sábado, octubre 17, 2026

La comida no se bota, se vota

La comida es política porque define quién vive bien y quién no. Es territorial porque depende de la tierra, del agua, del clima, de la semilla. Es cultural porque cada plato es una memoria. Es ética porque revela cómo cuidamos —o descuidamos— la vida.

Por: Anamaría Varea

Sin comer morimos. Comer es un acto vital que realizamos a diario. Sin embargo, es asombroso que en pleno siglo XXI la comida no sea un derecho garantizado y que esta se haya convertido en un termómetro de la desigualdad global. Lo que come una persona revela la estructura de su territorio, su economía, su tiempo disponible, su cultura y su acceso al bienestar.

A pesar de que la humanidad produce suficiente alimento para todas las personas del planeta, millones de personas pasan hambre y miles de millones no pueden cubrir una dieta saludable. Según datos de la FAO, 645 millones de personas siguen padeciendo hambre en el mundo; 2 690 millones de personas —una de cada tres— no pueden costear una dieta saludable; 32% de los alimentos del planeta se pierden o desperdician: 13% se pierde después de la cosecha y19% se desperdicia en venta al por menor y consumo.[1] Incluso, en lo que los economistas llaman el mercado de futuros, se comercializan alimentos que aún no han sido sembrados, siendo objeto de presiones especulativas.

Esta paradoja es el resultado de la expansión del extractivismo, de los sistemas alimentarios dominados por la especulación financiera, el aumento de ultraprocesados, la pérdida de agrobiodiversidad y la crisis climática.

La comida, este gesto íntimo y cotidiano, se ha vuelto un espejo de la crisis civilizatoria. El informe de algunas agencias de NNUU, muestra un panorama desconcertante:[2]

  • El hambre no ha mostrado recuperación sostenida desde el aumento registrado entre 2019 y 2021.
  • Aunque hubo una leve mejora entre 2020 y 2022, miles de millones aún no pueden costear una dieta saludable.
  • La malnutrición infantil sigue siendo crítica: el mundo no cumplirá ninguna de las siete metas de nutrición para 2030.
  • Los mayores incrementos del hambre se registran en países afectados por conflictos, crisis económicas y eventos climáticos extremos. La comida es la primera víctima de la guerra y del clima.
  • América Latina y el Caribe es la única región donde la inseguridad alimentaria disminuyó de manera considerable entre 2022 y 2023. Un respiro regional en medio de un escenario global adverso.

Es importante resaltar que no se trata de estadísticas si no de vidas. Cuerpos que no reciben lo que necesitan para crecer, aprender, trabajar y soñar.

A pesar de que Ecuador es un territorio privilegiado en biodiversidad, esa riqueza no siempre se traduce en bienestar alimentario. La comida fresca, diversa y nutritiva existe, pero no llega a todas las mesas. El informe mencionado no detalla cifras por país, Ecuador dentro del mapa alimentario de América Latina se ubica en las tendencias regionales:

  • Ecuador forma parte de una tendencia positiva, la inseguridad alimentaria disminuyó en la región entre 2022 y 2023, sin embargo, esta mejora no es homogénea: las brechas urbano-rurales persisten.
  • La agrobiodiversidad del país está en riesgo por la expansión de monocultivos, pérdida de semillas nativas y dependencia de importaciones que afectan la soberanía alimentaria.
  • El acceso a una dieta saludable mejoró entre 2020 y 2022, pero sigue siendo limitado para miles de familias que dependen de alimentos baratos y ultraprocesados.
  • La nutrición infantil muestra avances, aunque la anemia y la falta de diversidad alimentaria continúan afectando a los hogares más vulnerables.

Comer como acto político

En este contexto en América Latina y el mundo, cada día se botan toneladas de comida. Duele conocer que en una región donde millones de personas no pueden costear una dieta saludable, donde la desnutrición infantil persiste y donde la crisis climática golpea los sistemas agrícolas, la pérdida y el desperdicio de alimentos es una herida abierta.

Según estimaciones de FAO y el Programa Mundial de Alimentos, América Latina y el Caribe pierde o desperdicia alrededor del 12 % de todos los alimentos producidos. Esto significa millones de toneladas que nunca llegan a un plato.

Las causas son múltiples: fallas en la cadena de frío, transporte ineficiente, infraestructura agrícola insuficiente, pérdidas poscosecha, desperdicio en hogares y comercios y un sistema alimentario que prioriza la rentabilidad sobre el acceso, a lo que se suma la perversa lógica de mercado: se sacrifican millones de gallinas ponedoras para equilibrar la oferta y la demana con el fin de hacer subir los precios de los huevos, para poner un ejemplo de la vida real. [3]

La paradoja es brutal: la región que podría alimentar al mundo también bota comida mientras millones no comen bien.

En el país, la expansión de ultraprocesados, la publicidad agresiva, la precarización laboral y la pérdida de sistemas alimentarios locales están transformando nuestra relación con la comida.

