martes, mayo 19, 2026
Ideas
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Los podridos bemoles del poder

No se vive el ocaso de las ideologías ni de la política, tampoco de los partidos políticos. Se trata de la omnímoda presencia de un virus mortal llamado corrupción: un conjunto de pensamientos, actitudes y acciones destinadas a corroer las conciencias mediante la entronización de la mentira, del engaño, del malabarismo lingüístico.

La cuerda se rompe siempre en su lado más débil. Y este lado débil suele hallarse en el lugar en el que más florecen la rimbombancia y las supuestas certezas de los discursos políticos. Quien mucho habla de la pera comérsela quiere. “Conmigo, con nosotros, la honorabilidad, la honradez, las cuentas claras y limpias serán el objetivo, la ruta y la práctica diaria”, dijeron los apóstoles del socialismo del siglo XXI. De uno en uno, ellos mismos han ido desenmascarándose: aquí y allá. Quien tenga cola de paja que no se acerque a la candela. Y, aunque la mona se viste de seda, mona queda.

Se creyó que con solo vestir la túnica discursiva de una supuesta nueva ética del bien era suficiente, no para cambiar la mentalidad sociopolítica de un pueblo, sino para indefinidamente medrar del poder. De hecho, no importan las estrategias que se utilizan cuando el objetivo final es el poder. El resto hace la hojarasca indispensable para la confusión de los  ingenuos. Son incontables los beneficios del poder, desde el portero que patea al perro, hasta aquel que te manda a la cárcel porque le mal miraste (miraste el mal disimulado con el ropaje del poder).

Venezuela se ha transformado en una suerte de campo de concentración de la pobreza y hasta de la indigencia. Uno de los países más ricos de nuestras Américas, vive a oscuras en pleno siglo XXI. Oscuridad omnímoda: jurídica, social, ética, económica, discursiva, política. Oscuridad mental de un presidente que todavía sigue convencido de que es suficiente lanzar a diario fofos discursos para que haya luz, comida, salud e incluso libertad. Hasta hace poco, tenía en sus manos las riendas absolutas del poder y, sin embargo, no pudo evitar el desboque total de una nación sostenida en la fatuidad de palabras rimbombantes y en la perversa persecución política.

No se vive el ocaso de las ideologías ni de la política, tampoco de los partidos políticos. Se trata de la omnímoda presencia de un virus mortal llamado corrupción: un conjunto de pensamientos, actitudes y acciones destinadas a corroer las conciencias mediante la entronización de la mentira, del engaño, del malabarismo lingüístico. Cuando se habla de corrupción, se señala que el cuerpo político y social está enfermo con un cáncer que, de manera incontenible, hace metástasis. Todo se ha contaminado: desde el discurso hasta la praxis. Cuando los lenguajes se corrompen, ya no hay salvación. El discurso del poder es el discurso del engaño.

Luiz Inácio Lula da Silva y Rousseff reeditaron, quizás con mayor firmeza, la incertidumbre sobre la ética política. Eso quiere decir que el país y el mundo dudan sobre el estado de sus manos. ¿En realidad, nunca fueron tan limpias como ella y él nos dijeron, como se creía, como se juraba? Cuando las palabras se pudren, ya no hay salvación. Ya no se trata de que la presidenta Rousseff se salve o no, porque eso depende del número de votos. Y los votos se venden y se compran en el supermercado de las conciencias fallidas. Incluso se alquilan en la tienda de los disfraces de la que los políticos constituyen sus grandes y perennes clientes. Se trata del envilecimiento de los órdenes del lenguaje y de la ética. Allí ya no hay salvación.

Se trata de la corrupción que ha llegado a constituir una suerte de peste camusiana convertida en estado en el que no existen inocentes que salvar. De hecho, la perfidia de esta peste consiste en crear dos falsas certezas: la primera dice que todos somos igualmente perversos para de esta manera crear el imperio bien justificado de un mundo sin inocentes. La segunda certeza dice que para tapar la corrupción es necesario vestirla con un perenne y consistente lenguaje de honorabilidad, de justeza, de ética sana de tal manera que el dueño del discurso y sus allegados aparezcan siempre como los únicos poseedores de manos limpias. Como si se hubiesen olvidado de que el muerto y el mentiroso hieden al tercer día.

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