lunes, abril 20, 2026
Ideas
Milton Castillo

Milton Castillo

Abogado, ex defensor del Pueblo y de la Naturaleza de Galápagos.

Fidípides y la Ley de Integridad Pública

La infancia sigue atrapada entre dos lógicas adultas: una que los criminaliza para exhibir firmeza, y otra que los romantiza para ganar simpatía. Ninguna de las dos responde a lo que exige la Convención sobre los Derechos del Niño.

«Confieso, con la frente en alto y la ironía intacta: soy el hijo que golpeó a su padre, no por rabia, sino por lógica. Me entrenaron para ello. No en un gimnasio, sino en el Pensatorio, aquella ilustre escuela de sofistas donde las palabras pesan más que los valores y la victoria se mide por el arte de torcer la razón. Me llamo Fidípides, y hoy veo con asombro cómo mis antiguos argumentos infantiles se han convertido en leyes… y no precisamente en la antigua Atenas, sino aquí, en Ecuador».

Esto bien podría decirlo el hijo de Estrepsíades, personaje creado por Aristófanes en el año 423 a.C. en Las Nubes, una comedia que ridiculizaba la moda intelectual de su tiempo: el sofismo. En ella se cuenta la historia de Estrepsíades, un campesino endeudado por apuestas en carreras de caballos, que busca aprender los argumentos sofísticos para evitar pagarlas. Acude al Pensadero (Phrontisterion), donde espera que le enseñen el «argumento injusto» que puede hacer que lo débil parezca fuerte. Cuando él mismo no logra aprenderlo, envía a su hijo Fidípides.

Este hijo se convirtió en un argumentador imbatible que no reconocía ninguna deuda. «Si no tienes dinero suficiente, al menos págame el interés», le dijo un acreedor, a lo cual respondió: «Ese interés, ¿qué animal es?». «¿Qué otra cosa va a ser sino que cada mes y cada día el dinero se hace siempre más y más al pasar el tiempo?», atinó a responder el acreedor. A lo cual Fidípides replicó: «Bien dicho», y con astucia innegable repreguntó: «Pues, a ver: ¿crees que el mar es mayor ahora que antes?». El acreedor no tuvo más remedio que decir: «No, por Zeus, es igual. No es apropiado que sea mayor». Tal respuesta creó el argumento que terminó la conversación: «Entonces, desgraciado, ¿cómo es que este no se hace mayor con los ríos que afluyen a él, y tú sin embargo tratas de hacer tu dinero más grande?». Feliz con el desempeño de su hijo, el padre se acercó a felicitarlo, momento en el cual el hijo le propinó una golpiza.

La Asamblea Nacional acaba de aprobar la Ley Orgánica de Integridad Pública, que permite juzgar a adolescentes como adultos, con penas de hasta quince años si se los vincula con el crimen organizado. La niñez y juventud, en vez de ser defendidas, son ahora catalogadas como amenazas. La lógica no es nueva: solo ha sido desempolvada por una mayoría imbatible y ansiosa de parecer fuerte ante el caos.

«¿No me pegabas tú por mi bien? Pues ahora yo te pego a ti, también por el tuyo. Porque los viejos, como los jóvenes, necesitan disciplina.» ¿Suena absurdo? No más que encarcelar a un joven de catorce años durante quince años. No más que confundir justicia con castigo, y castigo con política de seguridad. Porque eso es lo que subyace en esta ley: no el deseo de proteger, sino el impulso de legislar desde el miedo. Al final, el sistema de rehabilitación puede esperar.

Sé bien que quienes la promueven argumentan una ruptura con el pasado, como si con el encierro pudieran borrar la historia. Me refiero, por supuesto, al pacto social improvisado que tuvo lugar bajo el gobierno de la Revolución Ciudadana: la legalización de pandillas juveniles, el reconocimiento institucional a grupos como Latin Kings o Ñetas, la distribución de recursos sin fiscalización y la romantización de un proceso de pacificación que terminó sin monitoreo, con reinserción para unos elegidos y con muchas fichas entregadas al crimen organizado. Que quede claro: también allí operó el sofismo, solo que con discurso progresista.

¿Y qué decir de los legisladores afines a ese régimen? Hoy levantan la voz contra el castigo desmedido… después de haber tutelado una política de abrazo simbólico, sin estructura, sin ética. Ellos también fueron alumnos de una escuela de argumentación injusta.

Mientras tanto, la infancia sigue atrapada entre dos lógicas adultas: una que los criminaliza para exhibir firmeza, y otra que los romantiza para ganar simpatía. Ninguna de las dos responde a lo que exige la Convención sobre los Derechos del Niño, ese noble texto internacional que establece que el encierro de un menor debe ser el último recurso y por el período más breve posible. Tener compasión por los más débiles (inimputables) es tener compasión por la sociedad en su conjunto. Ni en el correísmo ni con esta Ley de Integridad se percibe la existencia de esta virtud.

Y así, la comedia de Las Nubes se repite, aunque sin risas. Yo, Fidípides, ya no soy el joven rebelde que desafía a su padre con juegos de lógica: soy el adolescente criminalizado por sistemas que primero me abandonan y luego me castigan. Soy espejo de una hipocresía que no distingue pasado de presente. Y si algo he aprendido del Pensatorio, es que cuando el argumento injusto se convierte en ley, la tragedia deja de ser ficción.

Milton Castillo Maldonado

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