En Ecuador se estima que entre el 25 % y el 30 % de los alimentos se pierden o desperdician en diferentes etapas de la cadena; suficientes para alimentar unos dos millones de personas. Esto incluye frutas, verduras, tubérculos, granos y productos frescos que se dañan antes de llegar al mercado o que se botan en los hogares.

En el país, la expansión de ultraprocesados, la publicidad agresiva, la precarización laboral y la pérdida de sistemas alimentarios locales —provocada por semillas transgénicas o semillas editadas genéticamente, amenaza que se cierne sobre el arroz— están transformando la relación con la comida. El buen vivir alimentario —se que nace del territorio, de la diversidad, de la cocina comunitaria, de la memoria— se ve amenazado por un modelo que privilegia el extractivismo, la velocidad y la rentabilidad sobre la salud y la cultura.

La comida es política porque define quién vive bien y quién no. Es territorial porque depende de la tierra, del agua, del clima, de la semilla. Es cultural porque cada plato es una memoria. Es ética porque revela cómo cuidamos —o descuidamos— la vida. Es una elección democrática en la medida en que elegimos  dónde y a quién comprar: pequeños productores locales, mercados de campesinos y campesinas frente a grandes cadenas industriales y comerciales; en suma, decidimos qué modelo de negocio o cadena de valor recibe nuestro dinero. Comer implica una responsabilidad colectiva que va desde la tierra a la mesa.

El 16 de octubre es el Día Mundial de la Alimentación, pensemos que cada tomate que se pudre en una caja, cada racimo de plátano que no llega a la ciudad, cada funda de comida que se bota en un hogar, es también una señal de cómo funciona —o no funciona— el país.

Vota por comer sano y saludable

A las puertas de las elecciones para los gobiernos autónomos descentralizados (GADs) es importante votar a conciencia y garantizar el derecho a una alimentación adecuada.  Vota por un/a candidato/a responsable que considere: fortalecer sistemas alimentarios locales; proteger semillas nativas y prácticas agrícolas sostenibles; regular la industria de ultraprocesados; asegurar ingresos dignos; promover educación nutricional y defender los territorios que producen la comida.

En las próximas elecciones para los GAD, es importante que las autoridades consideren decisiones cruciales en relación con: el uso del suelo, la protección de fuentes de agua, la infraestructura agrícola, los mercados locales, la soberanía alimentaria, la gestión de residuos y la adaptación climática.

La clave de la soberanía alimentaria es garantizar el derecho de los pueblos a producir su comida en su territorio y a consumir comida sana producida de modo sustentable y en condiciones de trabajo dignas.

Pongamos las cosas sobre la mesa y dejemos de comer cuento: en un país donde se pierde comida en cada eslabón de la cadena, también se pierden oportunidades cuando el voto se entrega sin conciencia territorial.

El Día Mundial de la Alimentación nos recuerda que la democracia empieza en la cocina, en esa olla donde se mezclan agua, tierra, semillas, trabajo y futuro. Y la cocina empieza en el territorio: en las cuencas que dan agua, en los suelos que sostienen la vida, en los mercados donde circula la comida, en las decisiones locales que pueden reducir pérdidas, en el poder adquisitivo de la gente. Por todo eso, debemos fortalecer sistemas alimentarios adecuados, que garanticen que lo que se produce llegue a la mesa de todas y todos. Es decir, en clave de soberanía alimentaria, garantizando el derecho de los pueblos a producir su comida en su territorio y a consumir comida sana producida sustentablemente y en condiciones de trabajo dignas.

A fines de noviembre, Ecuador elegirá a sus GADs. Pero, en el fondo, también elegirá qué país quiere alimentar: uno que desperdicia su abundancia, o uno que cuida su territorio como la primera receta democrática.

Porque cada voto es, también, una decisión sobre la comida que tendremos mañana. Y cada plato servido es una señal del país que estamos construyendo hoy.

Cuando vayas a dar tu voto ten en cuenta que el buen vivir empieza en la mesa. Y la mesa empieza en el territorio. En tiempos de crisis civilizatoria, comer bien es un acto de resistencia. Es afirmar que la vida —toda la vida— merece cuidado. Ten en cuenta que, así como se pierde comida, también se pierde la oportunidad de decidir sobre ella. Este noviembre, cada voto es un ingrediente estratégico: decide cómo se gestiona el territorio y qué país queremos alimentar.

Quito, 15 de octubre 2025

[1] https://openknowledge.fao.org/server/api/core/bitstreams/8c1aa9ac-6899-4c0b-b46a-3666f9f3b3bf/content

[2] FAO, FIDA, OMS, PMA & UNICEF. (2024). El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2024: Transformar los sistemas alimentarios para que sean más eficientes, inclusivos, resilientes y sostenibles. Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura.

[3] https://www.expreso.ec/actualidad/economia/el-sector-avicola-sacrifica-2-millones-de-gallinas-ponedoras-271902.html

Anamaría Varea

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