¿Cómo piensan gobernar sin corrupción? Esa debería ser, en rigor, la pregunta central para los candidatos a las distintas elecciones que vendrán. Porque a la luz de los hechos, parecería que la maquinaria de la política convencional no camina sin el aceite de la corrupción. Más que planes de gobierno, que únicamente cumplen con un ritual jurídico, lo que el país requiere es una estrategia concreta para responder a la descomposición general.
Un siglo de populismo ha dejado institucionalizada una lógica particular del poder político. De la disputa entre diferentes proyectos de sociedad, como corresponde a la teoría clásica de la política, se pasó a la administración del Estado como mecanismo estrictamente clientelar: agencia de empleo para los familiares, amigos y adherentes al gobierno de turno, espacio para el intercambio de favores y tráfico de influencias, instrumento de repartición de prebendas y, así, un interminable etcétera de prácticas reñidas con la ley o con la ética pública.
La herencia más tóxica que nos dejó el correato, en términos de corrupción, fue el tránsito de la institución al sistema. De una práctica se pasó a una estructura, a un conjunto de elementos relacionados entre sí para garantizar el funcionamiento organizado de una totalidad.
La corrupción terminó institucionalizándose. Es decir, estableció normas y procedimientos que, sin estar escritos, son perfectamente conocidos por quienes aspiran a un cargo público. La famosa comisión por contratos, por ejemplo, únicamente varía en el porcentaje, dependiendo de la voracidad de los involucrados. Y los contratistas, ya sea por ambición, desidia o resignación, aceptan sin chistar estas vergonzosas imposiciones.
La herencia más tóxica que nos dejó el correato, en términos de corrupción, fue el tránsito de la institución al sistema. De una práctica se pasó a una estructura. Es decir, a un conjunto de elementos relacionados entre sí para garantizar el funcionamiento organizado de una totalidad. El esquema de la corrupción montado por el anterior gobierno está ampliamente detallado en la acusación de la Fiscalía dentro del caso Sobornos 2012-2016.
Es por esto que la lucha contra la corrupción se vuelve cada día más complicada. No es lo mismo corregir una mala práctica que desmontar un sistema en el que cada componente es, a su vez, otro complejo subsistema. Contratación, compras públicas, justicia, sector financiero, lavado de activos, legislación, por mencionar los principales ámbitos de la política formal, constituyen por sí solos un espinoso entramado de relaciones, donde la informalidad y la opacidad facilitan las más variadas corruptelas, desde los gigantescos negociados hasta las chichigüerías de los falsos carnés para discapacitados, desde la vendetta hasta la impunidad.
Ni uno voto a los corruptos es una excelente consigna para las próximas elecciones, aún a riesgo de quedarnos sin candidatos. Por algo hay que empezar.
