viernes, octubre 2, 2026
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Paúl Trujillo

Paúl Trujillo

Gestor de capital privado, con un masterado en Riesgos Financieros.

El miasma y las libertades: Edipo juega ajedrez mientras Ecuador juega ‘Go’

El gobernante ecuatoriano corre el riesgo de encarnar al Edipo contemporáneo —el que lanza la caza de la impureza pública, sin advertir que la contaminación respira también en su propio método— mientras libra una batalla de ajedrez por el centro institucional en un país que, en realidad, juega ‘Go’, y en el ‘Go’ las partidas se pierden en los bordes.

 

«El carácter del hombre es su destino.», Heráclito
«La esquina es oro; el lado, plata; el centro, hierba.», proverbio del Go

I. Dos espejos que no se conocen y dicen lo mismo

Hay dos tradiciones sin contacto histórico que llegan a la misma advertencia por caminos opuestos. La Atenas del siglo V a.C. la dijo en forma de tragedia: el poder se destruye por lo que ignora de sí mismo. La China milenaria la dijo en forma de juego: el poder se destruye por lo que desprecia de los bordes. Edipo es el espejo interior del poder; el ‘Go’ es su espejo territorial. Puestos uno frente al otro, producen una imagen estereoscópica —la única con profundidad real— del gobernante que se cree dueño del tablero.

Si Julius Yam mostró los mil hilos con que el poder ata al gigante desde fuera, Edipo y el ‘Go’ enseñan el reverso más incómodo: los hilos con que el poder se ata a sí mismo y las esquinas donde esos hilos se tienden sin testigos. El caso ecuatoriano exhibe ambas estructuras a la vez, y por eso merece leerse con esta doble lente.

Mi hipótesis de trabajo es una sola: el gobernante ecuatoriano corre el riesgo de encarnar al Edipo contemporáneo —el que lanza la caza de la impureza pública sin advertir que la contaminación respira también en su propio método— mientras libra una batalla de ajedrez por el centro institucional en un país que, en realidad, juega ‘Go’, y en el ‘Go’ las partidas se pierden en los bordes.

II. El rey de los acertijos

Edipo no llega al trono por sangre sino por inteligencia: resuelve el enigma de la Esfinge y la ciudad, agradecida, le entrega el poder. El peligro está inscrito en ese origen. Quien llega al mando resolviendo un acertijo tiende a creer que todo es un acertijo, y que la técnica que venció a un monstruo, basta para vencerlos a todos. Vernant lo señaló con precisión: Edipo es el tyrannos, el hombre surgido de la masa por mérito propio, que confunde el saber operativo con el autognóstico. Sabe responder enigmas; no sabe quién es.

La correspondencia no requiere esfuerzo. Un presidente joven llegó al poder como el heredero de la eficiencia corporativa: lenguaje de ejecutivo, promesa de resolución técnica del caos, el acertijo de la seguridad y la economía planteado como un problema de gestión. La peste llegó, como llega siempre: narcoviolencia, apagones que dejaron al país a oscuras, economías ilegales que capturan territorio (y muy pronto el desastre energético, alimentario y ambiental que dejará el Niño, sin poder predecir todavía cuán fuerte será su severidad). Y entonces vino el acto edípico por excelencia: el decreto que declaró el conflicto armado interno. Un decreto de ese tipo es, filosóficamente, un acto performativo: al declarar la guerra, el poder maldice públicamente al agente contaminante, exactamente como Edipo pronuncia su maldición solemne contra el asesino de Layo: que nadie lo reciba, que nadie lo aloje, que nadie lo ayude.

La ironía trágica es que esa maldición, dicha con suficiente fuerza, siempre encuentra a su destinatario más cerca de lo que el rey sospecha. Edipo decreta la expulsión del impuro y decreta su propio destierro. Todo gobernante que proclama con violencia quién es el culpable de la peste, deja abierta, sin querer, la pregunta que Sófocles consideró la única importante: ¿Y si el investigador fuera lo investigado?

III. El miasma: la impureza que contamina por arriba

Hay que precisar el concepto, porque su potencia escapa a la lectura moderna. El miasma no es, en Sófocles, una culpa penal individual: es una contaminación ecológica. Mientras el impuro habite la ciudad, los campos no producen, las mujeres no conciben, el ganado aborta. La impureza de la cúspide esteriliza el cuerpo entero de la ‘polis’. Traducido al presente: cuando el método del poder está contaminado —gobernar por urgencia, tratar la deliberación como estorbo, deslegitimar al que ve, confundir la ley con un obstáculo— la esterilidad institucional se propaga hacia abajo. La Asamblea no delibera porque su función fue vaciada; la justicia se disputa como botín y no se ejerce como servicio; la confianza no concibe proyectos; los jóvenes, la forma más nítida de esterilidad nacional, abandonan el país. Un Estado gobernado por atajos no necesita ser golpeado para decaer: basta con que no pueda engendrar nada que dure.

