sábado, abril 18, 2026
Ideas
Álex Ron

Álex Ron

Escritor y catedrático universitario.

Nuevo Ecuador, nuevo panteón

La naturalización de la violencia para imponer agendas neoliberales, además de crear más pobreza y dependencia económica con Estados Unidos, nos deslegitima como democracia y nos hace caer en un bucle autodestructivo.

El papel de los intelectuales es desafiar a la autoridad, no servirla. 

Carl Sagan

 

El otro día conversaba con un amigo noboísta, me decía emocionado, con un brillo inefable en su mirada que estábamos avanzando porque el gobierno había capturado a Fito. Yo le respondí que no estábamos en Hollywood.

La semana pasada, en El Empalme, fueron asesinadas diecisiete personas en una sola noche. El mapa de la violencia en Ecuador sigue siendo desgarrador porque la mayoría de las víctimas de estas masacres son mujeres y niños, sin vínculos con el narcotráfico. Manteniendo este ritmo siniestro, a fin de año, terminaremos con 10000 muertes violentas, récord histórico. El Plan Fénix sigue siendo un tatuaje y un pretexto para aumentar en gastos militares. Daniel Noboa es el presidente que más poder político ha acumulado y, al mismo tiempo, es el de peor gestión en materia de seguridad. Nuevo Ecuador, nuevo panteón.

Llevamos siete años sometidos a un experimento neoliberal tenebroso, tenemos más caos, violencia y fragilidad democrática. Vale la pena recordar que los precios de los productos que más exportamos (petróleo, cacao, banano, camarón y flores) siguen al alza. Podríamos hablar de una bonanza económica, pero se ha impuesto la economía del desastre.

Utilizando el miedo que generan, a diario, las bandas de narcotraficantes, el gobierno ha posicionado, a través de las corporaciones mediáticas, la idea de que la única salida para enfrentar a las bandas de narcos es una política de mano dura y bases militares estadounidenses. El pánico social, le ha permitido a Daniel Noboa, implementar, al pie de la letra, las recetas del FMI: despido de empleados públicos, eliminación de subsidios, privatización de servicios, más explotación minera y aumento de la reserva internacional a costa de la inversión social. Recordemos que varios ministerios no han ejecutado ni el 10% del presupuesto asignado.

Naomi Klein en su libro La doctrina del shock describe la mecánica de estos experimentos neoliberales basados en crear un shock social, a través de golpes militares o políticas de extrema violencia para enfrentar a “enemigos internos”. Esta sensación de vulnerabilidad extrema genera, según Klein, un «estado de parálisis psicológica colectiva», facilitando la aceptación de medidas autoritarias o privatizadoras bajo la promesa de seguridad. Esta doctrina del shock, versión cruzada contra las drogas, ya fue aplicada en México con efectos desastrosos.

Siguiendo las líneas teóricas trazadas por Klein, aquí además del shock, entra en juego el capitalismo del desastre que transforma coyunturas violentas en oportunidades para el lucro de élites económicas. En el gobierno de Felipe Calderón, en México, la guerra contra el narcotráfico (iniciada en 2006) canalizó 50 mil millones de dólares de fondos públicos hacia contratos militares y de seguridad, muchos con empresas privadas vinculadas a intereses extranjeros, mientras se recortaban servicios sociales. ¿Cuál fue el resultado? 100000 muertes violentas en seis años y una polarización económica desenfrenada.

Neoliberalismo y miedo van de la mano. Este momento, en Ecuador, la gente apoya a Noboa, no por convicción sino por miedo; el pueblo está entregado a la narrativa de la “mano dura”, criterio evanescente y antidemocrático. No importa que si para eliminar a las bandas de narcos son despedidos 70000 empleados públicos (meta planteada por FMI), o si se aumenta nuevamente el IVA… la imaginación para crear medidas de austeridad no tiene límites. Y el discurso de que instalando bases militares estadounidenses disminuirá la criminalidad es otro artilugio, porque la base de Manta desde 1999 hasta 2009, no redujo la criminalidad, sino que la aumentó, basta revisar los indicadores de muertes violentas por 100000 habitantes. Además, este momento la mayoría de cocaína que sale de Ecuador no va hacia Estados Unidos sino a Europa y a Brasil, que es el segundo consumidor de cocaína en el mundo.

Esta naturalización de la violencia para imponer agendas neoliberales, además de crear más pobreza y dependencia económica con Estados Unidos, nos deslegitima como democracia y nos hace caer en un bucle autodestructivo. Seguimos repitiendo errores macroeconómicos y geopolíticos sin entender que el narcotráfico no es solo un problema de bandas de delincuentes enfrentados a la población, sino el resultado de décadas de exclusión social.

Byung Chul Han, John Rawls y John Keynes, son algunos de los pensadores contemporáneos que, desde diferentes ópticas, han reivindicado el valor del estado para organizar sociedades menos violentas y más democráticas. En la medida en que los principios de equidad y justicia social se impongan a los del laissez-faire, tendremos sociedades pacíficas y solidarias. Básicamente proponen igualdad de oportunidades, especialmente en tiempos de crisis, para aumentar la empatía y no el egoísmo. Las sociedades con más abismos económicos terminan siendo las más violentas, incluso en el llamado primer mundo.

El estado de bienestar no es una falacia correísta, no tiene nada que ver con el correísmo, simplemente es una fórmula basada en la inversión constante en educación, salud y creación de empleo. A partir de estos pilares y de un desmantelamiento sistemático de las redes financieras utilizadas por los narcos, quienes mimetizan sus ganancias en el estado, la banca privada, y todos los segmentos económicos que permiten el lavado de fondos ilícitos. Solo a partir de ese momento, podremos crear un balance social que, poco a poco, generará un mayor respeto por la vida, piedra angular para una cultura cimentada en la paz y la defensa de la democracia.

Los grupos de narcotraficantes adquieren más poder en países con estados desmantelados, donde no existe educación, ni salud, y donde las mafias de narcotraficantes se erigen como pequeñas repúblicas con sus propias reglas. Por ello, toda política de exclusión social termina siendo un suicidio colectivo. ¿Queremos paz? Dejemos la inercia y mantengámonos, desde nuestras respectivas trincheras democráticas, enfrentando cualquier abuso de poder.

 

 

 

 

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