martes, abril 21, 2026
Ideas
Carlos Vásconez

Carlos Vásconez

Escritor

El simple arte de leer

Todos tenemos una memoria selectiva que se relaciona, querámoslo o no, con lo que George Steiner llamó “lo mejor del hombre”: el milagro del lenguaje. Ese milagro y la humanidad, hasta la fecha, han sido indivisibles.

Michel de Montaigne nos ha dicho en varias ocasiones que el arte de apreciar es el más antiguo y a la vez el más trabajoso. Precisamente por su antigüedad es que perdurará, a pesar de las muchas corrientes con las que nos encontremos en el camino. Revisar el camino cursado por la humanidad tiene, por excelencia, que humanizarnos. Somos miméticos y somos camaleónicos.

Igual que Montaigne (nadie es igual que Montaigne), Pietro Citati, en ese gran ensayo literario titulado La luz de la noche, nos recuerda que la profundidad del ser está casi siempre expresada en su superficie, y es que “su superficie no deja de ser la lámina de un libro, una hoja o su sucedáneo, en donde como quien no hace nada impregna los olores, los matices y las sinuosidades de su existencia”. Coincide en algo con Chesterton, quien aseguraba que todos nos disfrazamos de lo que llevamos dentro.

En el año 2013, la Providencia trajo a mis manos varios libros de uno de los más excelsos (y hoy por hoy cada vez más ignorado) poetas de nuestra tierra: Efraín Jara. Lo sé porque tenían su rúbrica en varias partes, casi siempre en forma de ex libris, pero en especial porque Jara Idrovo conservaba la milenaria costumbre de anotar en los libros. Tales anotaciones, realizadas con un cuidado digno de semejante poeta e intelectual (hay que ver su caligrafía refinada), son de una claridad pasmosa, nos conducen hasta los arcanos del libro, pero, más que nada, nos llevan a las profundidades de quien era Jara. Cada quien señala, subraya o destaca lo que se apega más a lo que comprende por vida. Tales anotaciones son en gran medida su fe de autor y lector. Y diré que abonan a la misma obra. Leí, verbigracia, El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence (uno de esos grandes escritores que no sé por qué pasa desapercibido en las librerías). Lo que Efraín escribía en los márgenes o en las páginas de cortesía, era una historia paralela a la obra en cuestión, y esto evidenciaba la enorme erudición y la capacidad de comprensión del poeta al convertirse en lector. La lección que recibí: todo lector debe aportar a la obra. Si es buen lector, sabrá si es un buen libro, y por lo tanto lo agrandará, incluso, digamos, lo mejorará.

Eduardo Milán, en uno de sus pasos por Cuenca me dijo que eso era el famoso Work in Progress que se le ha endilgado casi en expreso a James Joyce. No es de su exclusividad, pero sí lo ejercitó con maestría al crear el Ulises y, más aún, el infinito Finnegan’s Wake. El caso es que es cierto lo que me dijo el ensayista y poeta uruguayo-mexicano. El verdadero trabajo en progreso es comunal, es como la edificación de la Muralla China, sobre todo tal y como nos la contó Kafka: un trabajo de generaciones, cuyo autor ignoto (el diseñador) sabía de antemano que atarearía la mente y las manos de los hombres. Jorge Luis Borges lo dijo de idéntica manera al ponderar al escriba secreto de las Escrituras o al de Las mil y una noches: “Antes de la vanidad de poner el nombre de una persona, a los pueblos les interesaba unir fuerzas para nutrir la historia, incluso el anonimato”.

¿Por qué afirmaba Goethe que mirar es más importante que sentir o ser? Porque mirar es la forma de tocar las cosas divinas. Porque mirando “se inflaman nuestros pensamientos” (vuelvo a Citati). Leer es la forma más intensa de mirar, de jugar a quien no parpadea. Esto nos permite acceder a la memoria de alguien y la memoria es una selección del pasado. Todos tenemos, ergo, una memoria selectiva, que se relaciona, querámoslo o no, con lo que George Steiner llamó “lo mejor del hombre”: el milagro del lenguaje. Ese milagro y la humanidad, hasta la fecha, han sido indivisibles. Por eso extraña y también atemoriza que ciertas manifestaciones humanas contemporáneas sean no una deconstrucción del lenguaje o una innovación de este, sino una desgana de acceder al milagro; en ese sentido hay una disminución de humanidad inquietante, fruto de la ruptura de comunicación entre enemigos y generaciones, cuando los jóvenes no leen a sus predecesores, o, peor, cuando simplemente no leen porque el lenguaje es de sus predecesores. Wallace Stevens escuchó señales premonitorias:

Las hojas susurran. No es un susurro de advertencia divina,

Ni el hálito de héroes sin aliento, ni un susurro humano.

