lunes, junio 1, 2026

Nuevos vientos soplan en Rusia

Todo el aparato estatal —medios de comunicación, gobierno, la Duma (parlamento), la iglesia y los servicios de seguridad— busca resolver el mismo problema: ocultar el error de Putin en la invasión a Ucrania. Pero cada vez sus acciones tienen menos éxito. Putin perdió su aura. El poder sigue concentrado en sus manos, pero su magia desaparece.

Por: Ugo Stornaiolo

El disidente y ex diplomático ruso, Alexander Baunov, ha hecho algunas predicciones sobre el futuro de Rusia, tras la invasión a Ucrania iniciada el 24 de febrero de 2022 y que, más de cuatro años después, no ve ninguna posible solución que no sean las armas y la destrucción de ciudades y la muerte de muchos civiles de ambas partes. Incluso sugiere que el poder de Putin va decreciendo conforme pasan los días y los meses, sin que haya una solución o un alto al fuego en el camino.

Para mayo de 2026, informes indican que Vladimir Putin enfrenta la crisis más profunda de su mandato, con señales de un debilitamiento en su control interno. A pesar de los esfuerzos por mantener el poder tras la guerra de Ucrania, su autoridad parece estar erosionándose por tensiones internas y un desgaste económico y social, llevando a un aumento drástico en su seguridad ante la sospecha de un golpe de estado y hasta temores personales del mandatario por atentados contra su vida.

Los puntos clave del debilitamiento son la seguridad extrema, ya que Putin ha reforzado su seguridad personal y la de su círculo cercano, tras la intensificación de las luchas de poder. Dentro del desgaste interno, los informes sugieren que el presidente ruso enfrenta tensiones significativas entre las fuerzas de seguridad (FSB, FSO, Guardia Nacional) y el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas.

En cuanto a la gestión de la guerra, la «magia» de Putin se percibe desgastada, ya que sus acciones para preservar el poder han apresurado la desintegración del sistema, con el frente de batalla estancado y ataques ucranianos constantes con drones en ciudades rusas.

Asimismo, se han reportado restricciones severas al personal cercano, incluyendo prohibiciones de uso de teléfonos satelitales y vigilancia en las residencias de sus colaboradores. Pese a todo esto, constitucionalmente, Putin puede permanecer en el cargo hasta 2036, de acuerdo con las enmiendas de 2020.

Para el diplomático Baunov, “el régimen ruso se ve claramente impulsado por el miedo. Algo ha cambiado en Rusia. Incluso los leales se quejan del aumento de las restricciones y la represión. Los líderes empresariales, antes optimistas, se han vuelto pesimistas”.

Para este experto en asuntos rusos, tres cosas suceden simultáneamente. Las actitudes hacia el presidente Vladimir Putin están cambiando. “El optimismo económico se desvanece, y con él una forma de patriotismo cotidiano que se basaba no en el progreso en el frente, sino en la supervivencia del país. Y los rusos empiezan a comprender: la guerra ha cambiado”.

Con 73 años cumplidos, Putin es el líder ruso que ha mantenido el poder durante más de dos décadas (25 años), siendo uno de los mandatarios más longevos en la historia moderna de su país, superando inclusive a Josip Stalin (24 años).

Rusia perdió sus ventajas y con ellas su posibilidad de ganar, a pesar de su mayor potencial, en la guerra en Ucrania. En años anteriores, los ensayos para el desfile del Día de la Victoria comenzaban en abril. Esta vez, casi no se efectuaron. El desfile se realizó con menos tropas y casi ningún equipo pesado. “Si pudieran reducirlo a una versión simplificada, lo harían. Mientras Putin ha minimizado su exposición pública en diferentes actos”, sostiene el ex diplomático exiliado.

Y cuando va a algún evento, se queda poco tiempo. Un desfile militar debe demostrar fuerza y este último reveló lo contrario: debilidad y miedo. En Rusia, hay un dicho muy conocido: a los ganadores no se les juzga. Lo contrario viene implícito: a los que no ganan sí se les puede juzgar y eso parece sucederle a Putin.

Todo el aparato estatal —medios de comunicación, gobierno, la Duma (parlamento), la iglesia y los servicios de seguridad— busca resolver el mismo problema: ocultar el error de Putin en 2022, cuando ordenó una invasión a gran escala de Ucrania. Pero cada vez sus acciones tienen menos éxito. Putin perdió su aura. El poder sigue concentrado en sus manos, pero su magia desaparece y surge su verdadera imagen.

