Un No Debate, eso fue lo que vieron los ecuatorianos el pasado domingo 1 de octubre. ¿Los responsables?, el Estado y los candidatos. El primero, por pretender que el Ecuador incursione en una cultura política y comunicacional de debates electorales con modelos acartonados, rígidos y aburridos; sujetos a la interrupción constante del cronómetro y, contradictoriamente, a la formulación de preguntas compuestas, complejas y extensas que requerían mayor tiempo para su desarrollo; pero también a la subjetividad y al protagonismo de la moderadora para calificar o descalificar las respuestas de los debatientes; y, lo que es peor, a la ausencia rotunda del cara a cara dialéctico y escenográfico entre los aspirantes a ocupar el Sillón Presidencial.
Los segundos, Luisa González y Daniel Noboa, sumaron a este formato plano una exposición de motivos egoísta, mezquina de argumentos y floja de palabras, que se emparejó con su falta de preparación y un trino de frases y propuestas vacías, cuya operatividad está sujeta a una posible metida de mano a cerca de USD 2 000 millones de la reserva internacional (recursos económicos de todos los ecuatorianos que garantizan dinero circulante en el país); así como a su capacidad de negociación con una remozada —y a la vez devaluada— elite política de la nueva Asamblea Nacional, para tener mínimos de gobernabilidad.
Sí, el formato del “debate electoral” fracasó; pero es incuestionable que la materia prima, el elemento sustencial y la razón de ser de este espacio pagado por el Estado para contribuir al voto informado de los ciudadanos también fue una gran decepción, porque en este tipo de eventos no solo importa qué dice el candidato, sino y sobre todo como lo dice, y los dos presidenciales (Noboa y González) —pese a sus aparentes matices— se mostraron imprecisos, inseguros y timoratos ante las preguntas formuladas por un grupo de académicos; ambos proponiendo remedios de curandero y verborreas para los problemas estructurales y, a la vez, implacables que atraviesa la nación. ¿Para qué y por qué quieren llegar a Carondelet estos candidatos? ¿Por pueril capricho carrancudo o dictamen del líder del partido? ¿Qué modelo de país es el que ofrecen a los ciudadanos?
En un No Debate como este, de moderada lucidez y tibias interpelaciones, ¿Antonio Ricaurte hizo el trabajo sucio de Luisa González y del correísmo al atacar a Daniel Noboa amparado en su etiqueta de “analista y consultor político”?
De esta manera, aunque se cumplió un hito más del checklist del Código de la Democracia y del calendario electoral; se desperdiciaron recursos públicos en dos horas de tiempo aire en televisión, que lejos de aclarar dudas pusieron a reflexionar a más de un ciudadano en qué tan eficiente y pertiente es que el Estado controle el monopolio de los debates electorales obligatorios a los que se evalúa únicamente en términos cuantittativos. ¿Cuál debe ser el punto de equilibro entre la cantidad de audiencias que se pueden conectar o que sintonizan estos eventos por distintos medios y plataformas, y la calidad del formato para propiciar la deliberación abierta y el “frente a frente” de los candidatos?
Pero también, este No Debate nos debe llamar a reflexionar sobre qué tan profunda es la crisis de liderazgos que atraviesa el Ecuador, a tal punto de que nuevamente resurge la idea de votar/botar por el menos malo o el menos “cojudo”, como dijo el exconcejal de Quito, Antonio Ricaurte.
En un No Debate como este, de moderada lucidez y tibias interpelaciones, ¿Antonio Ricaurte hizo el trabajo sucio de Luisa González y del correísmo al atacar a Daniel Noboa amparado en su etiqueta de “analista y consultor político”? ¿A qué responde el que un político de limitados éxitos en la arena electoral y sobre todo moral salga del olvido y de la condena pública para incidir —de alguna manera— en la conversación mediática y sobre todo digital del postdebate?
Lo único cierto es que luego de la pobreza de ese espacio televisivo denominado “debate de segunda vuelta electoral”, los candidatos Noboa y González dirán —al amparo del guión— todo lo que les venga en gana tanto en tarima como en redes sociales, porque el tiempo pasa y la carrera por captar (comprar) el voto de los jóvenes y los indecisos se acorta.
