Reflexionar es complicado, agotador y hasta doloroso, tanto, que hasta inventamos una máquina para que nos reemplace en la inteligencia.
Con toda esa arrogancia, el humano renuncia a la chispa divina de tener ideas y al poder universal de crear belleza.
Liberados de la compulsión por entender y de la necesidad de transformar, millones de neuronas y sus dueños quedan a la deriva, pululando por redes sociales en busca de cualquier gratificación efímera.
Sin la carga del propósito, la certeza existencial se reduce a dar o recibir reacciones. La trascendencia se mide por la habilidad de enardecer masas y atraparlas en sus pequeñas celdas rectangulares.
El futbolista que alecciona a las femeninas, la mujer que anuncia sexo con mil parejas, el poderoso gobernante que dispara disparates, el gurú de la opinión medieval, el espantapájaros político son ruido blanco, frecuencia sorda, ecos del aterrador vacío que queda cuando desterramos el razonamiento.
