Sacrilegio… Una simple pregunta alteró al Gobierno el fin de semana reciente. ¿Nuevos apagones?, indagó un titular de prensa buscando explicaciones sobre eventuales cortes de energía eléctrica en algunos sectores de Guayaquil. El Ministerio de Energía no demoró en salir a aclarar, y atribuyó el problema a los riesgos del cableado eléctrico, aunque en la misma noticia habían sido incluidas sus causas técnicas.
Pero aquello no bastó. Las autoridades exigieron al medio la rectificación del titular, pues lo calificaron de tendencioso. Como si plantear preguntas fuera un acto peligroso, una herejía o una grosería contra el poder, tal cual han tildado a algunas inquietudes de la prensa, una vez públicamente y en otra ocasión tras bastidores, informó una periodista.
Llama la atención esta forma de abordar el ejercicio periodístico. Parecería un error al calor de lecturas apasionadas. Sin embargo, a la luz de lo sucedido el año anterior, no es una reacción improvisada.
Las crisis del sector energético han coincidido sistemáticamente con los meses previos de plebiscitos electorales. Sucedió en abril, antes de la consulta popular, y volvió a ocurrir en septiembre previo al proceso de elección presidencial, en 2024. En ambas ocasiones, quienes advirtieron sobre una inminente crisis eléctrica en ciernes fueron tratados como los enemigos del Gobierno. Es una táctica habitual de la comunicación política: negar, atacar y disuadir cualquier análisis. Sus gestores la practican cuando consideran que existe algún riesgo de incidencia en los resultados de los plebiscitos.
Negar, atacar y disuadir son los verbos preferidos a la hora de contrarrestar las conversaciones de la opinión pública sobre la calidad del ejercicio gubernamental. Dan origen a un nefasto encuadre sobre la identidad de los interlocutores más informados, distinguiéndolos como una “anormalidad” frente a la verdad oficial. Barbaros mentales, un peligro para la salud emocional, portadores de ideas llenas de lepra, cuya cura requiere del adoctrinamiento de la propaganda estatal, y por su intermedio descartar su amenaza a la sociedad, aunque esta sea solo una alucinación del poder político en el mando del Estado.
Con el anuncio de una nueva consulta popular, a efectuarse en el próximo diciembre, justo al final del segundo estiaje del año, el libreto de 2024 da señales de reactivación. Revive con la estigmatización a una duda periodística, a días de entrar en los meses críticos del estiaje, septiembre, octubre y noviembre, por la cíclica disminución de lluvias y, en consecuencia, de los caudales a las hidroeléctricas, especialmente en el Complejo Paute.
Así, cualquier inquietud sobre si el país está preparado para afrontar el próximo estiaje será sofocada, vilipendiada y satanizada por los guardianes de la verdad oficial, encarnados en ciertas vocerías del Gobierno azuzadas por un coro de rokolas digitales, cuyo único fin será intentar “normar” todo pronunciamiento fuera de los límites gubernamentales.
Para los ojos de estos custodios, evidenciar el impacto de la falta de lluvia en los caudales, analizar el cumplimiento de los anuncios sobre la contratación de nueva generación térmica o monitorear la estabilidad de las importaciones de electricidad desde Colombia, será un sacrilegio en contra de la próxima consulta popular. Por fortuna, como suelen decir, la historia ocurre primero como tragedia, después como comedia. Más allá de cualquier quimera del poder político, los hechos y el buen juicio tendrán la última palabra. Serán meses intensos para la opinión pública.
