Hay lugares donde el Estado llega tarde. O, peor aún, donde simplemente no llega. Podemos discutir muchísimo sobre cuán presente debería estar el Estado para garantizar ciertos derechos. Los libertarios, con una visión más restrictiva del tamaño y la intervención que debe tener, dirán que es el mercado el que debería regular, por sí solo, ciertos aspectos. Alguien con una mirada más cercana a la socialdemocracia, en cambio, podría pensar que el Estado debe proveer un mínimo de derechos y apuntar a un modelo como el de algunos países europeos. Esta columna no va de posturas sobre el estatismo. Trata de ejemplos en los que la sociedad llevó lo público a lugares donde el Estado nunca llegó.
En Paraguay, la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura construye sus instrumentos con desechos rescatados del vertedero de Asunción y con ellos interpreta obras musicales. Está conformada por niños, niñas, adolescentes y jóvenes de escasos recursos que viven en la comunidad del Bañado Sur, contigua al basural.
Lo que empezó como un proyecto musical se volvió educativo, comunitario y profundamente humano, y cambió la vida de niños que crecían junto a un basurero. No solo enseñan música: enseñan disciplina, pertenencia y esperanza.
Este ejemplo muestra que la construcción de una sociedad más segura y más culta no depende únicamente de las instituciones públicas, sino también de la capacidad de los ciudadanos para organizarse alrededor de aquello que consideran valioso. Es una conversación que vale la pena abrir en nuestro país: convocar a la sociedad civil a actuar, y no solo exigir la gestión del Estado.
Durante décadas, en América Latina hemos discutido el tamaño del Estado como si solo existieran dos alternativas: que lo haga todo o que no haga nada. Sin embargo, la experiencia de muchas de las instituciones culturales más exitosas del mundo apunta a una tercera posibilidad: el Estado sigue siendo indispensable, pero no está solo: Universidades, empresas, fundaciones, ciudadanos y benefactores entienden que la cultura y la educación son bienes públicos cuya defensa también les corresponde.
Ejemplo de ello es la Filarmónica de Nueva York, retratada en la serie de la cual tomé el nombre de este texto. Allí, más allá de las exageraciones dramáticas propias de una trama, se ven los esfuerzos por recaudar fondos y sostener la orquesta. La búsqueda de financiamiento es tan constante y tan real que la Filarmónica mantiene un departamento entero dedicado al desarrollo institucional.
Recibe donaciones individuales, aportes de empresas y de fundaciones, grandes legados, rendimientos de su fondo patrimonial y, por último, la venta de entradas. En su propia página figuran cientos de benefactores clasificados según el monto de sus contribuciones, algunas superiores a cinco millones de dólares.
Sus estados financieros reflejan una organización con un enorme patrimonio filantrópico y una porción alta de ingresos anuales proveniente de fuentes diversas, no únicamente de taquilla. Esto me lleva a una reflexión: quizás una sociedad sana no es la que espera todo del Estado, sino aquella en la que nadie se desentiende de lo público. No propongo, bajo ningún concepto, sustituirlo, sino entender que, cuando el Estado es insuficiente, la sociedad no puede quedarse inmóvil esperando.
Encontramos otro ejemplo en la Biblioteca Pública de Nueva York, que nació precisamente de esa lógica. Andrew Carnegie financió miles de bibliotecas porque entendía que la educación era un bien público: no reemplazó al Estado, sino que amplió su alcance. Lo mismo hicieron Rockefeller, Ford, Mellon y tantas otras fundaciones estadounidenses. Después, el Estado también invirtió. Fue una construcción conjunta.
Es cierto que en Estados Unidos existe una tradición filantrópica muy fuerte entre las grandes fortunas. Y creo que podría deberse a varios factores: incentivos tributarios importantes para las donaciones; universidades privadas que tejen redes de exalumnos contribuyentes; una cultura cívica en la que donar otorga prestigio; y fundaciones familiares que se sostienen durante generaciones.
En América Latina la filantropía existe, pero tiende a orientarse más hacia la beneficencia, la asistencia social o los proyectos religiosos que hacia el sostenimiento de instituciones culturales. Además, los estímulos legales y fiscales suelen ser más débiles.
Con todo, el impulso por la cultura no siempre nace de la sociedad civil: a veces parte del propio Estado, con resultados notables. En Medellín, una ciudad que durante años fue sinónimo de violencia, se emprendieron políticas sociales en las que la seguridad no se lograba únicamente con más policías, sino recuperando el espacio público y ofreciendo oportunidades donde antes solo había abandono. Bajo la estrategia del urbanismo social se construyeron los Parques Biblioteca en las comunas más golpeadas, junto con colegios, transporte y espacios culturales. La apuesta era tan sencilla como simbólica: llevar «lo mejor para los más pobres». Las bibliotecas dejaron de ser depósitos de libros para volverse centros de encuentro, formación y participación ciudadana. La cultura se entendió como una herramienta para rehacer el tejido social y disputarle el territorio al crimen.
En África, la misma convicción tomó la forma de la danza. En Sudáfrica, en los últimos años del apartheid, nació Dance for All con una premisa poco convencional: el ballet también podía ser una vía de justicia social. La organización lleva clases a escuelas y comunidades vulnerables de Ciudad del Cabo, con formación artística, acompañamiento y un entorno seguro. En Kenia, el Project Elimu persigue el mismo horizonte en uno de los asentamientos informales más grandes del continente, pero suma a la danza el apoyo escolar, la alimentación y la mentoría que la pobreza extrema vuelve indispensables. En ambos casos, muy pocos de esos niños llegarán a los escenarios profesionales; cada clase, sin embargo, cultiva la autoestima, la perseverancia y la confianza en uno mismo, y les recuerda que el talento no depende del lugar donde se nace, sino de las oportunidades que una sociedad está dispuesta a abrir.
Ninguno de estos proyectos nació para producir artistas. Todos nacieron para producir ciudadanos. Algunos terminaron formando músicos o bailarines extraordinarios, pero su verdadero éxito fue mostrar que la cultura puede ser una estrategia de inclusión, de prevención de la violencia y de reconstrucción del tejido social.
Cuando se deja de promover el arte como un lujo y se lo entiende como una inversión en cohesión social y en porvenir, se puede conseguir mucho más de lo que el propio Estado parece capaz de lograr.
Todas estas experiencias pueden inspirar al Ecuador, un país con graves problemas de inseguridad y, en ese contexto, de reclutamiento de niños y adolescentes por parte de la delincuencia organizada. Si una comunidad le ofrece a un niño un escenario, una biblioteca, un instrumento o una barra de ballet, no solo le está enseñando un arte: está ampliando el universo de futuros que es capaz de imaginar para sí mismo. Porque, cuando el Estado falla, el crimen se organiza. La pregunta es si la sociedad también será capaz de hacerlo. Ejemplos existen.