La gente ya no ve al hombre viril, de torso desnudo y que practicaba karate de los años previos a la guerra, sino a un hombre mayor con extremidades delgadas bajo un traje demasiado grande. Esa imagen ya no se sostiene. Incluso su lenguaje ha cambiado. Es menos claro, a veces hasta desvariando. Se desvía del tema y le cuesta expresarse.

Nacido el 7 de octubre de 1952, con 73 años cumplidos, Putin es el líder ruso que ha mantenido el poder durante más de dos décadas (25 años), siendo uno de los mandatarios más longevos en la historia moderna de su país, superando inclusive a Josip Stalin (24 años) y esto parece estarle ya pasando factura.

En ocasiones cae en una realidad casi ficticia; por ejemplo, cuando cuenta que los soldados alemanes a las afueras de Moscú no tenían a nadie en casa que les tejiera calcetines abrigados, mientras que los rusos sí, tanto entonces como ahora. Ya no inspira confianza, ni siquiera entre la élite. De ser un garante, hoy es un riesgo.

Rusia
Protestas en Ginebra en favor de preservar la paz en Europa, antes de negociaciones entre Ucrania, Rusia y EE. UU. Pierre Albouy / REUTERS

En la nueva fase

El clima actual es muy diferente al de hace apenas un año. La sociedad rusa ha experimentado un cambio radical: del pánico inicial de la «operación militar especial» a la adaptación y cierto optimismo, para luego entrar en una nueva fase de dudas y ansiedad. Los índices de aprobación oficiales de Putin cayeron significativamente.

Para el verano de 2022, muchos se habían adaptado a la guerra. Tras el impacto inicial —la movilización, la retirada de marcas occidentales, la emigración de amigos y figuras públicas, las oleadas de represión y prohibiciones y el levantamiento del líder del escuadrón mercenario Wagner, Yevgeny Prigozhin (muerto luego, misteriosamente, en un accidente aéreo)— había surgido un nuevo equilibrio. Para 2024, una cierta prosperidad emergía de las ruinas de la vida anterior. Con ella, un patriotismo cotidiano, una frágil calma e incluso un retorno al optimismo.

Pero Rusia ya no podía quedarse fuera de la economía global. El ejército ya no se retiraba y avanzaba de nuevo. El rublo no se había desplomado. El Estado no había cerrado fronteras ni congelado almacenes. La producción, el empleo y los salarios superaban las expectativas. El Sur Global mantenía relaciones.

Los nuevos contactos con Donald Trump pusieron a Rusia en el centro de la diplomacia de alto nivel. El régimen creó la sensación de que todos estaban en el mismo barco. Un solo barco. O todos se salvan o se hunden. Si el puente de mando se derrumba, el barco está perdido.

El patriotismo cotidiano se enorgullecía de que la vida continuara más o menos como antes. Incluso quienes se oponían a la guerra encontraron cierta satisfacción en la supervivencia económica. Se creó un mínimo de terreno común. Pero en la primavera de 2026, este sentimiento desapareció.

Los nuevos contactos con Donald Trump pusieron a Rusia en el centro de la diplomacia de alto nivel. El régimen creó la sensación de que todos estaban en el mismo barco. Un solo barco.

El fin del compromiso

Con la invasión, el régimen rompió su acuerdo previo con la sociedad y lo reemplazó por uno nuevo: se puede vivir como si la guerra no hubiera existido, pero no se puede resistir a ella. Quienes lo aceptaron mantuvieron un estilo de vida similar al anterior. En realidad, nadie fue consultado. Muchos lo aceptaron: algunos por necesidad, otros por indiferencia.

Pero en la primavera de 2026, el régimen violó el acuerdo. El resultado es la ira. La gente se negaba a ignorar la guerra, solo para convertirse ella misma en blanco de prohibiciones y represión. Las autoridades prohibieron aplicaciones como WhatsApp y Telegram e impulsaron redes autóctonas. Pero, lo que era transparente para el Estado para muchos era una invasión de su último espacio privado. El Estado abrió un frente interno. Y trascendió los límites personales entrando en espacios privados: chats de trabajo, grupos de vecinos y conversaciones familiares.

En sociedades sin libertad, el espacio privado es el último refugio. Por eso su erosión provoca una reacción muy fuerte. La economía también cambió. El crecimiento derivado de la guerra ya no se traduce en ingresos ni oportunidades. El tono de las reuniones económicas de Putin es más sombrío. Los economistas empiezan a comprender lo que significa gestionar la retirada, pero sin reconocerla.

