Hoy quiero escribir algo distinto. Alejarme por un momento de lo técnico, de lo preciso, de lo predecible. Porque hay realidades que atraviesan incluso los sistemas más blindados, que no entienden de protocolos ni de análisis. Realidades que nos recuerdan lo frágil que es todo, incluso aquello que creemos seguro.
Vivimos como si todo nos perteneciera. Asumimos que quienes nos rodean estarán siempre ahí. Damos por hecho la rutina, el amor, el mañana. Pero la verdad, por cruda que sea, es que nada ni nadie nos pertenece. Todo lo que hoy tenemos —los rostros que amamos, la risa que escuchamos, incluso este instante de lectura— es un privilegio. Y lo es porque podría desaparecer sin previo aviso.
Memento Mori —recuerda que morirás—. Palabras antiguas, pero más vigentes que nunca. En la Roma imperial, se las susurraban al oído a los generales en su desfile triunfal. Era una forma de equilibrar la gloria con la humildad, de recordarles que, incluso en la cima, seguían siendo mortales.
Ese susurro es ahora más necesario que nunca. Porque nuestro ego moderno ha decidido silenciarlo. Olvidamos que esta vida tiene fecha de caducidad. Que todo lo que hoy llena nuestra existencia —con su luz, su compañía o su simple presencia— puede desvanecerse.
Que nosotros mismos podríamos desaparecer de la vida de otros sin dejar aviso. Sin despedida. Y, sin embargo, seguimos caminando como si el calendario nos debiera mañanas. Posponemos abrazos, aplazamos sueños, callamos palabras que arden por dentro. Vivimos contando con futuros que tal vez nunca lleguen. Asumimos que el sol saldrá otra vez, que las personas que amamos seguirán ahí, esperando… como si el universo tuviera la obligación de esperarnos. Pero no es así. La vida no se promete: se concede. Y puede retirarse, en silencio, sin justificación.
La muerte es dura, sí. Pero no es solo el final de lo que conocemos y la incertidumbre de un más allá. Es también un espejo. Nos recuerda que estamos aquí por algo. Y a veces, en esa búsqueda, nos empujamos al límite: desafiamos la velocidad, subimos al ring más extremo, nos enfrentamos a límites impensables creyendo que nos estamos superando, que superamos nuestros más profundos miedos. Pero muchas veces solo estamos tocando la ausencia con los dedos. No solo arriesgamos nuestra vida, también quebramos la paz de quienes nos aman.
Decimos este enfrentamiento con nuestros miedos para sentirnos fuertes, invencibles, únicos, pero a menudo solo es para evitar mirar hacia adentro. La vida, al final, es una suma de decisiones: acertamos, caemos, tropezamos. Pero siempre somos nosotros quienes elegimos por dónde caminar… o por dónde ya no debemos seguir. El camino correcto no siempre grita, a veces susurra. Y si aprendemos a escuchar lo que el universo nos dice en lo cotidiano, encontraremos señales claras sobre lo que sí merece nuestro tiempo, nuestra energía, nuestro corazón.
Nos cuesta detenernos. Nos cuesta mirar con los ojos del ahora. Hay quienes pasan años esperando un momento “perfecto” que nunca se atreve a existir, mientras deshojan sus días como si fueran infinitos. Otros se rodean de afectos tibios, creyendo que la compañía —por el solo hecho de estar— durará para siempre. Pero no aman como si fuera la última vez. No cuidan. No agradecen.
Memento Mori no viene a asustarnos. Viene a despertarnos.
Nos recuerda que este instante es lo único real. Que cada gesto, cada palabra, cada abrazo puede ser el último. Y por eso, vivir no es aguantar lo que nos duele. No es resignarse. Vivir, verdaderamente, es elegir con intención. Es soltar lo que nos apaga. Es tener el coraje de irse cuando algo nos hiere. Es no aceptar la costumbre cuando se convierte en cárcel.
Vivir como nos gusta no es un lujo. Es una urgencia. Y esa urgencia, a veces, se disfraza de decisiones incómodas. Decir no; elegir diferente; alejarse de lo que nos roba la paz. Porque no tiene sentido sostener lo que ya no vibra. Lo que ya no suma.
Pero también recuerda esto: que mientras estés aquí, cada día es una oportunidad para elegir la vida que realmente quieres vivir. No esperes al mañana. Elige hoy. Ama hoy. Sé libre hoy.
Porque la eternidad no es un destino. Es un instante vivido con verdad. Con presencia.
Con alma.
En fin, a veces es bueno extrapolar lo cotidiano y pensar en lo verdaderamente trascendente.
Hugo Espín Tobar
