Una hipótesis inicial podría suponer que los triunfos presidenciales en Colombia y Perú responderían una “unidad de último momento” del electorado en torno a los candidatos de las derechas (escenario repetible en Ecuador). ¿Qué factores habrían intervenido en la victoria de esos candidatos? ¿Un rechazo a las figuras de la izquierda asociadas a la última ola que permitió su crecimiento iniciado hace casi tres décadas en América del Sur? ¿En qué consistiría la ola emergente de las derechas en la región vinculada a las nuevas formas del hegemonismo norteamericano liderado por Trump?
Inicialmente, cabe diferenciar varios temas en respuesta a la hipótesis. Se trata, más allá de la utilización indiscriminada de la figura, de una forma más de la radical polarización política, social y discursiva que atraviesa a la región. Ciertamente, lo que ha ocurrido en Colombia y Perú es lo más lejano a cualquier forma de unidad de la sociedad o de unidad de alguna de sus vertientes.
En aquellos dos países se ha producido una división casi matemática del público, del electorado, entre dos candidatos, que expresan tendencias y significados muy diversos, aunque formalmente identificados como derechas (Espriella y Fujimori) e izquierdas (Cepeda y Sánchez). A su vez, cada candidatura expresa muchas heterogeneidades internas, temporalmente cohesionadas en las salidas unificadas por la dinámica de la confrontación. Y, claro está, la polarización convierte al resto de la sociedad en marginal.
Los grandes sacrificados son los ciudadanos ubicados dentro de la pluralidad consciente de tendencias y la agregación constructiva de fuerzas.
En esos países, las derechas y las izquierdas más visibles no se asientan en procesos ideológicos sino en otras dinámicas electorales y políticas. Y fundamentalmente en emociones. La milimétrica división expresa la desaparición del centro político electoral, pero también la necesidad política de un centro —distinto de la derecha radical y de la izquierda radical— para la gestión. La estabilidad de las coaliciones políticas y la administración de las políticas públicas van/deberían ir más allá de la polarización electoral.
Nunca hubo elecciones más polarizadas en historia colombiana, según lo reconocen los analistas de ese país. Las últimas fueron las más reñidas, en una formación social de tradicional confrontación armada de los civiles, una suerte de guerra/enfrentamiento civil histórico de baja intensidad, presencia de una guerrilla fraccionada pero permanente, la más antigua de América Latina, tanto como la invasión extraordinaria del gran crimen, y una mirada y una vocación de esas élites para mirar, casi exclusivamente, hacia el norte, obnubiladas con Estados Unidos. Colombia ha sido un país que usualmente ha visto solamente hacia Estados Unidos antes que hacia América del Sur.
Antes de las elecciones en Colombia y Perú, los analistas esperaban victorias contundentes de las derechas. En el caso de Colombia, optimistas y pesimistas giraban alrededor de los 13 puntos, más aún ante la cesión de todo su espacio por parte del uribismo y su candidata Valencia. Aspiraban a una cómoda recomposición electoral de las viejas oligarquías y las nuevas derechas empresariales (aspiración que se mantiene desde la crisis del sistema bipartidario). Cepeda no tenía de dónde sumar y Espriella tenía abierto todo el espacio de alianzas. Pero la dinámica fue la contraria. El acortamiento de las diferencias solo fue atenuado por la madurez de los candidatos cuando reconocieron los resultados. Y obviamente porque se terminó el plazo de la campaña.
En esos países, las derechas y las izquierdas más visibles no se asientan en procesos ideológicos sino en otras dinámicas electorales y políticas. Y fundamentalmente en emociones.
Los últimos días de las elecciones colombianas se caracterizaron por el acortamiento de las diferencias, el que nos habla de la volatilidad electoral de un muy importante segmento …que tapa la boca de los propagandistas de la votación optativa. Esta fragilidad de la construcción del resultado necesita de la paz en una sociedad enfrentada. La paz no ha pasado por las vías hasta ahora experimentadas. Y lo decimos, desde Ecuador, un país que ha sufrido las consecuencias de los caminos equivocados de su vecino. Y las secuelas de las actividades de los violentos y de las empresas productoras de cocaína, que subordinan a campesinos productores de hojas de coca, prácticas surgidas en todo el espectro político.
