El viejo Ecuador es tozudo: se regenera periódicamente, como el kikuyo. Ahora nos aprestamos a consumir, por enésima vez, la misma pócima milagrosa que nos promete el paraíso, pero que nunca logra sacarnos del infierno. Y que, en síntesis, solo sirve para refrendar los poderes de turno.
La consulta popular anunciada por el gobierno para fin de año no solo repite la vieja fórmula demagógica del caramelo envenenado, sino que incluye preguntas que son un abierto retroceso político, jurídico y hasta conceptual. Someter a los jueces constitucionales a un eventual juicio político por parte de la Asamblea Nacional es lo mismo que un equipo de fútbol seleccione al árbitro de su preferencia. La medida rompe el principio de la supremacía de la Constitución.
Salvo contadas excepciones, los órganos de control constitucional en el país no han brillado por su transparencia ni por sus virtudes éticas e intelectuales. Basta recordar a la corte cervecera para evidenciar el sótano moral al que puede llegar una Corte Constitucional. Pero eso no justifica que se pretenda dinamitarla sometiéndola al control legislativo. Las asambleas nacionales, congresos o parlamentos también han sido un dechado de promiscuidad, ignorancia y mediocridad, pero a nadie se le ocurre eliminarlos de la estructura del Estado. Ambas instituciones son el producto de una sociedad que, por obvias razones, no puede producir funcionarios inmaculados, perfectos y excepcionales.
Ahora bien: mientras la pregunta sobre el enjuiciamiento político a los jueces constitucionales adolece de una grosera improvisación, las demás preguntas son una fanesca de repeticiones y ganchos. Entre estos últimos, el más interesante y seductor es, sin lugar a duda, la eliminación del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS). No solo porque implica una necesidad democrática imperiosa, sino porque su descarte responde a una sentida aspiración ciudadana. La descomposición de ese organismo, desde sus inicios, se ha convertido en una vergüenza nacional.
Sin embargo, este caramelo no es suficiente para disimular la ponzoña. Como siempre, las consultas populares convocadas desde las autoridades solo sirven para anular los debates de fondo. Aquellos debates que, desafortunadamente, solo le preocupan a una reducida porción de la población. La gran mayoría se encandilará con la propaganda oficial.
Lo que realmente está en juego no son simples modificaciones constitucionales cosméticas, sino una lógica de poder autoritaria. El gobierno de Daniel Noboa busca quitarse de en medio todo aquello que puede hacerle bulla en su itinerario de dominación. Nada más. Porque en la práctica ha aplicado con éxito las consabidas estrategias de sometimiento social e institucional de cualquier proyecto político antidemocrático.
Hoy solo requiere asegurar el empaque, las formas, las apariencias. Habemus referéndum: el humo blanco augura tiempos oscuros.
Agosto 4, 2025
