La noticia llegó por e-mail. Una invitación de la Asociación de Escritores de China. Un correo que muchos, como yo, imaginamos que no podía ser cierto. Llegó en inglés. Varios dudaron en responder de inmediato. Otros, seguramente, pesquisaron alguna información por Internet. ¿Cuál Asociación? ¿Y cómo mi poesía pudo llegar tan lejos? Interrogantes que, con el paso de los días, fueron respondiéndose. Su Yue, la persona encargada de la Asociación de Escritores de China, se convirtió en un nombre, aún sin rostro y sin género, que con amabilidad iba dándole forma a ese viaje casi imposible hasta un país que acaso apenas habíamos recorrido gracias a las viejas películas de Kung-fu, los mercados de objetos chinos, los restaurantes de comida, varios temas de política y tecnología actual, los documentales sobre los Guerreros de terracota y la Gran Muralla china, la situación de la pandemia, entre otros. Algunos, incluso, seguramente guardábamos un vínculo borroso con aquella nación, a través de unos padres de izquierda que nos hablaron maravillados de Mao Zedong, en la década de los ochenta o setenta.
Pasaron varios meses hasta que tocó buscar la visa, armar maletas, organizar la vida laboral y familiar. Luego, los cuarenta poetas elegidos de varias naciones de América Latina debimos tomar un vuelo que realmente fueron dos o tres o hasta cuatro para llegar hasta Asia. Pensé en Asia en el pelo, un poemario que había publicado en el 2024. Pensé en que las coincidencias existen, aunque los latinoamericanos, por nuestra propia naturaleza y sentido de supervivencia, desconfiemos de ellas. Pensé en que la poesía quizás derrama puentes de humo entre civilizaciones y épocas, en los momentos menos esperados.
Para los poetas de América Latina la necesidad de reconocerse en el otro es inevitable. Casi todo en nuestra situación latinoamericana es la suerte de una irrupción en la linealidad de una trama humana que, aunque no tenemos muy claro quién rompió o descosió, nos empuja a revisarnos en nuestras diferencias y similitudes.
Al arribar, como suele ocurrir, los poetas sentimos la rara necesidad de juntarnos con otros escritores de nuestra misma nacionalidad. Así pasearon un rato, por el enorme hall del hotel, cuatro argentinos, tres bolivianos, tres brasileros, cuatro chilenos, cuatro colombianos, tres cubanos, dos ecuatorianos, dos hondureños, tres peruanos, tres salvadoreños, cuatro mexicanos y dos uruguayos. Aunque también estaban aquellos que representaban a su país en solitario. Venezuela, Panamá y República Dominicana, por ejemplo. Sin embargo, para los poetas de América Latina la mezcla o la necesidad de reconocerse en el otro es inevitable. Bromear y escrutarse como intentando dar con un mismo sentido en un manojo de palabras atadas de manera distinta. Destrabar en el otro la mancha original. Comparar realidades o presentes políticos. Casi todo en nuestra situación latinoamericana es la suerte de una irrupción en la linealidad de una trama humana que, aunque no tenemos muy claro quién rompió o descosió, nos empuja a revisarnos en nuestras diferencias y similitudes, en nuestros temblores y necesidades, hasta dar así con el hilo que nos sirva para suturarnos las heridas.
Las actividades durante la semana fueron intensas. Charlas, lecturas, improvisaciones poéticas, almuerzos y cenas oficiales, así como entrevistas y visitas a lugares turísticos tan impresionantes que aún no puedo eliminar su brillo de la oscuridad gomosa de mis ojos. Si cierro los ojos: veo dragones tallados en piedra y tortugas blancas moviéndose lentamente junto a las esculturas de bronce de los poetas de la Dinastía Tang libando al pie de un lago. Si abro los ojos: veo danzas de mujeres finísimas con telas rojas y turquesas relampagueando, así como hombres delgados girando con gracia sus brazos como si el aire fuera una cosa concreta, un pedazo de luminosidad que es posible apretar hasta darle la forma de una garza.
El hecho es que estoy empezando a sentir que aún no es posible poner en palabras nuestra experiencia completa. El hecho es que me animo a realizar este ejercicio porque no deseo que el tedio de los días, y el retorno a las obligaciones laborales, cubra mi mente de nuevas realidades y ficciones que empujen hacia las sombras toda la emoción y la virtud de lo que experimenté mirando detenidamente lo que es una gran civilización. Un país que nos acogió con afecto, y donde todos sus ciudadanos viven la poesía con una religiosidad genuina. «La poesía –dijo Zhang Hongsen, presidente de la Asociación de Escritores de China– es nuestra única biblia». No pude evitar recordar lo que el personaje principal de la última novela que publiqué, País borrado, obra que va sobre los oscuros vericuetos de la política ecuatoriana, le indica a sus amigos, tras mencionar que no le pregunten en qué cree: si en la derecha o en la izquierda. Porque: «Como dijo Aristóteles: “La Historia cuenta lo que sucedió; la poesía lo que debía suceder”. Y ningún gobierno hasta ahora incluye la poesía en su plan de gobierno como un saber necesario.» Estar en China y entender que la poesía sigue siendo una práctica común entre los funcionarios del estado, como ocurría en la época de la China imperial, donde ser poeta era uno de los requisitos para acceder a puestos importantes, me sigue pareciendo algo completamente alucinante.
Ahora estoy sobrevolando Rusia para regresar a mi país. He agarrado un puñado de libros, obsequiados por los poetas, para paladear el final de este viaje en cámara lenta. Salir de Oriente para volver a Occidente se siente literalmente como moverse desde el futuro hacia el pasado, a pesar de que esto luzca como una trampa horaria. Incluso, a pesar de que el gran pasado de China aúlla en medio de un tiempo metálico y veloz como su tren bala. Pero también en la poesía hay una celda. Leo los versos del poeta mexicano Manuel Becerra: Tus pómulos vinieron de Asia. Tus labios aún están siendo imaginados. Luego, abro al azar el libro del poeta chileno Javier Bello, y leo estos versos: El pato cuelga, el cielo no es azul, la barba ondea en el viento. Hong Kong, Shangai, Xiamén, una corona yo me haría con todas las ciudades recorridas. Y la poeta uruguaya Regina Ramos remata ese extraño sentido que va tomando mi lectura con estos versos: No hay pliegues de una patria / los marcamos a palabras / domando el verso. Quizás hace mucho hemos estado escapando de nuestras patrias, inventando otras. Quizás, con los poemas y la imaginación, hace mucho entendimos que las patrias son caligrafía suelta, hilachas que brillan como manchas de tinta sobre el lienzo blanco de la noche. Líneas que se entreveran en la noche latinoamericana y en la noche china. Hilachas que, cuando logran tener la forma completa de un hilo, descubren en lo que no pudo ser lo que ha sido siempre.