La guerra en línea

Un punto de inflexión fue un vídeo viral en Instagram de la bloguera Viktoria Bonya. Se dirigió directamente a Putin: “hay muchas cosas que usted desconoce”. Enumeró problemas que, en su opinión, los funcionarios no se atreven a abordar. La cuestión no era solo la crítica, sino el objetivo: el propio presidente. Él era señalado como la fuente del problema.

Así, se invirtió una idea central de la guerra: el presidente sabe más que los demás. Hoy pasa lo contrario. Es la sociedad la que sabe más. Esto plantea la pregunta: ¿entiende realmente la guerra que él mismo inició? Putin defendió las restricciones con el habitual dilema entre libertad y seguridad. Pero este mecanismo ya dejó de funcionar. Cada vez más personas están dispuestas a asumir riesgos para mantener el acceso a internet.

La pregunta es: ¿la seguridad de quién? El episodio también puso de manifiesto las divisiones en la élite. Algunos sectores de la burocracia civil intentaron suavizar las prohibiciones. Putin expresó críticas cautelosas. Parece una victoria, probablemente temporal. Un sistema que pierde el equilibrio busca recuperarlo. Pero el aparato de seguridad avanza. En la guerra, revertir el imperio de la fuerza es difícil.

Un poder en declive

Los éxitos militares ucranianos obligaron al régimen a romper su compromiso con la sociedad. La capacidad de Ucrania para atacar objetivos en Rusia cambió la situación, mientras que el frente se ha convertido en una zona de desgaste. Incluso los partidarios de la guerra ya no hablan de movilización. Los intentos de someter a la población ucraniana fracasaron y en lugar de ceder, se han adaptado.

Moscú contaba con el colapso de la economía occidental y eso no pasó. Las áreas en las que Rusia quería demostrar su fuerza -superioridad militar y estabilidad económica- evidenciaron sus debilidades. El miedo se convierte en una fuerza motriz visible del régimen. La magia menguante es reemplazada por la fuerza. Los servicios de seguridad perdieron la perspectiva. La guerra había unido a las élites. Ahora, la incertidumbre sobre su resultado abrió grietas en el sistema. Toda la estructura se tambalea. Incluso si resiste, ya no será la misma. El poder sigue ahí. Pero ya no se siente natural.

Ya no es un punto de apoyo. Las autoridades reaccionan con agitación. Cometen errores. Avanzan y retroceden, como un coche atascado en el lodo. El sistema sigue existiendo, pero cambió. Y se percibe diferente. El clima cambia. Se abren nuevas posibilidades, atractivas e inquietantes. En Rusia, un sentimiento similar ya ha dado lugar a toda una literatura y puede volver a suceder.

No se presentó como un acontecimiento aislado, sino como una sensación generalizada: Vladimir Putin llevó a Rusia a un callejón sin salida y nadie sabe qué pasará en el futuro. La primera manifestación es un cambio en el lenguaje empleado por altos funcionarios, gobernadores regionales y empresarios: no usan la primera persona del plural al hablar de las acciones de las autoridades del país.

La guerra de Putin contra Ucrania puede ser imprudente y un fracaso, pero era compartida. “Nosotros estábamos involucrados, y sería mejor para todos nosotros si terminara cuanto antes”. Ahora describen lo que está sucediendo como su historia, no la nuestra. No es nuestro proyecto, no es nuestra agenda, no es nuestra guerra.

Aún más extraño es el hecho de que tome alguna decisión. No es solo de la caída de su popularidad. El futuro ya no se discute en términos de lo que decidirá Putin, sino como algo que se desarrollará al margen de él, y seguramente sin él.

Este cambio de discurso no indica una rebelión. El sistema autoritario puede sobrevivir bastante tiempo por el miedo, la inercia y la represión. Aún mantiene el monopolio de la violencia, pero perdió el de la configuración del futuro. En el pasado, el régimen, pese a las mentiras, contaba con algún proyecto para ostentar: restaurar la condición de Estado, reafirmarse como superpotencia energética. Incluso hubo un programa de modernización antes del giro al ultra-conservadurismo y la guerra.

No es solo de la caída de su popularidad. El futuro ya no se discute en términos de lo que decidirá Putin, sino como algo que se desarrollará al margen de él, y seguramente sin él.

La ironía reside en que Putin inició la guerra para preservar el poder y el sistema que creó. Ahora, por primera vez desde el comienzo del conflicto, los rusos empiezan a imaginar un futuro sin él. Son cuatro factores los que lo explican.

