Alteran anuncios, se oponen a los centros de datos, organizan protestas y manifestaciones, y mapean los sistemas de lectura de matrículas. En San Francisco, una resistencia frente a la amenaza tecnológica ha salido a las calles. En mayo de 2025, empezaron a aparecer unos folletos rojos con un mensaje inequívoco: “detengan a la IA”. Pegados en las luminarias, anunciaban las convocatorias de reuniones y protestas frente a la sede de Open AI, el gran conglomerado tecnológico.
En un momento en que el entusiasmo por un “futuro brillante de enorme prosperidad” —por usar las palabras de Sam Altman, el CEO de la start up— se aceleraba rápidamente en la mismísima cuna de la inteligencia artificial cuando un grupo anónimo de activistas planteó un mensaje diametralmente opuesto: detengan la IA. Lo hicieron recurriendo a una de las formas de comunicación más antiguas y analógicas: el folleto. “Queremos un mundo que anteponga la humanidad a las máquinas, y el cuidado de la comunidad al beneficio económico”.
Aunque el coro de entusiastas seguía siendo predominante, empezaron a surgir voces disidentes. La promesa de un futuro definido por la prosperidad y el bienestar chocaba, de hecho, con una realidad distinta: la pérdida de decenas de miles de empleos en el sector tecnológico (30.000, según el San Francisco Chronicle, entre 2022 y 2026).
Y, sin embargo, encerrados en su propia burbuja, los actores del sector parecían ajenos a la realidad. “Dejen de contratar humanos” —eslogan elegido por la corporación Artisan— se exhibía de forma destacada en una valla publicitaria a lo largo de la autopista 101. No se trataba de un caso aislado: para abril de 2026, cerca del 50 % de todas las vallas publicitarias de la ciudad anunciaban productos, plataformas o infraestructuras de inteligencia artificial.
Esta ofensiva publicitaria terminó por generar malestar, avivando una reacción de ira y sarcasmo que se manifestó en lemas satíricos y grafitis garabateados sobre los propios anuncios: “San Francisco odia las vallas publicitarias de IA”, “Al menos los millonarios de la vieja escuela eran filántropos” y “Que se jodan las vallas publicitarias de IA”.
Tristan Harris, fundador del Center for Humane Technology, sostiene que la carrera desenfrenada hacia la IA nos empuja a un futuro contrario a los intereses humanos: “necesitamos una resistencia colectiva en la que la humanidad se alce contra esta incursión tecnológica sin regulación”.
Un comentario especialmente mordaz decía: “La IA hace los deberes de tu hija. Le lee cuentos antes de dormir. La corteja. Crea un ‘deepfake’ de ella. No te preocupes: es totalmente legal”. El mensaje dio en el clavo; un año después, Artisan sustituyó el “Dejen de contratar humanos” por un lema más tranquilizador —aunque, a esas alturas, probablemente ineficaz—: “Sé más humano”.
Mientras tanto, la oposición cobraba fuerza. En la primavera de 2026, el grupo “Detengan la carrera de la IA” se sumó a la contienda; el 11 de julio organizaron una marcha de 400 personas frente a las oficinas de OpenAI, Anthropic y Google DeepMind, y el 22 de julio ocuparon la sede de OpenAI en San Francisco.
Su exigencia a los directores ejecutivos de estas empresas era clara: comprometerse a una pausa coordinada en el desarrollo de los modelos más avanzados y establecer regulaciones para el sector. Esta preocupación se intensificó aún más en septiembre, a raíz de las declaraciones de Jacob Coxon, ex investigador de Anthropic, sobre la posibilidad de que la inteligencia artificial pudiera acabar con la humanidad antes de que terminara la década, y tras el reconocimiento por parte de OpenAI de varios incidentes desestabilizadores en los que agentes de IA se habían descontrolado.
La seguridad, la regulación y el establecimiento de un organismo de supervisión independiente son soluciones que Tristan Harris, fundador del Center for Humane Technology, defiende por mucho tiempo. Él sostiene que la carrera desenfrenada hacia la inteligencia artificial nos empuja hacia un futuro contrario a los intereses humanos: “necesitamos un movimiento civil global, una resistencia colectiva en la que la humanidad se alce contra esta incursión tecnológica sin regulación”, afirma.