Reconocer un resultado electoral tiene muchos significados. El primero, y más importante, consiste en que la expresión de voluntad mediante elecciones, más allá de irregularidades menores que suelen existir. Tiene un valor estratégico para el inicio de las gestiones del gobierno y de la oposición. Más aun, cuando las diferencias son tan estrechas. Y, en el caso de Colombia, se trata de preservarla de estallidos de violencia. Al margen de la (in)consecuencia democrática, el desconocimiento de los resultados por Petro, tiene por objetivo particular forjar una trinchera de defensa ulterior de su gobierno.
A su vez, en el Perú la polarización es tan radical que las mínimas diferencias toman real trascendencia. Lo primero es no olvidar el significado político de la diferencia aritmética. Esto es que, frente a una diferencia de aproximadamente 40.000 votos, la diferencia “real” es la mitad, es decir, los 20,000 votos que son aquellos que el candidato perdedor no logró conquistar. Y que en una (segunda) vuelta de definición conquistó la ganadora. Si las elecciones no fueran la construcción de una diferencia aritmética, la diferencia cualitativa se impondría como una construcción ulterior. Y un conflicto indefinido, extendido.
En el caso peruano, la diferencia electoral milimétrica tiene un eco social extremadamente importante, que es la sociología de un enfrentamiento profundo: Lima versus el resto. Pese a que se han flexibilizado las barreras de la Lima aristocrática, proletaria y marginal, estas persisten. Las regiones especialmente del sur y las alturas, y el campesinado —sin dejar completamente de lado a los proletarios agrícolas del norte— votaron por Sánchez. Sufragaron con la sensación de un presente de exclusión pese a los avances del desarrollo en Perú y, bajo el brazo, con una historia de represión —más allá y más acá del enfrentamiento con el sangriento y despótico Sendero Luminoso— que ensombrece al modelo económico del presente.
Y, las dos partes, Fujimori y Sánchez, no alcanzaron a luchar contra ni explicar la complicidad con la corrupción, que llevó a la primera a la cárcel por un par de años y al líder del segundo a permanecer en la cárcel. En un país, en que los presidentes visitan asiduamente los penitenciarios y que, además, alberga al Parlamento conocido como el más corrupto de América Latina.
La modernización no tuvo un efecto universal en Perú. Económicamente, el disciplinamiento que introdujo Fujimori —cruento en las masas, política y éticamente inexistente en la élites—, no se tradujo en modernización política, sino que permeó la corrupción asentada en la reinserción económica internacional del país.
Lima es un eje de poder, al que el resto del país se enfrenta periódicamente, con excepciones puntuales de ciudades que no alcanzan a ser intermedias. El norte del Perú, recordemos, es sede de una cierta modernidad acelerada, con un proletariado agrícola moderno y ciudades servicio, asidos en una cierta vocación de viejos patrones de la izquierda peruana.
La izquierda peruana, utilicemos estos párrafos para recordarlo, se autocalificó como la heredera simbólica de la izquierda latinoamericana luego de la caída de Allende, aupada en el nacionalismo de Velasco Alvarado y ocasionalmente manchada por el senderismo.
La polarización peruana tiene sus formas de complejidad. Dicho rápido, mal y pronto, en Perú es “mejor/más fácil” ser opositor representando a la mitad aritmética y más pobre del público, que ser gobierno en nombre de la otra mitad, la mitad peruana perteneciente o dirigida por la élite económica.
Keiko Fujimori, ganadora con los votos de los migrantes, lo que no es pírrico ni heroico, debe armar una difícil alianza de gobierno, que arranca con quienes cooperó a derrocar con sus votos desde el Parlamento. La paradoja —votos de los migrantes y necesidad del apoyo de sus contradictores— son ese tipo de alianzas de aparente “contra naturaleza” o, llamémoslas, de necesidad en una política gelatinosa y desprovista de significados. No sólo es contradictoria porque apelará a los mismos que se encargó de destruir cuando desató la crisis que llevó a la década de más profunda inestabilidad peruana. La historia sí que hace que “algunitos” traguen lo que debocan.
