Pienso y dejo de pensar de manera constante en las formas en que se debe encarar el espacio en blanco. Cuando escribí El violín de Ingres, mi primera novela, me sirvió en exceso para que la novela no perdiera aliento la incomodidad de ese entonces. Las sillas desvencijadas, su crujido lastimero y encomiástico, la postura oblicua y jorobada que me volvía signo de interrogación forzaban una escritura desinteresada en sí misma, aunque era lo único que me interesaba.
Para Cambios, Mo Yan aseguró que escribió sumergiendo los pies en una tina de agua. Por algo extraño el agua le impedía rimar, cosa que le era inevitable por la felicidad que sentía por aquellos días, ya que estaba seguro que su compañera de clases de kuaishu (narración rápida y rítmica, medio cantada en versos heptasílados), Lu Wenli, había quedado prendada de sus encantos vocales y su carisma. Lu Wenli moriría pocos años después sin saber apenas de la existencia de Mo Yan, según el propio autor.
Sostiene Pereira que Tabucchi lo encontró entre sus dedos cuando Marta Cardoso lo invitó a su casa a conocer a su padre, un ex militar francés, de gesto adusto, que creía que la literatura se debía limitar al periodismo, ya que los escritores son flojos por antonomasia y si se creó este horripilante oficio de la ficción fue para evadir tan solo la realidad. Tabucchi mecanografió Sostiene Pereire en una Rémington desvencijada que tenía algunas teclas maltrechas. Sus dedos se parecían al cabo a las mismas teclas, que solo entonces los recibían con cordialidad.
Thomas Bernhard al igual que Samuel Beckett, pero no igual a Jon Fosse, aunque Jon Fosse sí era igual a Beckett, escribía compulsivamente sobre lo primero que encontrara, sobre todo cuando hablaba de malogrados y parientes de filósofos reputados. Solo podía recordar su vida frente a un papel. Recordaba entonces hasta los nombres y los rastros más diminutos de la gente que conoció. Sin papel y lápiz, Bernhard dudaba de cada recuerdo. Cada recuerdo era un despojo de alguien más. La nitidez adquirida al escribir le hacía merecedor del calificativo de memorioso. Por eso le contrataron en el poblado de Scherzhauserfeld para que rescatar del olvido la vida de los otros. Esto acabó con su gracia literaria y con su memoria. Empezó entonces a escribir de manera correcta y a no ser leído por nadie.
Los autores de cuento irlandeses han equivocado el dictamen universal de que deben beber para no conquistar el mundo. Al menos no mientras beben. Muertos son otra cosa. Son todos y por lo tanto nadie y solo así se conquista el mundo, pareciéndose a este. En la escuela Paddy, de Dublín, donde cursaron sus años de estudio Frank O’Çonnor y William Trevor el profesor les fustigaba la mano ante la menor falta ortográfica. Cuando ellos escribían y tipeaban algo erróneo, se fustigaban la mano hasta no sentirla y continuaban con su tarea, casi llorando, casi dichosos.
James Joyce (se dice) jugaba al ajedrez con la intención expresa de perder de forma que su contendiente no descubra su suicidio. No hay un término adecuado para esta práctica, lo más cercano es suimate. Esa intentona de volverse un perdedor era intencional, no como burla, sino para no sentirse abstraído por la realidad que algún día le diría que nadie o casi nadie ah leído sus libros, o que nadie o casi nadie cree que otra persona los puede leer.
Si es que hay estetas, Henry James es uno, acudía al barbero a diario. Él no tenía una mujer en cada puerto, tenía un barbero. Estos lo conocían, lo que quiere decir que le temían. Era meticuloso y un por lo tanto cultivaba sus fobias con esmero. Al leer sus libros, en especial ciertos relatos, como La tercera persona, descubrimos que tenía fobia a leer. No le gustaba. Algo de esto alude Colm Tóibín en El maestro. No podía no tener cierta fobia a leer al escribir con tanta cautela, como todo el acierto que vertía en sus composiciones narrativas. Solo a quien no le gusta leer le gusta escribir tan bien, para no tener que leerse de nuevo.
Goerg Trakl era un campesino melancólico que leía la Biblia. No le entendía, por lo que la tradujo en verso para sí mismo. Se asombró cuando le dijeron que eso era poesía en bruto. Les cantó: “Oh, vosotros, despedazados ojos en negras cavidades / cuando el nieto sumido en manso desvarío / reflexiona solitario en el tenebroso final, / el sereno Dios baja hacia él los azules párpados”.
Dickens fingía todo. Cuando lo fotografiaban, ante la lente fingía que pensaba, pluma en mano. Cuando le preguntaban qué había hecho anoche, fingía que conocía una respuesta y escribía libros. Cuando quería acordarse de alguien, fingía que había visto sufrir a esta persona y le daba finales felices.
En Misterio y maneras Flannery O´Çonnor afirma con grandilocuencia que las personas que carecen de esperanza no solo no escriben novelas, sino que tampoco las leen. Por su falta de coraje, no se quedan mirando fijamente nada. Su desesperación estriba en negarse a tener cualquier tipo de experiencia, y la novela es una manera de tener experiencia. Ante esto se puede añadir, sin aspavientos, que la literatura policial, la negra y la fantástica ofrece la mayor experiencia, no solo lectora, posible. En estas obras no se trata de matar al villano, hay que esforzarse por no matarlo, así lo merezca, así nos lo pida. ¿Cómo escribía Flannery O´Connor? Como una niña, como una lectora, echada sobre su vientre, con un ventilador al frente, a mediodía, haciendo de cualquier cosa desabrida un instrumento para el bien.
Günter Grass escribió con tal vértigo y sinvergüencería El tambor de hojalata, en el que toda calamidad avanza y se desarrolla, que, despistado por prestarse tanta atención a sí mismo, olvidó hacerle crecer a Oskar Matzerat, su héroe y el de todos. Su editor lo reprendió. Tuvo que inventarse la excusa de que el hecho de que Oskar no creciera era fundamental para el curso paradigmático y diegético de la narración, para no abochornarse, “porque escritor que se precie no se rinde, y menos ante sus correctores”. Aprendió (enseñó) a volver texto al pretexto.
La única forma de escribir sobre algo que apenas se mueve es mientras se da un paseo. O algo así fue lo que resolvió Álvaro Dumes, el comerciante de brebajes para el embarazo y la calvicie. Amasó una pequeña fortuna y viajó al Nuevo Continente. Se afincó en la mitad del mundo donde contrató una cuadrilla de lugareños con el fin de que lo cargasen todo el día, en un paseo interminable, por las calles empedradas del centro de Quito. Los desniveles, pensó, lo ayudarían a agitar su mente. La muchachada y los trabajadores dentro de las casas que detenían sus actividades, lo miraban pasar, perplejos ante el espectáculo, y el sonido de su máquina de escribir acallaba a todos. Su dignidad era memorable. Escribió así, en el transcurso de dos años y siete meses, dos novelas y su Breve historia de la inmovilidad. Iba bajo un paraguas enorme, inventado por él mismo (la gente se preguntaba por qué no usaba un toldo), y cambió doce veces a cada uno de sus cargadores. Su obra maestra es Reliquia, su última novela, en la que da fe del dolor y la incapacidad de escribir bien en movimiento. Medio siglo después, Robert Walser escribiría sobre sus paseos y el dolor de no poder escribir mientras uno se mueve. Ambos morirían a la intemperie, por un ataque fulminante de neumonía; acaso era la misma.