Esta resistencia colectiva va tomando forma, especialmente a través de la oposición a la proliferación de centros de datos en diversas partes de EE. UU. Estos proyectos suelen presentarse con promesas de nuevos empleos y un impacto económico positivo. La construcción de estas enormes instalaciones avanza a gran velocidad, a menudo sin mecanismos de supervisión adecuados ni la transparencia suficiente, según denuncian residentes de las zonas afectadas.
Según Data Center Watch, entre 2024 y marzo de 2025 existían 142 grupos activos en contra de los centros de datos en 24 estados. A inicios de 2026, esa cifra llegó a 833 grupos repartidos por 49 Estados.
En la llamada Data Center Alley” (el “callejón de los centros de datos”) del norte de Virginia —el mayor centro de este tipo en EE. UU.—, este descontento dio lugar a un movimiento de tipo “no en mi patio trasero” (NIMBY –not in my backyard– por sus siglas en inglés), que ha evolucionado hasta convertirse en la Virginia Data Center Reform Coalition. Esta coalición, que agrupa a más de 50 organizaciones, exige transparencia, supervisión a nivel estatal, protección para los usuarios de servicios públicos y una reforma de los incentivos fiscales.
La reconocida defensora del consumidor y activista ambiental, Erin Brockovich (que motivó hace algunos años una película sobre la histórica demanda en 1993 contra la compañía Pacific Gas and Electric Company -PG&E) de California), contribuyó a atraer la atención nacional sobre esta causa al lanzar un mapa (BrockovichDataCenter.com) que recopila denuncias ciudadanas. La propia Brockovich no se opone a la inteligencia artificial, sino a su falta de transparencia.
El daño al medio ambiente
Desde Georgia hasta Texas y desde California hasta Virginia las comunidades se están organizando alrededor de preocupaciones comunes sobre estas granjas de servidores: la contaminación acústica y del agua, el elevado consumo energético, el aumento de las facturas de servicios públicos, el uso indiscriminado del suelo y los recursos naturales, y la instalación no autorizada de generadores diésel.
Según Data Center Watch, entre 2024 y marzo de 2025 existían 142 grupos activos en contra de los centros de datos en 24 estados. A inicios de 2026, esa cifra llegó a 833 grupos repartidos por 49 Estados. Con el tiempo, se formó un movimiento de protesta de amplio espectro que integraba a diversos colectivos: la organización conservadora Humans First -que, el 18 de julio, coordinó 142 manifestaciones en 42 estados- y la coalición progresista Stop Data Centers Coalition, una alianza nacional de base formada en junio de 2026.
También participan el grupo climático juvenil Sunrise Movement y los activistas de GenZ for Change, quienes, a través de su iniciativa «Eyes on AI», trabajan para crear conciencia sobre los riesgos que plantean la inteligencia artificial y la vigilancia masiva. Aunque tienen perspectivas y sensibilidades distintas, comparten objetivos comunes.
En los últimos meses, ha crecido la resistencia, concretamente en torno a cuestiones como la vigilancia masiva y la privacidad. El movimiento “De-Flock” -dirigido contra la empresa emergente Flock Safety- se ha extendido rápidamente, oponiéndose a la proliferación de sistemas automatizados de reconocimiento de matrículas, presentes ya en miles de comunidades estadounidenses (más de 114 000 unidades repartidas en 2344 ciudades de 49 estados).
El alcance de esta expansión fue descubierto por el ingeniero informático y activista por la privacidad Will Freeman durante un viaje por carretera desde el estado de Washington hasta Alabama. Esto dio lugar, en octubre de 2024, al lanzamiento de una plataforma colaborativa (deflock.org) diseñada para mapear las cámaras de Flock y sacar a la luz una red de vigilancia, cuya existencia muchos ciudadanos desconocían.
La resistencia social a la IA en EE. UU. no nace de un rechazo irracional a la tecnología, sino de una respuesta pragmática ante sus consecuencias tangibles en la vida cotidiana.
Con el tiempo, esta iniciativa evolucionó hasta convertirse en una herramienta de movilización a escala nacional, elevando la protesta al terreno político: según los datos de DeFlock, 47 jurisdicciones han cancelado sus contratos, 25 han rechazado nuevas propuestas y 22 han desactivado sus cámaras. Lo que surge es una demanda generalizada de una tecnología más “humana”, una tecnología que sirva a los ciudadanos y respete sus derechos.