Pero la honestidad crítica exige el matiz que separa el análisis del panfleto. Edipo no mató a Layo siendo rey: el crimen ocurrió en la encrucijada, antes del trono. El miasma ecuatoriano tampoco nació en este gobierno. Se forjó durante décadas en encrucijadas sucesivas: corrupción estructural, cárceles entregadas al abandono hasta ser capturadas desde dentro, periferias consignadas al riesgo, una clase política que vació la deliberación mucho antes de que la urgencia la sustituyera. La tragedia del heredero no consiste en haber creado la impureza. Consiste en algo más sutil y más grave: en negarse a examinar si su propio método no repite, con vocabulario renovado, los atajos de la impureza que dice combatir. La diferencia entre heredar el miasma y encarnarlo no está en el origen: está en el método. Heráclito lo llamó destino; nosotros podemos llamarlo carácter de gobierno.

IV. Tiresias, Yocasta y el arte palaciego de no oír

La escena central de Edipo Rey es un manual de gestión del poder que ningún líder debería ignorar. Edipo convoca al adivino; Tiresias calla, porque sabe que lo que dice la verdad cuesta; obligado a hablar, la dice; y el rey responde con la única respuesta que su posición le permite: la acusación de conspiración. Tiresias no informa: conspira. No advierte: traiciona. La verdad técnica se procesa como deslealtad política.

El paralelo con la disputa entre el Ejecutivo y la Corte Constitucional es tan literal que parece calco: el tribunal que pronuncia la verdad incómoda de la inconstitucionalidad es acusado de proteger al crimen, de estar al servicio de intereses ocultos, de conspirar contra la voluntad del que gobierna. Y junto a Tiresias está Yocasta, la figura de toda corte palaciega de todos los tiempos: no escuches los oráculos, ningún mortal sabe nada del porvenir. La minimización sistemática del aviso. El rodeo del coro. La mala noticia tratada como ataque.

¿Por qué el rey es siempre el último en enterarse? No por estupidez —Edipo es el más inteligente de los griegos— sino por estructura. Primero: todos los que rodean al poder cobran por su tranquilidad, de modo que el sistema informativo del palacio produce, por diseño, serenidad artificial. Segundo: cuando la mala noticia solo puede interpretarse como deslealtad, los leales dejan de informar. Tercero: el centro del tablero está rodeado de ecos propios. Hay una sentencia del ‘Go’ que resume el drama mejor que cualquier tratado: desde el centro se ve todo el tablero, menos la propia forma.

V. El gobierno juega ajedrez; el país juega ‘Go’

El ajedrez y el ‘Go’ encarnan dos ontologías del conflicto. El ajedrez es jerárquico, centralizado, frontal: se gana eliminando al rey en una batalla que decide todo. El ‘Go’ es territorial, distribuido, paciente: se gana rodeando espacios, ocupando esquinas, acumulando libertades donde el rival no mira. El ajedrez premia el golpe; el ‘Go’ premia la espera.

El gobierno ecuatoriano, como casi todos los gobiernos de nuestro tiempo, juega ajedrez: cada jugada busca el mate —el fallo favorable, la mayoría sometida, la derrota mediática del adversario institucional, la victoria en el centro simbólico del tablero—. Pero el país juega ‘Go’ y sus adversarios más efectivos: los sectores sociales, las otras corporaciones —como grupo estamental—, el crimen organizado… son jugadores de ‘Go’ consumados: no atacan el palacio, porque no necesitan hacerlo. Ocupan esquinas: economías, finanzas, puertos, fronteras, cárceles, barrios periféricos, economías locales, el miedo cotidiano. Conquistan territorios silenciosamente en los márgenes y esperan agazapados. El proverbio es implacable: la esquina es oro, el centro es hierba. Mientras el palacio defiende su centro institucional con todas sus piedras, en los bordes se pierden territorios que valen más que el centro, porque el centro vive de ellos.

VI. Contando libertades: el atari silencioso del sistema

En el ‘Go’, una piedra o un grupo se captura cuando el rival ocupa todas sus libertades: los puntos vacíos que le permiten respirar. La captura no es un evento dramático; es un recuento. Cuando el grupo muere, llevaba veinte jugadas muerto; el espectador solo presenció la contabilidad final. La captura es un diagnóstico diferido.

