lunes, octubre 26, 2026
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Giovanni Carrión Cevallos

Giovanni Carrión Cevallos

Economista y Magister en Estudios Latinoamericanos. @giovannicarrion

Lula, el gran dique

Para quienes aplauden, por convicción o desconocimiento, el avance del neoliberalismo, es claro que el triunfo del Partido de los Trabajadores constituye una mala noticia.

El actual presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, consiguió lo que parecía casi imposible alcanzar en las últimas tres semanas, esto es, revertir los inesperados resultados obtenidos en primera vuelta y ganar en el balotaje al ultraderechista Flávio Bolsonaro con un margen de 3,58% de los votos, al alcanzar el 51,79% de la adhesión popular frente al 48,21% registrado para el Partido Liberal.

Con ello, una mayoría de brasileños (con el 1,86% de reducción en el abstencionismo) decidió que Lula da Silva, el trabajador metalúrgico, cumpla un nuevo periodo presidencial que iniciará en el año 2027 y se extenderá hasta 2030. Se convierte además en el único político brasileño en ser elegido por cuatro ocasiones mediante elecciones libres, lo cual deja en claro la importancia que tiene este ex líder sindical en el escenario político y electoral del gigante sudamericano. Bajo la bandera del Partido de los Trabajadores, Lula ha dejado huella con una política pública orientada a reducir pobreza, desigualdad, creación de empleo y la definición de una política externa soberana orientada a la defensa de sus intereses nacionales y a la integración de la región y del mundo, más allá de la visión imperialista que impone los Estados Unidos, convertido en estos oscuros tiempos para la democracia americana, en el policía mundial o incluso en el gran patán de la aldea global.

Sin duda, se trata de una victoria esencial para el progresismo de América Latina, convirtiendo a Brasil y al presidente Lula como el gran dique de contención, junto a México y a la administración de Claudia Sheinbaum, del avance de la ultra derecha en América Latina, así como una demoledora respuesta democrática a regímenes autocráticos y neoliberales que están regados a lo largo de la región, muchos de ellos comprometidos no necesariamente con el interés colectivo sino con la agenda que imponen las grandes corporaciones y el capital y, desde luego, pensando siempre en inglés, al estar subordinados a los dictados de la Casa Blanca, lo cual refuerza la idea de control y dominio de su back yard, con la que se define la política intervencionista americana, cuyo objetivo apunta a extender su esfera de influencia en términos económicos, políticos y de seguridad.

De ahí que Lula da Silva, en sus primeras declaraciones tras la épica victoria del 25 de octubre de 2026, haya resumido que, con su triunfo, entre otras cosas, «Brasil no aceptó ser el patio trasero de nadie», esto en clara alusión a Bolsonaro y su abierto alineamiento a la política de Donald Trump.

Para quienes aplauden, por convicción o desconocimiento, el avance del neoliberalismo, es claro que el triunfo del Partido de los Trabajadores constituye una mala noticia, al generar un contrapeso regional real a esa distorsionada forma de entender la democracia como concentración del poder y la utilización de la institucionalidad para afianzar proyectos políticos y, lo que es peor, gobernar para los grupos económicos en detrimento de sus poblaciones, donde la corrupción y violencia se extienden cual metástasis, afectando el tejido social.

También es cierto que Luiz Inacio Lula asumirá un nuevo periodo presidencial en medio de un país fracturado políticamente, lo cual obliga necesariamente a un diálogo nacional a fin de encontrar puntos de coincidencia y seguir empujando al gigante sudamericano, el que por capacidad económica e influencia política debe intervenir en las grandes ligas de las relaciones internacionales. En ese escenario, el presidente Lula podrá jugar una sus mejores cartas de presentación: ser un inteligente y hábil negociador.

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