He de comenzar diciendo que soy quiteño y estoy orgulloso de ello. No solo porque Quito sea el primer patrimonio cultural reconocido por la UNESCO, sino porque es el núcleo de mi identidad.
Hace pocos días volví a Cuenca. Había pasado un lustro de mi última visita y encontré gratas sorpresas. Si bien Cuenca (y sus alrededores) ha sido siempre bella, cada vez que uno va es como si la volviera a conocer. No importa que se repitan lugares, museos o paseos. Existe un particular sentido de innovación, donde se combinan lo pre-incásico, incásico, colonial, republicano y lo posmoderno, siempre con novedades: restaurantes, cafés, museos, hostales, tiendas de artesanías, para todos los bolsillos.
Así, por ejemplo, las casas patrimoniales de la plaza central han sido revitalizadas con esmero, fusionando restauraciones meticulosas con una congruente oferta culinaria y cultural.
Y no solo eso. La plaza del antiguo Seminario San Luis, que es una suerte de patio trasero de la Catedral, es el culmen de la experiencia en Cuenca. Este espacio, que terminó siendo hace algunos años una bodega de la Universidad Católica, renació de las cenizas. Un incendio lo dejó en ruinas y desde el desastre surgió el lugar desde el que se pueden tomar las mejores postales de la Catedral. De no ser porque uno sabe que está en Ecuador en 2024, da la sensación de encontrarse en una abadía medieval, vedada a los comunes. El resultado en esta plaza es un buen ejemplo del trabajo coordinado entre los sectores público, privado, academia y la Iglesia; una verdadera utopía en el país del todos contra todos.
Además, la gente es amable y cálida, dos características cada vez menos frecuentes en la ex “isla de paz”. Todo ello demuestra que Cuenca se ha convertido, de lejos, en la ciudad más preparada del país para recibir turismo. Visitarla resulta un respiro del Ecuador del “conflicto armado interno”, de la “guerra contra el narcotráfico”. Ojalá y se mantenga así. No en vano Cuenca figura en los catálogos de empresas transnacionales que ofrecen los mejores destinos para retirados de los países más ricos del mundo. La experiencia de Cuenca puede resumirse en el espontáneo comentario de mi hija: “Papá, si no podemos ir de paseo a otro país, deberíamos venir a Cuenca”…
De aquí se derivan varias reflexiones. ¿Qué hace a Cuenca tan especial? ¿Por qué Quito (y otras ciudades) no ha podido hacer lo propio? Iniciativas no han faltado. Pero, ciertamente, no hay parangón. ¿Es cuestión solamente de las autoridades? La respuesta fácil sería decir que sí, echar la culpa a los alcaldes y sentenciar que los de Cuenca han sido mejores. Pero no es tan sencillo.
Evidentemente deben existir ordenanzas municipales que han facilitado este desarrollo y para ello habrá sido necesario un liderazgo apropiado. Sin embargo, la ciudad no la hacen los/as alcaldes. Las ciudades son territorios con identidad y esa la hacen sus pobladores, tanto los sectores populares como las élites, en el tiempo y el espacio. Allí radica la diferencia. El cuencano tiene una identidad que va más allá de su singular acento al hablar. Algo muy visible es su sentido de dignidad, de autoestima, que se refleja también en cómo se construyen los espacios. Es evidente que cuando crean algo lo quieren hacer bien; no solo estético, sino que se distinga. Harto que aprender para el resto del país…
Entre tanto, queda claro que Cuenca es hoy, sin ambages, el referente turístico (y cultural) del Ecuador.
