Lo que a continuación voy a narrar no es sobre un simple berrinche semántico: es el diagnóstico de una patología política que consiste en gobernar sobre las palabras para no gobernar sobre los hechos. Y en Ecuador, con Daniel Noboa, esa patología ya tiene categoría de método.
Empecemos por el núcleo de la ironía. Un presidente que se precia de pragmático, de técnico, de hombre de datos, decreta verbalmente que «ninguna familia ecuatoriana va a tener algún corte de luz». Lo hace en la radio de su propiedad, con el tono del que cierra un balance trimestral. Días después, CNEL no anuncia cortes: anuncia «horarios de mantenimiento». Y la prensa, con esa sumisión algorítmica a la fuente oficial, repite el significante hueco: «mantenimiento de contingencia», «corrección de anomalías térmicas», «lavado de subestaciones» previniendo la severidad del fenómeno del Niño. La realidad material, esa que no lee decretos verbales, es que a las 03:00 de la mañana un barrio entero se queda a oscuras. Pero no es un apagón: es solo mantenimiento preventivo. No es una falla de planificación previa: es una contingencia. El lenguaje no describe la realidad; la maquilla.
¿Por qué el eufemismo? No es solo cobardía comunicacional. Es una arquitectura de responsabilidad difusa. Si el presidente dijo «no habrá cortes», y los cortes ocurren, alguien tiene que pagar el costo político. Ese alguien no puede ser el presidente. Entonces se desplaza la culpa al significante: no son cortes, son mantenimientos; no es desabastecimiento, es «gestión de demanda»; no es racionamiento, es «período de déficit» con «desconexión programada». La lingüística se convierte en escudo penal. Nadie es responsable de un apagón que, oficialmente, nunca existió.
Y hay un detalle que eleva la mordacidad a niveles casi teatrales, a opereta bufa: el propio Noboa, en su cruzada contra el «correísmo», ha terminado usando el mismo repertorio: «Los sufridores de siempre», «los odiadores». Es el viejo truco de construir un enemigo interno que sufre por ideología, no por incompetencia. Si te quedas sin luz, no es porque el sistema eléctrico esté al borde del colapso por falta de inversión sostenida, por corrupción (PROGEN, ATM), por abandono y omisiones en el sector desde hace tres años, por lo menos; es porque tú, ciudadano de a pie, lo sueñas con malicia. La privación material se psicologiza: no es un fallo de gestión, es un deseo perverso del que sufre, del que odia. Eso no es solo eufemismo; es gaslighting de aparato estatal.
Ahora, la parte más incómoda. Los datos fríos, esos que no admiten eufemismo, dicen que la demanda no cubierta ronda los 1.391 MW, que Mazar está en niveles críticos, que se raciona a la industria hasta 72 horas semanales, que 9.089 clientes de alto y mediano voltaje están desconectados por una semana, que una universidad como la ESPOL pasó a clases virtuales porque CNEL la clasificó como «gran consumidora».
El Gobierno sostiene que los hogares están a salvo. Pero la frontera entre «industria» y «hogar» es porosa: el empleado de la fábrica que no trabaja, el estudiante que no tiene clase presencial, el comercio que no vende porque el centro comercial abrió tarde. Todos ellos son «familias ecuatorianas» que, técnicamente, no sufrieron un corte en su domicilio. Técnicamente. Y ahí está el triunfo pírrico del eufemismo: la estadística queda limpia, la experiencia queda rota.
El colofón irónico es la popularidad del presidente como mayor activo del gobierno. «supuestamente es el octavo mandatario más popular de América con 47,4%».
En este sentido la anécdota importa menos que el mecanismo. Un presidente con supuestamente la mitad de aprobación puede permitirse el lujo de mentir verbalmente sobre la luz porque su base no le exige coherencia empírica; le exige beligerancia simbólica. El eufemismo no es un defecto de comunicación: es el lubricante de una democracia que ya no debate sobre resultados, sino sobre relatos. Y mientras el relato funcione, el país puede apagarse por partes que nadie irá a la cárcel por ello.
En suma: la sustitución de «corte» por «mantenimiento» no es un error de redacción. Es la confesión implícita de que la verdad, en esta democracia, ya no se mide en vatios, sino en sílabas. Y eso, más que un apagón, es un cortocircuito institucional.