En primer lugar, el alto costo de la guerra. La guerra en Ucrania se concibió como una operación militar especial llevada a cabo por grupos selectos que recibieron incentivos económicos por su participación, mientras que el resto de la sociedad continuó con su vida normal. Putin imaginaba una acción que no duraría más de dos semanas y un ingreso triunfal de las tropas rusas a Kiev.

Este modelo se desmoronó a medida que la guerra prolongó su duración y aumentó su escala, causando más inflación e impuestos, infraestructuras descuidadas, mayor censura e interminables prohibiciones. No es una guerra nacional, pero se financia a nivel nacional, y la sociedad no se ve beneficiada en nada.

En segundo lugar, hay una creciente demanda de normas entre las élites que fueron obligadas a regresar a Rusia, junto con su capital. Anteriormente, sus derechos de propiedad se habían externalizado a Occidente. Recurrían a los tribunales de Londres, a estructuras extraterritoriales y al arbitraje internacional para resolver conflictos o buscar protección. Ahora, los conflictos se resuelven internamente, sin instituciones que funcionen. La demanda de normas se vuelve más urgente a medida que se acelera la redistribución de activos. En los últimos tres años, se confiscaron activos por unos 5 billones de rublos ($ 60.000 millones de dólares) a empresarios privados, nacionalizados o fueron entregados a leales y allegados.

Esta es la mayor redistribución de la propiedad desde la privatización masiva de la década de 1990. No es que las élites descubrieron de pronto un gusto por el Estado de derecho o la democracia. Pero incluso aquellos leales al régimen anhelan normas e instituciones que puedan resolver los conflictos de manera justa.

En tercer lugar, está el cambio en el clima geopolítico que el propio Putin contribuyó a propiciar. Rusia se ve a sí misma como el artífice de la reconfiguración del orden mundial, pero solo es un fermento: la guerra de Rusia contra Ucrania aceleró la crisis de la democracia occidental, el auge del populismo y el cansancio ante la globalización. Rusia está ahora en un mundo donde las normas son débiles y donde la fuerza económica y tecnológica, así como la fuerza bruta, predominan.

En un mundo basado en normas, Rusia podría explotar las anomalías: la dependencia de Europa de su gas, su asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU, el legado nuclear soviético. Pero ahora Europa compra su gas en otros países, el asiento de Rusia en el Consejo de Seguridad se devaluó dentro de la propia ONU y su chantaje nuclear afectó el régimen de no proliferación, privando a Rusia de su estatus de árbitro. Cuando el orden mismo comienza a desmoronarse, los beneficios del revisionismo putinista se desvanecen.

Además, Rusia atraviesa una crisis de identidad. Por primera vez en generaciones, no tiene un modelo externo. Históricamente, se definía en relación con Europa y Occidente en general. Eran un referente, un lugar al que enfrentarse y al que superar. Esto ha desaparecido. Occidente, como entidad cultural, militar y política unificada, está en crisis. No se trata de una cuestión ideológica, sino estructural. Todo desarrollo en Rusia debe tener un sentido interno, y el gobierno no puede proporcionárselo.

En cuarto lugar, hay un creciente control ideológico sin ningún beneficio compensatorio. El anterior contrato social, según el cual el Estado se mantenía al margen de la vida privada de las personas y los ciudadanos al margen de la política, se cayó. Antes, el sistema se ganaba la lealtad de la gente con comodidad, servicios y consumo. Ahora, lo único que hay es represión, intrusión y censura, de las cuales las restricciones a internet de este año son la manifestación más evidente.

El problema no radica tanto en la represión en sí misma, sino en la represión sin propósito. Una ideología, por definición, presupone una visión del futuro, lo que exige disciplina sin ofrecerla. Se exige lealtad a la gente sin explicarles para qué sirve esa lealtad. La realidad política no es atractiva ni siquiera para la mayoría de los tecnócratas involucrados en su construcción. El optimismo se extinguió adentro.

Agotamiento de movimientos

Estos factores crean una situación que en ajedrez se conoce como zugzwang: cuando cada movimiento empeora la posición. El sistema prosigue mientras Putin permanezca en el poder. Pero cada uno de sus movimientos para preservarlo y expandirlo acelera su deterioro. Un rey rodeado por alfiles, caballos, torres y peones, sin mucho movimiento. Otros analistas hablan de un “bluff” de Putin (en el póker es hacer creer que se tiene las cartas ganadoras y otros “pagan por ver”).

Su respuesta instintiva podría ser intensificar la represión e iniciar otra guerra. Pero estas acciones solo empeorarían las cosas. No puede restablecer la conexión entre el poder y el futuro. Solo puede hacer que la ruptura sea más sangrienta y peligrosa.

Ugo Stornaiolo

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