Las libertades de expresión y de pensamiento son cruciales para configurar un ambiente plural donde el debate y los desacuerdos cohabiten sin temor. Lo más importante en un entorno de pluralismo no es coincidir sino conocer las diversas posiciones que subsistan en él. La escucha y lectura atentas pueden llevarnos a modificar posturas y a coincidir parcialmente con quienes discordamos. El interés central de permanecer y buscar el pluralismo se acerca más al objetivo de comprender una realidad, que al de tener razón y estar en lo cierto. Mantener esta apertura, además de librarnos de prejuicios y de desconfianzas, evita que nos ubiquemos en los extremos o en posturas de antagonismo. Nos aleja de la polarización y del dogmatismo creyente y conservador. Permite que nuestra mente y pensamiento se nutran de aire fresco y de renovación. A mi me parece saludable y muy interesante porque lo que ganamos siempre puede ser sorprendente.
La polarización, al contrario, nos lleva a la cerrazón y a empobrecer nuestras visiones de la realidad. Es menoscabadora por naturaleza. Nos captura y encadena a lo ya conocido y atasca nuestro entendimiento.
Sin embargo mantiene cierto atractivo pues suele evitarnos el conflicto, cobijados en el rebaño al que adherimos. Si nos sume en el facilismo, puede limitar nuestra capacidad de tomar decisiones; atraparnos en la comodidad e instalarnos en el conformismo, en la resignación, incluso en el aguante. Y, peor aún, en la animosidad, en la aversión y en el odio.
Creo que el pluralismo, tan denostado en ciertos espacios públicos, presenciales y virtuales, se nutre del miedo a no ser capaces de exponer argumentos. Soltar un improperio o una injuria no es suficiente frente a la pluralidad. Ser plural demanda un ejercicio de autoexigencia permanente.
Cada ocasión en que un periodista es acallado por cualquier razón, el pluralismo pierde y ganan el dogmatismo y el pensamiento único, siempre mutiladores y sin vuelo.
Es doloroso que Ecuador haya perdido en las últimas décadas tantos espacios de pluralismo en el periodismo. Hoy, el despido de Roberto Aguilar de diario Expreso daña más el debate nacional. Y lo vuelve aún más imperfecto. ¿Qué ganan quienes se sienten felices con esta supresión? ¿Y cuánto pierde un diario independiente al aceptar las presiones, atribuidas al gobierno y a sectores afines? ¿Están conscientes de cuán pírrica es esta supuesta victoria?
¿Acaso no demandamos los ecuatorianos dejar la polarización política y renunciar a mirar al Ecuador como un país de amigos y de enemigos? Podríamos comenzar por aceptar la pluralidad en el periodismo, abandonar la exigencia de que cada mensaje y opinión publicados concuerden exactamente con nuestras pequeñitas visiones. ¡Cuánto nos enriquecería y engrandecería!
