político y deshacerse de quien se considera su antagónico.

De esta forma —lo más notable y a escala global— se ha llegado a una peligrosa polarización que hoy caracteriza al mundo.

Esa profunda división de visiones y opiniones exacerbadas, expresadas en actos de intolerancia, fanatismo político, irritación y agresividad social, se manifiesta de diferente modo —incluidas el fútbol y la guerra— en las distintas regiones del mundo.

Con variadas maneras de mostrar los problemas y formas diametralmente opuestas de plantear las propuestas de solución, las posturas intermedias se vuelven irrelevantes.

Ese ambiente caldeado es, entre otras cosas, resultado de la acumulación de una serie de acontecimientos de carácter global que, por largo tiempo, han incidido en lo regional y local.

De manera integrada e interdependiente, se han incrementado una serie de problemas: económicos, como la pobreza; ambientales, como la crisis climática; sociales, como la migración; éticos, como la corrupción; científicos, como la inteligencia artificial; políticos, como el autoritarismo, con la vigencia de extremos sin centro conciliador.

Según varios analistas, los temas económicos y ambientales devienen de los modos de producción. Es consecuencia de un mundo alterado por la insostenible fabricación de bienes en serie; el afán desmesurado de acumulación de riqueza y una inconmensurable ansiedad por alcanzar mayor poder, incluido el control de la tecnología para dominar el universo.

El denominador común que sobresale con nuestros vecinos y que descuella a la vista del observador común es la profunda división de sus sociedades. Los últimos resultados electorales de los dos vecinos son la mejor muestra. Distintivo, además, de América Latina.

Es un tipo de división diferente, con características propias porque no es solamente ideológico, como es la particularidad alrededor del planeta. En el caso de la región, es una división que muestra las profundas desigualdades económicas e inequidades sociales que existen en estos países. Si bien no es la única, sí es una que marca hondamente.

En las tres naciones —como en las demás de América Latina— la distancia entre los segmentos más pobres de la población con el grupo de mayor riqueza muestra una concentración del capital y una precarización de los quintiles más bajos.

A pesar de ser la pobreza —agravada por las variaciones climáticas y la destrucción ambiental— una cuestión fundamental, de manera excepcional se asocia éste factor a la seguridad, considerada el principal problema actual de los Estados.

En este ámbito, las soluciones se dividen: unos, los que se encuentran ahora o van a copar el poder, privilegian la fuerza como medio de solución. El otro sector —la otra mitad, exactamente— mira el tema como un asunto que debe ser resuelto desde prácticas sociales, y el uso de la fuerza dentro de un marco legal y de respeto a los derechos humanos.

Un factor adicional altera significativamente el esquema: las economías ilegales, principalmente el narcotráfico. Para el efecto, los tres países ahora cuentan con el decidido apoyo personal, estatal e ideológico del presidente de los Estados Unidos, aunque no precisamente de su Congreso o de los grandes partidos de la Unión.

En este relacionamiento regional hay especificidades, como el cuasi protectorado de Venezuela, el inmenso y privilegiado apoyo financiero a la Argentina, el directo y no disimulado patrocinio —durante el mismo proceso electoral— al presidente electo de Colombia.

Este arquetipo regional también se hace extensivo a Honduras y Costa Rica, tanto como a Chile y Bolivia. Algo similar, a escala global, ha sucedido particularmente en Europa del Este, aunque con menos éxito. Lo relevante es un quebrantamiento de las normas que rigen el derecho internacional de la no intervención.

El Ecuador, en sus relaciones vecinales —hasta antes del inicio de las administraciones del actual presidente Daniel Noboa— mantuvo una estructura especialmente dedicada al desarrollo de sus vínculos fronterizos. Siempre se reconoció que los mecanismos de esa relación fueron eficaces para atender los agudos problemas que la vecindad conlleva.

Con el Perú, como consecuencia de la finalización del cierre de límites, se convino un conjunto de acuerdos, precisamente para avanzar por un sendero que promoviera la confianza, la integración, el acercamiento y progreso de las dos sociedades.

En el caso de Colombia, la Comisión Binacional de Frontera, Combifron, se ha utilizado para asuntos de seguridad, fórmula de contacto derivada del largo y permanente conflicto interno, de guerrilla y narcotráfico en el país vecino. El otro mecanismo fue la “Comisión de vecindad”, que sirvió para abordar temas de comercio, salud, migración y cuestiones de la denominada Zona de Integración Fronteriza, ZIF.

Luego de la ruptura de relaciones diplomáticas, consecuencia de la violación de la soberanía ecuatoriana para capturar a elementos de las FARC instalados en territorio del Ecuador, se actualizó esos mecanismos, por medio de un conjunto de fórmulas de diálogo y proyectos conjuntos, bajo la vigilancia de encuentros presidenciales.

Utilizar la fuerza militar (con el apoyo de Estados Unidos) para eliminar asuntos que tienen un trasfondo social, económico e incluso cultural, como política internacional —una tendencia que prima en los gobiernos andinos— es un error que, firmemente, hay que evitar.

(*) Ex Vice Canciller

 

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