Me he encontrado con gente ilustrada y autodefinida como democrática e institucional, que igual, con las mismas autodefiniciones les parece que los abusos, los excesos del poder son justificables; y cuando se habla de corrupción tampoco les parece nada grave. Combatí al correismo desde el primer día, por sus abusos y corrupción; y por más esfuerzo que hago para entender a esta gente ilustrada como democrática e institucional, no logro encontrar razón suficiente para su condescendencia, ni exprimiendo la ética ni obviando un mínimo de coherencia para excusar los abusos groseros de un neonato autoritario, peor la rampante corrupción y la oprobiosa impunidad que la cobija.
En toda sociedad hay una vanguardia que modela culturalmente, definido como los valores y formas de ser. Es lo que se llama élite, que la integran todos aquellos que están en la cúspide empresarial, educativa, cultural, gremial. Y son, digamos, los custodios de los valores que armonizan la coexistencia: precisamente democracia, instituciones, justicia. Y en esa condición, tienen la obligación moral de alzar la voz, en privado o en público, cuando cualquier arbitrario del color que sea, atenta contra esos valores. En el día a día, se conoce de poderosos en sus áreas que inducen al silencio; condicionan a la indiferencia, exigen evitar enfrentar al abusivo. En esos momentos me vuelven al recuerdo episodios parecidos de obsecuencia que permitió que modelos atrabiliarios se fueron consolidando. Boliburgueses, enchufados, así se conocía a los que hoy serían los noboalovers. Se añaden los ciudadanos que lanzaban piedras al correísmo y hoy reparte aplausos al noboísmo y disparan epítetos a quienes denunciamos y repudiamos los abusos; por cierto, epítetos parecidos a los que recibíamos en las épocas de la revolución corrupta.
Hace algunos años, en conferencia a la que asistieron una cantidad importante de empresarios, el político chileno Pablo Longueira recomendaba, para seguir la senda de acuerdos y estabilidad chilena, que promuevan proyectos políticos que defiendan democracia y sistema de mercado; que financien la actividad política como forma de profesionalizarla.
Una democracia sin partidos y sin cuadros políticos está destinada a la inestabilidad, el caudillismo y los abusos que se derivan de esa forma de liderazgo.
Desde 2006 se desarticuló la mínima estructura partidista que fue reemplazada por movimientos y caciques. Improvisados sin proyecto, que administran el día a día; estructuras creadas para participar en elecciones repletas de mediocres y oportunistas. Las élites renunciaron a ser vanguardia y reducen su rol a acomodarse, a subordinarse y mostrar los dientes a los abusos. En breve tendremos un nuevo episodio en el que saltarán de agujeros candidatos de méritos exiguos que terminarán al mando de las ciudades. Ya nos están restregando su mediocridad y fantochería. Entre encarcelados, bufones y demostrados malos administradores perfilan el nivel pedestre que la política. Tal cual el panorama de tener un presidente que encuentra que su mérito es tener six pack, escudado por unas pléyades lacayas.
Está desmadre no se resolverá si la política no recupera algunos mínimos estándares de formación, idoneidad, consistencia. Y no se resolverá porque las élites precarias persisten en su tendencia gelatinosa de acomodarse al recipiente y no financiar proyectos políticos coherentes que hagan política y ayuden a sepultar tanto improvisado.
