Reducir la crisis de los servicios de salud a la falta de medicamentos es como reducir el problema de la pobreza a la falta de alcantarillado
Detrás de esta visión reduccionista opera una estrategia tan compleja como perversa. El sobredimensionamiento de la importancia de los fármacos responde a los multimillonarios intereses de la industria farmacéutica a escala global. Se crea la necesidad para justificar el negocio.
En efecto, el sector farmacéutico es uno de los principales pilares del sistema capitalista. Junto con la industria militar y la industria petrolera, controlan una porción incalculable de la economía mundial. No en vano se las califica como big pharma, big oil y big army respectivamente.
Se trata de corporaciones gigantescas, con un poder de mercado que se traduce en un poder político inocultable. Las grandes empresas farmacéuticas son uno de los principales aportantes a las campañas presidenciales en los Estados Unidos, tanto para los candidatos demócratas como republicanos. Ponen y sacan ministros de salud, y no solo en ese país.
Pongamos tan solo un ejemplo que ilustra la capacidad financiera de estos monstruos empresariales. En 2022, laboratorios Pfizer facturó alrededor de cien mil millones de dólares, una cifra equivalente al Producto Interno Bruto del Ecuador. A fin de alcanzar ese récord, no dudó en aprovechar la pandemia de Covid-19 para producir vacunas. No es descabellado sospechar que la obligatoriedad de las inmunizaciones decretada por las autoridades sanitarias en todo el mundo respondió a la influencia de esta y de otras empresas relacionadas con el negocio.
En ese sentido, la discusión nacional en la que estamos entrampados soslaya el problema de fondo: mientras la salud responda a una visión comercial, las dificultades no harán más que incrementarse; mientras la medicina sea considerada un negocio, será el mercado y no los derechos el que marque la pauta.
Las discusiones a propósito del modelo médico que terminó imponiéndose a escala planetaria tienen más de dos siglos. Se trata de un modelo acondicionado a la lógica del capitalismo: prioriza al individuo en desmedro de la comunidad, a la curación en desmedro de la prevención, a la tecnología en desmedro de los saberes…
Esto explica por qué se terminó imponiendo una suerte de fetichización farmacéutica: creer que los medicamentos cumplen una misión sagrada. El común de los pacientes deposita sus esperanzas en la cualidad milagrosa que les atribuye. Y solo valora la intervención de un profesional médico en proporción directa a la extensión de la receta.
Los mecanismos para mantener esta situación son por demás conocidos: publicidad atosigante, captación del personal médico, financiación electoral, cabildeo al más alto nivel para definir políticas públicas, invención de patologías que justifiquen el consumo de medicamentos. Por eso las reacciones de los gobiernos en este sector siguen siendo, desde hace décadas, simples palos de ciego.
Agosto 22, 2025