El mensaje es claro y llegó al centro del debate político, especialmente ante las elecciones de medio término. Entretanto, y de forma inesperada, algunos altos ejecutivos -con mucha ambigüedad- están pidiendo que se frene esta carrera tecnológica. Si bien el horizonte temporal sigue siendo incierto, el clima actual podría favorecer un cambio de rumbo. Pero algo quedó claro: la resistencia humana frente a la inteligencia artificial solo está comenzando.
Esta resistencia social refleja un importante contraste ético y económico. Mientras que Silicon Valley y el gobierno federal promueven el desarrollo de la IA como un motor de crecimiento y una prioridad de seguridad nacional para competir con potencias globales, buena parte de la ciudadanía observa este avance con marcado escepticismo e inquietud.
El desenchufar cultural
La resistencia social a la IA en EE. UU. no nace de un rechazo irracional a la tecnología, sino de una respuesta pragmática ante sus consecuencias tangibles en la vida cotidiana. A diferencia de revoluciones tecnológicas anteriores —que prometían automatizar tareas pesadas para liberar el tiempo humano—, la IA generativa irrumpió en el corazón del trabajo creativo, intelectual y administrativo.
Esta inquietud se articula en dos frentes: la ansiedad laboral y la pérdida de propósito. Diversas encuestas indican que una amplia mayoría de la población estadounidense teme que la IA destruya más empleos de los que pueda crear. La preocupación no radica solo en la estabilidad financiera, sino en la pérdida del significado y el valor del trabajo humano frente a algoritmos optimizados para la productividad económica.
La expansión acelerada de gigantescos centros de datos para entrenar modelos de IA comienza a generar tensiones locales. El consumo intensivo de agua para refrigeración y la presión sobre las redes eléctricas locales convirtieron a la infraestructura de la IA en motivo de debate ecológico e industrial en varias regiones.
Existe un escepticismo generalizado, tanto hacia la capacidad del gobierno para regular estas tecnologías a tiempo como hacia la responsabilidad con la que las grandes corporaciones manejan la privacidad y la desinformación. La percepción de que los beneficios económicos de la IA se concentran en pocas empresas tecnológicas, mientras los riesgos los asume la sociedad, alimenta un distanciamiento ciudadano.
La postura crítica de parte del pueblo estadounidense subraya la necesidad de recalibrar el desarrollo tecnológico. Para que la inteligencia artificial mantenga su legitimidad, la innovación técnica deberá ir acompañada de salvaguardas laborales, sostenibilidad ambiental y una distribución más justa de los beneficios que genera.
La administración Trump ha rechazado propuestas de la ONU y foros multilaterales para crear marcos globales normativos sobre IA, argumentando que la regulación burocrática sofoca la innovación y atenta contra la libertad de expresión.
El debate empieza
El debate en torno a la inteligencia artificial (IA) en EE. UU. ha tomado un rumbo de gran importancia geopolítica y económica. Más que oponerse al desarrollo tecnológico de la IA, la posición estratégica del país refleja una firme resistencia frente a cualquier intento de gobernanza internacional o burocratización global de esta tecnología.
La administración estadounidense ha rechazado propuestas de la ONU y foros multilaterales para crear marcos globales normativos sobre IA, argumentando que la regulación burocrática sofoca la innovación y atenta contra la libertad de expresión. La postura oficial trata a la IA como un activo estratégico crítico. La prioridad radica en garantizar que EE. UU. mantenga el liderazgo tecnológico global frente a potencias rivales como China.
Se han implementado controles estrictos y restricciones en el acceso extranjero a los modelos de IA más avanzados por razones de ciberseguridad y soberanía tecnológica. En medio de un creciente escepticismo social, a nivel local, mientras el gobierno y las tecnológicas impulsan la infraestructura de centros de datos y cómputo, aumentan las preocupaciones ciudadanas sobre el impacto laboral, el consumo energético y la ciberseguridad.
El enfoque estadounidense busca equilibrar un crecimiento agresivo del sector tecnológico interno con la protección de sus intereses nacionales. Al considerar que la democratización acelerada y el libre mercado interno son las mejores vías para el desarrollo, Washington defiende que la verdadera innovación surge sin las trabas de la supervisión global centralizada. Sin embargo, quedan persisten las dudas sobre el papel del gobierno frente al crecimiento de las IA.