Fujimori se erige como la guardiana del modelo económico que surgió del disciplinamiento social sangriento y basado en una moral política pulverizada (protagonizada por Montesinos, que no lo olviden quienes lo emulan hoy en Ecuador) protagonizado por su padre, el descendiente japonés Alberto Fujimori. ¿Podrá hacerlo fuera de los límites del autoritarismo de su ancestro? Las condiciones no son las mismas, tampoco las necesidades históricas de buscar una modernización con algún horizonte de justicia y respuestas de igualdad. Son los retos de gobernar desde la una mitad teniendo en frente a la otra mitad de la ciudadanía.
(Nadie puede predecir que las paradojas peruanas en sus contenidos decidan traspasar Huaquillas)
(Entonces, en los dos países, hay complejidades muy grandes, que servirán de espejos para los juegos políticos ecuatorianos. Vamos a navegar en medio de espejos, que pueden terminar en laberintos)
La integración económica andina se ha conformado con base en dos vertientes empresariales de interés, diferentes, aunque no contradictorios, peruanos y colombianos. Han pujado dentro del escenario andino. Ecuador y Bolivia han sido, de algún modo, países pequeños jaloneados, situación entendible. Que precisa de coordinación y entendimiento, por iniciativa propia antes que por la sobredeterminación de intereses continentales más amplios.
La integración andina quedó herida por la aventura guerrera de aranceles emprendida por Ecuador, la que debe ser sancionada devolviendo, al menos en algo, lo arrebatado a la población fronteriza de Ecuador y Colombia, y al empresariado con vocación integracionista. Ningún ingenuo juego de influencia política (electoral o no) debe quedar impune.
Porque además fue tonto pensar que se podía influir electoralmente en la población del sur de Colombia (que votó por Cepeda) y que solo le permitió a Espriella mostrar que podía arrebatar, para su beneficio, gestiones de Uribe (con respuestas inadecuadas y desorientadas del gobierno ecuatoriano) y utilizarla para mejorar su presencia internacional.

¿Cómo se va a reconformar la integración andina con los resultados electorales de Colombia y Ecuador? ¿El destino es allanarse a las formas de integración del Mercosur? ¿Podrá Ecuador revertir los vetos de México en el Pacífico apelando a los resultados de formas innovativas de integración andina? ¿Hay posibilidades más amplias de integración que el Escudo de las Américas? ¿Tienen estos cuatro países alguna posibilidad de personalidad internacional dentro del actual vendaval? ¿Deberán esperar a los resultados de las elecciones en Estados Unidos de 2026 y 2028?
(¿Llegará a ser abismática la caída del prestigio Trump luego de los resultados hasta ahora registrados de la guerra con Irán y de la díscola intervención israelita en la correlación de Oriente medio?)
¿Por qué votan los peruanos y los colombianos?
¿Los ciudadanos colombianos y peruanos votan positiva y propositivamente por la derecha y por la izquierda? ¿Lo hacen por inconformidad? ¿Votan por la derecha para evitar a la izquierda? ¿Votan erráticamente por desinterés en la política?
Lo primero a rescatar en el análisis es la participación de los colombianos en el nivel más alto por sobre su media histórica. ¿Qué los hizo salir de su disconformidad? Evidentemente, la polarización, sea cual fuere la interpretación que le demos. Es el caso de una votación no obligatoria, lo que le da más mérito, pese a la inconveniencia de esa institución de uso facultativo. Esto quiere decir que sectores tradicionalmente periféricos a la decisión electoral entraron al escenario, quisieron ser activos contribuyentes en la decisión electoral. Son electores apáticos, lo que no quiere decir que sean necesariamente indecisos.
La izquierda colombiana vivió la pasada elección dentro de una encrucijada. Petro fue la base contable del electorado de izquierda, pero, a la vez, fue su lastre, el que impidió el crecimiento de Cepeda. El candidato Cepeda y su personalidad tuvieron en una mano a su principal soporte, Petro, y en la otra a su fundamental limitación, Petro. ¡Que difícil caminar con el apoyo y la oposición, uno asentado en cada brazo ¡
El resultado de la elección colombiana se prepara para transitar hacia Ecuador. Espriella ha anunciado, entre otras, dos medidas inmediatas, que rebotan sobre Ecuador. De un lado, un tratamiento “duro” y “sin tregua” hacia los residuos de la guerrilla colombiana, al tiempo que terminar con el programa de “gestores de paz”. De otro lado, una inmediata erradicación de cultivos de hoja de coca, los que se localizan especialmente en la frontera con Ecuador. Ha especificado que respetará la decisión de la Corte Constitucional de no hacerlo con glifosato sino con alguna substancia con origen ecológico (y esperemos con precaución para la salud humana, siendo que lo ecológico no conlleva necesariamente esa protección).