Es el susurro de hojas que no trascienden a sí mismas.

Carentes de imaginación, sin significar más

De lo que son al encontrarse con el aire, en la cosa misma,

Hasta que finalmente el susurro no le interesa a nadie.

La visión desasosegadora del bardo estadounidense, nos transporta a las frases comunes que recorren las redes, en las que se sugiere simplismo en la forma de una paz constante, hermana de sangre de la desidia; de un conformismo; de una aceptación de lo que acontece sin más reparo que limarse las uñas.

En estos tiempos de cambio de guardia, cuando los compromisos y los votos se renuevan, quizá haga falta una invitación distinta. Hará siete años que empecé la lectura de El nadador en el mar secreto. Novela de William Kotzwinkle que tiene exactamente 90 páginas. Cuando me percaté de lo que hacía (aparte de llorar por esa historia sobrecogedora de una pareja que pierde en la labor de parto a su primogénito), quedé estupefacto. Leía a una velocidad mínima, casi nula. Si hubiese ido más lento, habría leído en reversa, inventándome una nueva forma de leer. La pasión contenida con la que el autor contaba los sucesos me detenía a raya para sentirlos, para apropiarme de ellos. Apenas entonces y merced a ese prodigio, supe que había obrado de igual manera en otras lecturas, en novelas largas, como Acción de gracias, de Richard Ford, o en cuentos, como los de Alice Munro. Era mi forma de paladear cada palabra, de saborearlas. Contra todo lo que la academia o las empresas sugieran, estoy cada vez más seguro que hay que leer lento, cadenciosa, sensualmente, acariciando las palabras hasta que digan lo que de verdad son, como le gustaría al irlandés John Banville. Recordemos la receta de Andrés Neuman: “Mientras más breve la historia, más lento se leerá”. Y nuestra historia, es decir nuestra vida, ¿no es acaso un suspiro? Al menos eso aseguran los memes. O como instruiría Enrique Vila-Matas (inspirado, ¡cómo no!, en Perec): “Hay piezas fundamentales que es mejor no acabar”.

Una de las mayores joyas de la literatura universal es sin duda Viaje al fin de la noche, de Céline (sí, el nazi que escribía como judío, con una administración precisa de los tiempos y el aliento). He releído el 90 % de la novela en dos ocasiones. O sea llevo tres lecturas. Hay pasajes que me los sé de memoria. Pero no la he acabado. Es un gesto intencional. Nadie sabe el placer que siento al imaginar los posibles pero improbables finales que me deparan, porque por supuesto que el día menos esperado arremeteré raudo contra esas hojas. A veces me sorprendo a mí mismo en la bañera imaginando, tan solo eso. Y el placer es desbordante.

Claudio Magris se arriesga más: “Leer con rigor nos enseña el secreto que alguien dejó para solo nosotros, y solo nosotros podremos comprender”. Por este sendero vaga Harold Bloom, quien explica, con fe absoluta, lo sublime del acto de leer: “Solo se puede leer para iluminarse a uno mismo: no es posible encender la vela que ilumine a nadie más”.

Recordé así cuando en mis años universitarios leí La invención de Morel de Bioy Casares y lo hice con serenidad, alimentando mi corazón con esa historia que lo tiene todo: ciencia, amor, fantasía, huida, terror y un final sorprendente. O como cuando accedí a los Microgramas de Robert Walser, escritos con una letra diminuta e inacabados. Porque hay que inacabar las cosas para que quizá las cosas acaben lo que de nosotros falta.

No hay ley en literatura. Ni Shakespeare será por siempre el único Shakespeare ni el lector de Guillermo de Aquitania se convertirá definitivamente en Guillermo de Aquitania. Falta por decirlo todo, pero para eso una lectura reposada es indispensable. Porque solo así Montaigne se mantiene en la buhardilla de su torre escribiendo que quizá el futuro, ¡uf!, sí le pertenece a los hombres.

 

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