viernes, agosto 7, 2026
Ideas
Gianna Benalcázar Manzano

Gianna Benalcázar Manzano

Fotoperiodista, apasionada por temas de derechos humanos, género y niñez.

El burnout a la ecuatoriana

Creo que estamos perdiendo el derecho a ser humanos. Los seres humanos se cansan, se asustan, se abruman. Necesitan detenerse. Y no debería dar vergüenza decirlo.

Esperaba a mi hijo mientras terminaba un entrenamiento deportivo. Alrededor habían padres revisando el celular, respondiendo correos, aprovechando esos minutos para adelantar trabajo. Otros simplemente miraban el vacío. Supongo que todos estábamos haciendo lo mismo: sosteniendo la vida como podíamos.

Entonces me preguntaron:

—¿Cómo estás?

No fue una pregunta solemne. Ni una conversación profunda. Fue una de esas frases automáticas que intercambiamos todos los días mientras esperamos el ascensor, hacemos fila en el banco o vemos a nuestros hijos salir de una clase.

Esta vez respondí distinto.

—Estoy cansada. No deprimida. No derrotada. No al borde del colapso. Solo cansada.

Cansada de este país donde la violencia dejó de sorprendernos y ya es parte de la rutina, cansada de escuchar que el desempleo sigue creciendo mientras miles de personas buscan oportunidades y, aún así, sienten que el esfuerzo ya no alcanza. Cansada de las desapariciones, las extorsiones, los asaltos, cansada de la viveza y de la gente que abusa, cansada de mirar a mi hijo y preguntarme, como lo hacen miles de padres: ¿qué Ecuador le tocará construir cuando sea adulto?

Mi respuesta duró menos de un minuto y automáticamente llegaron las soluciones. Una aplicación para meditar, un podcast inspirador, una terapeuta extraordinaria, una frase sobre resiliencia, un consejo para organizar mejor el  tiempo, yoga… Nadie hizo lo único que, en ese momento, necesitaba. Creerme que solo estaba cansada..

Me preguntaba muy angustiada:

—¿Será que la gente ya no se cansa? ¿Será que soy vaga? ¿Será que soy exagerada? ¡Ay no qué pesar!

Después que me pasó la crisis, entendí que el problema no era mi cansancio, era que ya no sabemos qué hacer cuando alguien responde con la verdad. Ahora, en las conversaciones que mantenemos, la respuesta correcta siempre es la misma:“todo bien”, pese a que todo esté mal.

Aunque esa angustia presione el pecho por lo incierto, “todo bien”. Aunque un padre de familia lleve meses entregando hojas de vida y cada entrevista laboral genere más incertidumbres que certezas, “todo bien”. Aunque un comerciante abra su negocio todos los días con la esperanza de vender lo suficiente para pagar los sueldos y a sus proveedores, sorteando el miedo a ser extorsionado, “todo bien”. Aunque un universitario estudie convencido de que el esfuerzo todavía abre puertas y aprenda ‘a la mala’ que en Quito también hay que cuidarse de ser escopolaminado, “todo bien”.

Es una frase tan pequeña que cabe en cualquier conversación y tan grande que consigue esconder casi cualquier tristeza.

Ecuador lleva demasiado tiempo aprendiendo a sobrevivir, nos acostumbramos a mirar el teléfono cada cinco minutos para confirmar que nuestros hijos llegaron bien, cambiamos de ruta camino a casa por miedo, cuando escuchamos una motocicleta detrás de nosotros giramos la cabeza por instinto, hacemos cuentas antes de llenar el carrito del supermercado, celebramos un empleo no porque nos haga felices, sino porque nos permite dormir un poco más tranquilos. Y, sin embargo, pareciera que lo único que no nos permitimos es admitir que todo eso cansa.

Se han preguntado:¿Por qué el cansancio perdió prestigio? Hoy admiramos a quien duerme cuatro horas, responde correos a la medianoche, tiene la agenda imposible y vive “a full”, como si el agotamiento fuera una medalla. Descansar, en cambio, empezó a verse casi como una falta de ambición. Si alguien decide pasar un fin de semana viendo películas sin sentido, cocinando algo rico y durmiendo hasta que el cuerpo despierte solo, siempre aparecerá alguien dispuesto a recordarle que debería aprovechar mejor el tiempo.

La hiperproductividad encontró una manera elegante de disfrazarse de virtud. Y nosotros la aplaudimos. Es irónico que una sociedad obsesionada con producir más, termine vendiéndonos aplicaciones para meditar, retiros de silencio, relojes que califican la calidad del sueño y cursos para aprender a descansar del estrés que ella misma produce. Hasta el descanso parece necesitar indicadores de rendimiento.

Quizá miro el mundo así porque llevo muchos años detrás de una cámara. Los fotógrafos terminamos desarrollando una obsesión por las escenas pequeñas. Aprendemos que las grandes historias casi nunca hacen ruido, se esconden en unas manos que aprietan una carpeta llena de hojas de vida; en una mujer que bosteza mientras ayuda a su hijo con los deberes; en un agricultor frente a una cosecha que no fue tan buena.

Es irónico que una sociedad obsesionada con producir más termine vendiéndonos aplicaciones para meditar, retiros de silencio, relojes que califican la calidad del sueño y cursos para aprender a descansar del estrés que ella misma produce.

Si tuviera que fotografiar el cansancio del Ecuador, no buscaría una imagen espectacular, buscaría esas escenas. El médico que termina un turno interminable, el policía que sale de casa sin saber si regresará, la profesora que intenta enseñar mientras también sostiene las angustias de sus estudiantes, el periodista que lleva años contando malas noticias sin encontrar la manera de acostumbrarse a ellas.

También puede cansarse quien gobierna un país. El cansancio es humano. Lo que no debería normalizarse es que un país entero termine agotado de sus gobernantes.

La Organización Mundial de la Salud terminó poniendo nombre a algo que millones de personas ya conocían de memoria, el agotamiento sostenido por el estrés tiene un nombre más chic: burnout. Según un estudio del National Institute of Health, en el mundo aproximadamente el 50% de los trabajadores experimentan agotamiento crónico o burnout. En América Latina las cifras son elevadas. Por ejemplo en Ecuador, el 78% de los empleados afirma sentir este desgaste y el problema se reporta en nueve de cada diez empresas.

Aunque, siendo honestos, en un país como el nuestro que padece un estrés colectivo, el cansancio rara vez nace únicamente del trabajo; aquí el 62.9% de la población no tiene un “empleo adecuado”. El  burnout a la ecuatoriana nace del miedo, de la incertidumbre, de la violencia y de esa obligación silenciosa de seguir funcionando cuando por dentro uno siente que ya no puede más.

Creo que estamos perdiendo el derecho a ser humanos. Los seres humanos se cansan, se asustan, se abruman. Necesitan detenerse. Y no debería dar vergüenza decirlo. Durante años nos convencieron de que todo dependía de nosotros, que con suficiente disciplina, actitud y  esfuerzo, cualquier meta era alcanzable. Nadie habló del precio. Todo parece depender exclusivamente de uno mismo; hasta el cansancio termina pareciendo culpa propia.

Es clarísimo que no podemos cambiar la violencia, la incertidumbre o el desempleo de un día para el otro. Pero creo que sí podríamos empezar por algo infinitamente más sencillo. La próxima vez que alguien responda “estoy cansado”, en lugar de buscar una receta para corregirlo, podríamos recurrir a ese pequeño acto humano: creerle.

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