martes, mayo 19, 2026
Ideas
Fernando López Milán

Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

La muerte vencida

Las diferentes culturas y civilizaciones se han construido en función de la muerte, así que resulta difícil imaginar un arte o una moral que no tenga en ella su impulso y justificación.

El ser humano nunca se ha resignado a la muerte. Y ha expresado su falta de resignación, su resistencia, a través de mitos consoladores como el de la reencarnación, la vida ultraterrena o la fuente de la eterna juventud. En la actualidad, sin embargo, la resistencia al envejecimiento y la muerte, su corolario, no se basa en el pensamiento mágico, sino en la ciencia. El envejecimiento, ahora, se considera una enfermedad y, por tanto, una condición que puede tratarse médicamente y curarse, es decir, revertirse.

Puesto que la posibilidad de revertir el envejecimiento trae aparejada la posibilidad de extender indefinidamente la vida de un ser humano, los primeros pasos en esta dirección ya se están dando. El doctor David Sinclair, de la Escuela de Medicina de Harvard, ha logrado revertir el envejecimiento en monos y ratones. Y, para enero del próximo año, espera iniciar los experimentos con humanos. Como el doctor Sinclair no tiene dudas acerca del éxito de su empresa, ha llegado a afirmar que la primera persona que vivirá ciento cincuenta años se encuentra ya andando por la Tierra.

Las diferentes culturas y civilizaciones se han construido en función de la muerte, así que resulta difícil imaginar un arte o una moral que no tenga en ella su impulso y justificación. Lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto se han definido, hasta ahora, a partir de la conciencia de nuestra finitud.

Lo bueno, que a veces adopta la forma restrictiva de la prohibición, es un mecanismo de defensa que surge de la conciencia de nuestra fragilidad y transitoriedad. Por eso, los valores de un ser humano que viva no solo ciento cincuenta años, sino indefinidamente, no pueden ser los mismos de alguien que, en el mejor de los casos, llega solo a los noventa. Además, una vida cuyo fin no se avizora no puede ser tan preciosa para su poseedor como lo es una vida de alcance limitado.

Si la moral se funda en nuestras limitaciones y, de manera principal, en el límite que nos impone la muerte, la moral de quienes vivan indefinidamente —si acaso existiera— deberá fundarse en lo ilimitado. Pero como lo ilimitado no consiente la restricción —algo imprescindible para quienes están limitados por la muerte—, la moral de los cuasi inmortales solo podría ser afirmativa. Algo que en la historia nunca se ha dado, pues la afirmación, sin la ayuda de la prohibición, es insuficiente para proteger a los miembros de una comunidad humana.

La moral ha sido creada, para su protección, por seres que saben que la muerte los espera a la vuelta de la esquina. En un mundo poblado por seres cuasi inmortales, ¿será todavía necesaria?

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