No es difícil proyectar lo que pueda suceder, como ya pasó antes en nuestra frontera común en otros casos, tanto como en Centroamérica. La desmovilización forzosa de los violentos no evita que reproduzcan prácticas violentas generalmente ligados al crimen organizado nacional e internacional, en suelo colombiano o no. Asimismo, en otras experiencias, los cultivos sustitutivos a la hoja de coca no han tenido éxito (porque el precio de la hoja de coca es superior a otros cultivos legales generalmente agrícolas).
Probablemente, se produzca una expulsión de población campesina empobrecida, que buscará asentarse, como ya lo hizo durante la ola de refugio colombiano, en las provincias del norte ecuatoriano. Este refugio fue acogido entonces por Ecuador con respeto a los derechos humanos, como no podía ser de otro modo, y deberá hacerlo ahora, pese al comportamiento errático de la política exterior ecuatoriana.
(Ecuador no está fuera del mundo. Y está tan dentro del mundo, que su principal tema ahora —y lo será por mucho tiempo— es la seguridad. Esta variable cruza a la polarización, incide en los votantes correístas como en los anticorreístas, en los noboístas como en los antinoboístas).
Keiko Fujimori es una política profesional, quizás una de las más experimentadas de América Latina, cuyo principal reto en política internacional será mantener la relevante presencia china en la región a través de Perú (fundamentalmente el puerto de Chancay y su red de abastecimiento mediante ferrocarril) y equilibrar los temores económicos y geopolíticos de Estados Unidos.
Hace más de un tercio de siglo, su padre, Alberto Fujimori, fue el activo protagonista de la cabeza de playa económica de Japón en América Latina, lo que generó decididas suspicacias chinas. A su vez, en lo interno, Fujimori, con mayoría parlamentaria, deberá tratar con uno de los procesos más difíciles de inducción a la corrupción, como son los mecanismos semi-parlamentarios de Perú. ¿Intentará una reforma institucional que rearme una relación entre las exitosas elites económicas y la representación política vía un Parlamento reformado?
El caso colombiano también tiene una relación con el Parlamento. Cabe recordar que el Congreso colombiano es una sede, quizás la más importante, de procesamiento de la correlación de fuerzas, más aún cuando Colombia es uno de los pocos, antiguos y sólidos, estados de derecho de la región.
También, los actores económicos colombianos, especialmente el empresariado, son distintos de los peruanos surgidos de la transformación de antiguas oligarquías reformadas y de más reciente vinculación con el capital externo. Mientras que las élites económicas colombianas tienen más añeja vinculación con el norte continental tanto como una parte se relaciona/relacionó con actividades económicas irregulares, origen de enormes masas de capital, que han empujado sólidamente al capitalismo colombiano.
Es destacable la temprana presencia de clases medias más extendidas en Colombia que en Perú, siendo que este país en los últimos lustros ha logrado mejores niveles de ingreso en los sectores subalternos. Debo reconocer que constantemente me he preguntado acerca del desarrollo más extendido de administradores públicos probos entre las mujeres colombianas que en otros países de la región.
Espriella ha vivido mucho tiempo fuera de Colombia, es un diestro manejador de una imagen especular surgida en Bukele, presidente de El Salvador, y entre sus espinas más complejas está su relación con Saab, administrador de fondos (¿ilícitos?) del expresidente venezolano Maduro, entroncados con el sistema unitario de compensación regional “sucre”, de tan ingrata y eficaz expoliación del erario ecuatoriano. Pronto entenderá la inaplicabilidad del modelo salvadoreño fuera de ese país, llámese Colombia o Ecuador.
El gobierno de Espriella seguramente transitará por una doble vía política. De un lado, la construcción de su gobierno recaerá en su relación con el Parlamento, mediador necesario en una sociedad aritméticamente dividida. Tiene buen personal político para lograrlo. De otro lado, la euforia presidencial expandirá su relato tanto como deberá corregir a las políticas públicas.
