viernes, octubre 23, 2026
Ideas
Susana Cordero de Espinosa

Susana Cordero de Espinosa

Miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

Hace hoy, 110 años

¡Con cuánto sabor y saber escribía entonces un legislador de la república! ¿Habrá hoy alguno, algún asambleísta, como prefieren llamarse ahora, que pueda expresarse con igual soltura y conducirse con idéntico patriotismo? Visto que en tantos ámbitos dominan la desfachatez, la improvisación y la mentira, ¿podremos esperar de nuestros actuales legisladores algo más que el analfabetismo político en el que vivimos sumidos?

Quito, agosto 12 de 1916

Mi mayor sentimiento estuvo en que Chimborazos, Tungurahuas, Cotopaxis y compañía, el goce de cuyo espectáculo ha constituido mi sueño dorado desde la infancia, se me presentaron y pasaron como fantasmas. Si pudiera, y lo he de procurar, hacer mi viaje de regreso en mula, me contentaría mucho, porque solo así se viaja como hombre. El tal ferrocarril es una especie de cajón grande en donde uno no va, sino que es expedido. Podrá ser un triunfo de la civilización y lo reconozco, pero solo en asuntos mercantiles; por lo que toca a lo demás, es una salvajada, escribía el doctor Octavio Cordero Palacios, cuencano de cepa, a su esposa, doña Victoria Crespo Astudillo, hace hoy 110 años, es decir, un siglo y una década más…

Entresaco estas palabras de una preciosa carta de mi abuelo paterno a quien no conocí, pues murió a sus sesenta años. Nacido en mayo de 1870, se fue el 17 de diciembre de 1930, como él lo previó y lo anhelaba, pues manifestó más de una vez que esperaba morir, con la distancia ineludible, el mismo día en que Bolívar se fue de este mundo  desde la quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta. Efectivamente, el abuelo murió el 17 de diciembre de 1930, con diferencia de un siglo respecto de Bolívar, el genio de América, quien se fue en 1830.

Había pedido expresamente a sus hijos que no se grabara su nombre en la piedra sepulcral, para inscribir la cual escribió esta estrofa: Si hiere… hiere y hiere de Dios la augusta mano / ¿Qué hacer? Caer por tierra, hundir la frente en ella / y recibir silente, centella tras centella / el fuego todo y la ira del rayo soberano.

Mostraba en estas palabras su resignación ante la inminencia del viaje eterno que todos ‘viviremos’. Se encuentra enterrado en el Ilustre Mausoleo de Personajes del Cementerio Municipal Patrimonial de Cuenca. Pero en su caso, sin duda, no hubo centellas, fuego ni ira de Dios, en quien él creía con la antigua fe que alumbraron sus lecturas, su trabajo en bien de los demás, su inmensa capacidad de comprensión y de misericordia…

Ñaña Bashi se llamaba la vieja sirvienta de casa del abuelo —imagino  que la nombraban ñaña dado el conocido sentido quichua de hermana que se ampliaba hacia ella— refiriéndose a la intimidad con que la trataban los niños y niñas de la familia: Ñaña Bashi, (de Basilia) como la recuerda Simón Espinosa,  otro de los nietos del abuelo Octavio, era un apelativo: servía para llamarla y daba a su nombre un tono de confianza y afecto; no era, por supuesto, un apodo; ella era, y quizá así la conoció Simón, de las que entonces se llamaban una muchacha propia, a propósito de las que Carlos Joaquín Córdova, antiguo director de nuestra Academia Ecuatoriana, escribía en su Diccionario de ecuatorianismos: Sirviente doméstico al que sus padres cedían al patrón.

Ñaña Bashi  se crio en la casa y en ella murió, viejecita y desvencijada pero alegre, siempre alegre, cálida con cada niño de la familia a quienes ayudó a criar, y de los cuales se sentía orgullosa como si le pertenecieran.

Yo no la conocí; conocí más tarde a Ashuquita, nombre de origen quichua y en diminutivo, sin duda, cuyo significado no encuentro, pero que está en mí con todo su sabor, y a quien, en uno de los almuerzos en casa de la abuela a la que fui, la vi acercarse a ella, que tenía delante su plato de buen locro sin haberlo probado todavía, y decirle en voz baja algo que no pude oír. Como resultado, la abuelita entregó íntegro su plato de locro para que se lo diera al mendigo que había acudido a casa y llamaba a la aldaba.

En ese almuerzo entreví, a mis diez años y en casa de la abuelita Victoria, algo singular que me marcó hasta hoy: el homenaje silencioso a quienes no eran nada, la comprensión generosa y discreta de la injusticia y la forma silenciosa, pero locuaz,  de actuar, ejemplo desde entonces inolvidable para los suyos.

