Es la más alta prueba de fe. Desde los santos religiosos, hasta los guerrilleros heroicos. De Jesús a Hipatia, de Juana de Arco a Víctor Jara, los mártires protagonizan la historia como estandartes de sus ideas. Siempre hay quien puede morir por mano de los dispuestos a matar en el nombre de sus dioses o guiados por sus demonios.
No todo acto de fe es loable, ni toda idea es buena. Aunque la humanidad conquistó el derecho a expresar libremente opiniones y a profesar religiones, los límites se suponen sujetos a los acuerdos universales o, al menos, al sentido común.
En la realidad confusa y aislada en que habitamos, es difícil encontrar sentido o definir aquello que nos es común.
Dividir el mandato en amarnos a los unos y odiar a los otros, confundir el miedo con el propósito, no es una idea, es apenas el eco de una moral hueca que llora una muerte, mientras aplaude un genocidio.
