El Informe 2024 de Latinobarómetro, al referirse a la confianza interpersonal, es decir, el nivel en el que las personas confían en el «otro desconocido’» determina números bastante bajos para la región que, valga decir, tiene la etiqueta de ser el lugar donde se presenta la mayor desconfianza a nivel mundial.
En resumen, en esta parte del planeta la suspicacia entre unos y otros es la norma, el pan nuestro de cada día. En el caso de América Latina este indicador, en promedio, llega al 15%, destacando México como el país con mayor confianza entre las personas, con un 26%, seguido de Argentina y Chile con un 24% y 21%, respectivamente.
En el otro extremo, en las sociedades con menor confianza interpersonal está Brasil con un 5%, seguido de Ecuador con un 8%. Esto último quiere decir que, en nuestro país, por ejemplo, de cada 100 personas, apenas 8 confían en un desconocido.
Este indicador tan pobre contrasta, según el propio estudio, con lo que sucede en los países desarrollados como Suecia y Noruega donde la confianza interpersonal está en el rango de 60% a 70%, lo que explica la presencia de un fuerte tejido social, propio de unas sólidas relaciones sociales que permiten confiar en los demás y, por lo mismo, crear condiciones idóneas para el crecimiento.
Penosamente lo que se advierte en nuestra polvorienta América Latina es el crecimiento de la pobreza, de la desigualdad social y de la violencia estructural, aspectos que no permiten crear la necesaria confianza en el otro, como resultado de una democracia de oropel y de profundas injusticias sociales que han desencantado a la población.
A eso se suma el problema de la corrupción que, como metástasis, ha contaminado casi todo, generando en las personas un entendible distanciamiento hacia los otros. Todo ello lleva a que América Latina sigua descapitalizándose, perdiendo capital social, es decir, esos códigos compartidos que se trabajan desde la cooperación, valores cívicos y confianza y que destacan con nitidez en sociedades mucho más sanas, donde la ética y los principios gobiernan el accionar de la gente, así como reducen en la economía los costes de transacción.
Sin duda, una de las mayores consecuencias negativas del neoliberalismo en la región es la destrucción del tejido social como resultado de esa enfermiza visión mercantilista, donde todo, incluida la vida y el bienestar de las personas, se degrada a la condición de cosa y, por lo mismo, sujeta a un precio que establece el mercado y que puede ser adquirido únicamente por quienes tienen la capacidad de compra para hacerlo. El resto, los que no forman parte de la oferta o demanda, simplemente no existen dentro de ese esquema cosificador e inhumano.
La confianza interpersonal no se recupera en un país donde faltan oportunidades para nuestros niños y jóvenes. Tampoco se fortalece la confianza cuando desde las altas esferas del poder se viola, sin sonrojarse siquiera, la Constitución y las leyes.
No es viable el fortalecimiento del tejido social en medio de una profunda desinstitucionalización del país y donde en vez de autoridades elegidas democráticamente hay dueños de haciendas que no logran diferenciar lo público de lo privado y que actúan desde los caprichos de niño rico.
