La telenovela que se está desarrollando en la política de los Estados Unidos no le pide ningún favor al más lacrimoso culebrón de la política latinoamericana. Desde la toma del Capitolio, en aquel fatídico 6 de enero de 2021, ese país ha experimentado una secuela de episodios dignos de una serie de Netflix. Las permanentes meteduras de pata, equivocaciones, deslices, despistes y desatinos del actual presidente Biden, cada vez más frecuentes y reiterados, culminaron con una patética presentación en el primer debate presidencial. Él mismo aseguró que casi se duerme en medio del programa. Sin comentarios.
Como su único y principal contendor tenemos a un personaje que tiene en su currículo más irregularidades que chaquiñán andino. Durante los últimos cuatro años, Donald Trump se ha encargado de dinamitar hasta la más mínima institucionalidad de ese país. No solo la administración de justicia; también se ha burlado de la ética pública, de la confianza ciudadana y de los más elementales procedimientos democráticos. Los referentes sobre los cuales el imperio norteamericano erigió su hegemonía global se resquebrajan a un ritmo impredecible.
El drama, sin embargo, no puede circunscribirse a dos personajes cuestionados desde los más insospechados ángulos, empezando por su decrepitud. El problema de la política no es que envejezcan los protagonistas, sino los sistemas. En este caso, estamos asistiendo precisamente a eso. El viejo sistema liberal sobre el cual se construyó la política en Occidente lleva un largo tiempo manifestando síntomas de un desgaste irreversible. Que Europa se esté decantando por la ultraderecha no es una casualidad, como tampoco lo es que el gobierno de los Estados Unidos se defina entre dos candidatos que nos retrotraen al más vergonzoso pasado. Y lo hacen tanto en sus formas como en sus discursos.
¿Qué puede ofrecerle al mundo un aspirante a la reelección con claros síntomas de demencia senil? ¿Qué puede ofrecerle otro que ostenta una cultura de burdel como su mayor argumento ideológico? La mismísima revista británica The Economist sostiene que Biden y Trump solo ofrecen a los votantes norteamericanos la opción entre un incapaz (incapable) y un indecible (unspeackable). Y propone que la única salida para librarse de ambos es que Biden renuncie y permita que otro candidato o candidata pueda derrotar a Trump.
Pero esta posibilidad tampoco resuelve el problema de fondo. Para nadie es un secreto que los grandes electores en los Estados Unidos son las gigantescas corporaciones militares, petroleras y farmacéuticas. Sin su apoyo financiero, ningún candidato llega al sillón presidencial (ni al senado, ni a la cámara de representantes, ni a las gobernaciones). Lo que nunca había ocurrido es que los títeres estuvieran tan mal armados. Biden y Trump ni siquiera pueden representar a cabalidad su papel en el gran simulacro electoral de los Estados Unidos. Son para llorar.
Julio 4, 2024
