En el plano histórico no existen fechas fijas de nacimiento de los imperios, entendidos éstos como potencias que se proponen capturar por la fuerza territorios ajenos junto con su población, sus riquezas de todo tipo, su producción industrial, tecnológica o agrícola, sus recursos hídricos o la imposición de una ideología o religión. No obstante, y dada su cercanía en el tiempo, sí se puede afirmar que el último y vigente imperio, los Estados Unidos de América, se constituyeron como potencia hegemónica global al término de la Segunda Guerra Mundial.
Hay que tomar en cuenta que Estados Unidos se decidió a participar en la Gran Guerra después de haber sido reacio a hacerlo hasta el último momento, cuando fueron atacados por Japón en Pearl Harbor en 1941. Esta decisión de fuerza no fue la primera operación militar del imperio hegemónico de la época, pero sí la que tuvo un verdadero impacto global y decisivo. Ya desde 1775, poco después de su independencia, numerosas fueron sus intervenciones y enfrentamientos por parte de esta incipiente república que finalmente alcanzaría un enorme territorio y, así mismo, enormes recursos de todo tipo.
Para tener una idea de los numerosos conflictos que Washington enfrentó a lo largo de su historia, citemos los principales hasta el final de 1991: su primera guerra la tuvo con Francia, luego con España para apropiarse de la Florida Occidental; con el Reino Unido; Cuba, Argentina, Perú, Canadá, México (conflicto por el cual se apropió de California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México y Colorado, y a cambio México recibió 18 250 000 dólares), China, Nicaragua, Panamá, Uruguay, Colombia, Haití, Filipinas, Corea; República Dominicana, Honduras, Guatemala, Groenlandia, Corea del Sur, Taiwán, Puerto Rico, Vietnam, Indonesia, Camboya, Laos, Líbano, El Salvador, Granada, Libia, Irak, Siria, Bosnia-Herzegovina, Afganistán, Sudán, Serbia, Kosovo, Somalia, Kuwait, entre muchas otras confrontaciones que, por su elevado número, demuestran la capacidad bélica que llegó a tener Estados Unidos en el mundo, sin contar con las más recientes.
En efecto, la presencia bélica de las fuerzas de Washington ha demostrado su capacidad de fuego y su amplia hegemonía en un corto periodo de tiempo, si se compara con otros imperios que se han sucedido en la historia de la humanidad. Por lo demás, las justificaciones dadas para entablar estas guerras fueron, en distintos casos: defender la democracia, proteger los intereses estadounidenses, rescatar soldados o armamento militar y, últimamente, la lucha contra el narcotráfico y contra el desarrollo del armamento nuclear.
Muchas y diversas fueron las razones que el imperio estadounidense dio para estas incursiones violentas, que lo único que demostraron fue su poderío tecnológico y militar. Con la llegada de Donald Trump al poder en 2017 para su primer periodo y en 2025 para su segundo mandato, el poder hegemónico de Estados Unidos se ha venido deteriorando por dos motivos esenciales: el surgimiento y la consolidación de otras potencias, en particular China, y el desgaste interno en materia de migración, comercio y seguridad, provocado especialmente por las políticas de Trump, con efectos negativos dentro y fuera del país.
La migración, por ejemplo, se abordó con una visión inhumana, racista y sin tener en cuenta su enorme valía en la economía, incluyendo especialmente los sectores agrícolas, industrial y de servicios, en los cuales trabajan decenas de millones de migrantes latinoamericanos. En materia migratoria se generaron violentos enfrentamientos con la opinión pública y con poderosas agrupaciones de agricultores que requieren mano de obra para sus actividades. Hubo multitudinarias manifestaciones en contra de las políticas de Trump, lo que deterioró aún más su imagen y su gestión en un tema tan delicado. Ha deportado a más de ciento cuarenta mil personas, ha construido campos de concentración, el principal en Florida, denominado Alcatraz y en otros Estados de la Unión, y se generó un ambiente de xenofobia difícil de controlar. Su política comercial provocó que productos agrícolas no llegaran a los puestos de venta debido a la insuficiencia de personal para cosechar los productos agrícolas y a la falta de mano de obra calificada en la industria.
En materia de comercio, el presidente Trump impuso aranceles a los bienes producidos en el exterior de hasta el 145 % según el producto y el país, en ocasiones por motivos políticos indefendibles, como en el caso de Brasil. En el mismo ámbito comercial, el gobierno de Estados Unidos abrió diversos frentes de conflicto que pueden resultar sumamente perjudiciales para su propia economía, como con Europa, China, Japón, Canadá y México.
En lo que se refiere a seguridad, la utilización de armamento altamente sofisticado y costoso puede afectar su economía, así como sus relaciones con los países a quienes suministra este material, utilizado para atacar otras potencias que se ven gravemente afectadas. Es el caso de Israel contra Palestina (la Franja de Gaza), Líbano, Yemen y el caso de Ucrania contra Rusia. Estas crueles conflagraciones han provocado un aumento de la enemistad en regiones enteras hacia los Estados Unidos.
En suma, no cabe duda de que el coloso estadounidense vive horas bajas de las cuales no será fácil recuperarse sin un cambio de políticas y, sobre todo, un cambio de dirigentes. Este sería, en efecto, un caso más en la larga secuencia de imperios que han crecido y se han impuesto en la historia de la humanidad.
*Francisco Carrión fue ministro de relaciones exteriores, viceministro de relaciones exteriores, embajador en España, en Naciones Unidas (NY), en Washington D.C. y México. Ex académico de FLACSO, ha escrito varios libros y es columnista de varios en temas de política exterior.