Volvamos a la carta del abuelo que sigue así: En Isavieja, a donde llegué por la noche —pues tardé dos horas en Azogues, en casa de Alejandrinita— fui perfectamente bien atendido por los agentes de la Señorita Florencia (se refiere a doña Florencia Astudillo, dama cuencana conocida por su fortuna, que poseía haciendas, terrenos y casas dentro y fuera de Cuenca, además de dinero y joyas; se cuenta que estuvo pendiente de las necesidades de la población, contribuyó a la construcción de la iglesia del Cenáculo y ‘la recuperación del puente Juana de Oro’, puente peatonal de madera, en el río Tomebamba. Otorgó propiedades a la Curia cuencana de la región).

Luego de este breve paréntesis sigamos con la narración epistolar del abuelo: Para el siguiente día me proporcionaron un expertísimo conocedor del camino y una magnífica mula, lo que me permitió llegar a Huigra temprano, donde fui recibido por el Tesorero del Ferrocarril, que había bajado a mi encuentro.

El día siguiente me trasladé a Sibambe, y la recepción que aquí me hicieron los Ingenieros Alemanes, encargados de la obra, fue cosa de llenarme de gratitud y de orgullo, por la cortesía y distinción del trato que me dispensaron, facilitándome todo lo necesario para examinar los trabajos, las cuentas de gastos, los planos, los materiales adquiridos, alojándome en una lujosa carpa y dándome la comida a su mesa. Pasé con ellos hasta el jueves, día en que regresé a Huigra. [Reproduzco en lo pertinente, la ortografía, es decir, el uso de iniciales mayúsculas del abuelo Octavio, en las palabras que, según él las precisaban].

Me ha alegrado entregar a mis lectores este tesoro de comunicación y sencillez, que sigue así: Pasé con ellos hasta el jueves, día en que regresé a Huigra para encontrarme con el doctor Cuesta y recibir mi carta, tomando el viernes el tren, junto con el Doctor Jaramillo y su hijito, y tocando el sábado en esta ciudad, sin tener contratiempo alguno en el viaje. Te diré de paso, porque cuando nos veamos lo haré por extenso, que en punto a divertirse algo, viajando en ferrocarril, la cosa es desconsoladora; nada se ve, sino que solo se entrevé, como en el cinematógrafo, de modo que a pesar de haber tocado en Alausí, Riobamba, Ambato, Latacunga y muchos otros lugares más, no conozco un ápice de toda esta región.

Y siguen las palabras con que inicié este artículo, para permitirnos viajar sin nostalgia, pues nosotros, al contrario del abuelo, gozamos a menudo de la visión montañosa y nívea que él añoraba y de la cual nunca sabré si pudo gozar a su regreso, que en gran parte del camino debió hacerse ya en la ‘buena mula’ que anheló.

¡Con cuánto sabor y saber escribía entonces un legislador de la república! ¿Habrá hoy alguno, algún asambleísta, como prefieren llamarse ahora, que pueda expresarse con igual soltura y conducirse con idéntico patriotismo? Visto que en tantos ámbitos dominan la desfachatez, la improvisación y la mentira, ¿podremos esperar de nuestros actuales legisladores algo más que el analfabetismo político en el que vivimos sumidos?

Dejo para otro momento el referirme al abuelo como científico, inventor e investigador. Ya Simón Espinosa le dedicó su discurso de ingreso a la Academia Ecuatoriana de la Lengua y el abuelo descansa allá, entre cuencanos ilustres, desde ese infausto 17 de diciembre… Pero hay un detalle que no quiero olvidar, decidor sobre todos, en el mundo de confusión y corrupción que nos toca vivir.

Entre varias biografías escritas sobre el abuelo por connotados intelectuales cuencanos, la enumeración de cuyos nombres alargaría sensiblemente este artículo, quiero y debo anotar que, gracias al dominio matemático de Cordero Palacios, a los trazos para el ferrocarril sugeridos y discutidos con él y a su conocimiento lleno de sustancial imaginación, que le procuró inventar una máquina de traducir, invento al que aquí no he podido aludir por falta de espacio, y sobre el cual algún día procuraré contar, el abuelo Octavio logró, con sus sugerencias nacidas de sus conocimientos de ingeniería,  topografía y ciencias afines, acortar el camino del ferrocarril, ¡y ahorrar como cien mil sucres de entonces al erario ecuatoriano!

¡Ahorrar al erario!, ¿será posible e imaginable aún?

 

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