En el caso peruano, la diferencia electoral milimétrica tiene un eco social extremadamente importante, que es la sociología de un enfrentamiento profundo: Lima versus el resto.
El escenario contrario será Perú, donde el Parlamento es escenario de corrupción y de apropiación de poder. Fujimori deberá buscar una reforma institucional para recomponer la disfunción orgánica entre la economía y la política. Un sistema no puede funcionar en el largo plazo, si la política es ese “algo distinto” de la economía. Las sociedades deben buscar su organicidad, funcionar como un cuerpo. Pronto veremos dinámicas distintas de gobierno y oposición en cada uno de los países analizados.
(Ecuador deberá reformar su diseño institucional incluyendo al Parlamento tanto como encontrar una arena en la que se pueda trabajar formas nacionales para enfrentar a la violencia y al narcotráfico, lo que pasa por la superación de la actual alaraca y corrupción gubernamental).
La ira y el miedo (Castells) son los parámetros que organizan la expresión de la voluntad política dentro de múltiples dimensiones, más allá de las formas binarias lineales simples. Tienen formas de expresarse internas y externas a nuestros países. Son partes de un mismo atributo, que también organiza a la polarización.
El miedo al otro se expresa a través de la ira contra el otro. Y, a su vez, el propio miedo interno, el de cada uno, genera ira hacia el otro y viceversa. Estos códigos infiltran a la comprensión y prácticas de las principales variables sociales y políticas. En Ecuador debemos prepararnos para verlos debutar, de cuerpo entero, en las siguientes elecciones locales.
Tres factores condicionan externamente a la configuración de la política externa, interna y local. La glocalización no es una ficción sino una realidad acuciante, que se expresa más allá de la migración y su influencia en los ingresos y las decisiones.
La vuelta de la mirada y la presencia de Estados Unidos en América Latina puede arrojar saldos diversos en las elecciones internas. Se ha creado la imagen de que el apoyo de la administración Trump incrementa las capacidades electorales de las derechas tradicionales o emergentes, lo cual no es automático ni necesario.
Al contrario, el intento asfixiante de convertir a las naciones de socias en súbditos con patrones uniformes, puede generar efectos contradictorios a esta pretensión. Ecuador y Colombia merecen serias investigaciones del comportamiento electoral reciente, que no necesariamente es el mismo que el argentino. Nuestras políticas públicas incluyendo a las políticas exteriores, deberán aprender a comportarse con flexibilidad y alzar la mirada hacia el horizonte estratégico del desarrollo mundial multipolar.
Nuestra relación con la economía mundial ya no se reduce a Estados Unidos, relación comercial muy importante. Debe entenderse como complementaria con la inversión actual y deseable de otros bloques mundiales. El mundo se mueve en distintas dimensiones.
Ecuador debe refuncionalizar al canal de Panamá y su histórica dependencia con ese ducto. La política externa ecuatoriana debe reconocer, cada vez con más propiedad y de forma soberana, la presencia de Brasil como interlocutor del bloque de economías emergentes y en desarrollo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y de China con Asia y el Pacífico, además de Corea, países con los que tenemos visibles déficits que empezamos a superar.
El gran crimen internacional y sus vínculos/formas con la corrupción nos obliga a salir de la clasificación mundial de países cleptócratas. El gran crimen busca especializar a Ecuador como estibador de una parte de producción de la cocaína mundial. No es un país productor, pero sí “puerto” para los productores (Colombia y Perú), es decir especializado en servicios, entre los que se incluyen las “ventanillas” para el lavado de activos (especialmente con la producción de minería ilegal de oro).
Pero tareas más importantes deberán ser resueltas en medio de la reconfiguración de los vecinos. Quizás la más relevante sea observar estratégicamente como operar, desde los intereses nacionales y una mirada ecuatoriana, la posibilidad de la construcción del ramal del ferrocarril transoceánico, que pueda partir de la costa atlántica colombiana, atravesar el Choco y la costa ecuatoriana, para empalmar en Tumbes con el ramal ubicado en el extremo sur peruano y que culmina en el puerto de Chancay.
Para ello, adicionalmente, deberemos tener un foco analítico en la evolución de nuestros dos países vecinos. Esta la motivación de estos párrafos.


