En política internacional, los países no tienen amigos permanentes, tienen intereses que defender. Lo que está ocurriendo entre Estados Unidos, Rusia y Ucrania debería ser una advertencia para América Latina, especialmente ahora que varios gobiernos consideran al denominado Escudo de las Américas como una oportunidad para fortalecer la lucha contra el crimen organizado transnacional.
Durante años, Ucrania recibió respaldo militar, económico y político de Washington para enfrentar la invasión rusa. Sin embargo, los cambios en la política estadounidense y los acercamientos diplomáticos con Moscú han generado incertidumbre sobre la continuidad y las condiciones de ese apoyo. Esto no significa que Estados Unidos se haya convertido en aliado de Rusia, pero demuestra que sus prioridades pueden modificarse, incluso cuando esas decisiones afectan a sus socios.
Europa comienza a reconocer esta realidad. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), pese a sus compromisos de defensa colectiva enfrenta interrogantes sobre el futuro del respaldo estadounidense. La lección es clara: ningún país debería construir su seguridad sobre la suposición de que la ayuda de una potencia será permanente.
América Latina tiene razones para prestar atención. El Escudo de las Américas puede contribuir a enfrentar organizaciones criminales que operan a través de fronteras, puertos, sistemas financieros y redes de corrupción. Pero sería ingenuo pensar que Washington promueve esta cooperación exclusivamente para proteger a nuestros países. También busca defender sus fronteras, reducir el tráfico de drogas hacia su territorio y preservar su influencia estratégica en el continente.
Mientras los intereses estadounidenses coincidan con los nuestros, la cooperación será beneficiosa. El verdadero problema aparecerá cuando dejen de coincidir.
Colombia ofrece un ejemplo concreto. En septiembre de 2025, Estados Unidos decidió descertificar al país por considerar insuficientes sus esfuerzos contra el narcotráfico, decisión que mantuvo en 2026. Lo más revelador es que, pese a esa evaluación negativa Washington autorizó la continuidad de la asistencia porque la consideró importante para sus propios intereses nacionales.
Este antecedente demuestra que Estados Unidos puede cuestionar a un aliado histórico, ejercer presión política y mantener únicamente la cooperación que considera conveniente. La descertificación no significó una ruptura de relaciones ni la suspensión automática de toda la ayuda, pero evidenció que las condiciones del respaldo pueden modificarse unilateralmente.
Si esto ocurre con Colombia, después de décadas de cooperación antidrogas, ¿qué garantías tienen los demás países de que el Escudo de las Américas mantendrá sus compromisos cuando cambien las prioridades de Washington?
Para Ecuador, esta reflexión resulta especialmente importante. Necesitamos cooperación internacional para fortalecer la inteligencia, la vigilancia marítima, el control fronterizo y la investigación financiera. Pero depender de tecnología, información y recursos extranjeros para enfrentar nuestras amenazas puede convertirse en una grave vulnerabilidad estratégica.
¿Qué sucedería si mañana Estados Unidos reduce su cooperación, limita el intercambio de inteligencia o concentra sus recursos militares en otro escenario internacional? ¿Estaríamos preparados para continuar las operaciones con nuestras propias capacidades?
Por eso considero indispensable que Ecuador, Colombia y Perú desarrollen un sistema permanente de inteligencia multidominio, cooperación judicial y operaciones coordinadas contra el crimen organizado transnacional. Estados Unidos debe ser un socio estratégico de este esfuerzo, pero no el único que determine su continuidad.
La cooperación internacional debe servir para fortalecer nuestras instituciones, desarrollar capacidades propias y garantizar que las decisiones sobre seguridad permanezcan en manos de nuestros Estados.
La experiencia de Ucrania demuestra los riesgos de depender del respaldo de una potencia. La descertificación de Colombia confirma que Washington puede condicionar su cooperación incluso con aliados históricos. Son situaciones diferentes, pero ambas revelan que los intereses nacionales estadounidenses prevalecen en sus decisiones de política exterior.
No se trata de rechazar el Escudo de las Américas, sino de aprovecharlo sin comprometer nuestra autonomía estratégica.
Estados Unidos seguirá defendiendo sus intereses. La pregunta es si los gobiernos latinoamericanos están defendiendo los suyos con la misma determinación.
Porque el mayor riesgo para América Latina no es que Washington cambie sus prioridades. El verdadero peligro es descubrir, cuando eso ocurra, que nuestra seguridad dependía de decisiones que nunca estuvieron en nuestras manos.