Conviene, entonces, contar las libertades del sistema ecuatoriano, porque el desenlace ya está en la aritmética, no en los titulares. La libertad deliberativa, cerrada por el gobierno permanente de urgencias. La libertad del contrapeso, en disputa abierta y desgaste retórico. La libertad territorial, contraída en barrios donde el Estado negocia, cede o no entra. La libertad penitenciaria, capturada hace años —como ejemplo, la operación Metástasis operó, precisamente, desde adentro—. La libertad energética, exhibida en los apagones: un país a oscuras es un país con una libertad cerrada y millones de hogares en atari. La libertad demográfica, drenada por la emigración: cuando los jóvenes se van, el tablero pierde sus piedras jóvenes justo donde se ganan las partidas, en las esquinas. Y la libertad epistémica, disputada por la desconfianza generalizada en toda cifra, toda sentencia y toda promesa.

Hay además una lección del ‘Go’ que ningún manual de poder debería omitir: un grupo solo está vivo cuando tiene dos ojos, dos respiraciones independientes. Un poder que respira únicamente por el ojo electoral, sin el ojo de la legalidad ni el de la confianza ciudadana, no está vivo: está en atari permanente, amenazado de captura con un solo movimiento del entorno. La mayoría aplastante y la aprobación alta no son vida. Son, a veces, solo la piedra que aún tiene una libertad.

VII. Atsuryoku: la presión que el centro ya no contiene

El concepto atsuryoku —la presión acumulada— tiene un correlato técnico en el ‘Go’ que merece la transposición. El jugador codicioso comete lo que el juego llama ‘overplay’: intenta consolidar más territorio del que su forma soporta. Deja piedras delgadas, puntos de corte abiertos, ‘aji’ —potenciales de debilidad latentes—. Su estructura parece dominante hasta que una sola jugada del rival activa todas las debilidades a la vez, y un grupo gigantesco se desploma en un movimiento. En el ‘Go’, como en la historia, el colapso nunca es tan repentino como parece: es la activación simultánea de negligencias que se administraban por separado.

El hiperpresidencialismo de urgencia es overplay institucional: legislar sin deliberación, concentrar el centro, doblegar el contrapeso, ocupar todo el tablero a la vez. Cada atajo deja su ‘aji’ silencioso. La crisis energética, la inseguridad, la institucional, la social y la económica no son frentes separados: son piedras delgadas conectadas entre sí, y en el ‘Go’ las estructuras delgadas y extensas son las que colapsan enteras con una sola jugada en el punto de corte. Quien gobierna acumulando presión hacia el centro mientras descuida sus conexiones con los márgenes no está construyendo poder: está construyendo la forma exacta que el adversario sueña con derribar.

VIII. La anagnórisis pendiente

Aquí está la diferencia decisiva entre la tragedia y la política. En la tragedia, el reconocimiento llega tarde: Edipo se entera cuando ya no hay nada que hacer con la verdad. En la política, la anagnórisis puede llegar a tiempo y esa es su única ventaja sobre el destino. El templo de Delfos —el mismo dios que oráculo el destino de Edipo— llevaba inscritas dos máximas que todo poder debería tener talladas en la puerta de su despacho: gnōthi seauton, conócete a ti mismo, y mēden agan, nada en exceso. El gobernante que encarna a Edipo falla en ambas: no se examina y gobierna en exceso.

La salida, si la hay, es triple. Primera, el autoexamen del método: preguntarse no solo quién contamina, sino si la propia forma de gobernar contamina. Segunda, escuchar a los Tiresias sin acusar conspiración —y aquí la lección vale en ambas direcciones, porque también el adivino institucional debe ganarse la escucha con claridad y no con sacralidad—. La opción contraria ya la conocemos: no es el Edipo que se arranca los ojos en un gesto terrible de lucidez final, sino el Edipo posible, el más frecuente, el más moderno: el que prefiere arrancarle los ojos al adivino. Cegar al que ve es más barato que mirarse, y es la forma más segura de quedar completamente ciego. Tercera, jugar ‘Go’: recuperar derechos humanos y libertades desde los bordes —cárceles, fronteras, justicia territorial, deliberación, barrios, comunas, jóvenes— porque el centro no vive del centro: vive de las libertades de la periferia, que se las respeta.

Y una última nota, porque el espejo también me interpela: en el ‘Go’ no hay un enemigo único. Cada piedra descuidada se captura también por abandono propio. Un ciudadano que convierte la política en un partido de ajedrez mediático —apostando por el mate del adversario— abandona sus propias esquinas y ningún tablero se defiende solo.

Tebas se salvó el día en que el miasma salió del palacio. Un reino, como una nación, no se derrumba por el golpe que recibe en el trono, sino por la última libertad que se cierra en una esquina cuyo nombre el trono nunca aprendió. Mientras el rey contaba mayorías, el tablero contaba libertades. Y el tablero, que nunca adula, ya sabía el final que la ciudad conocería demasiado tarde: que el monstruo que asfixiaba a Tebas no cruzó la muralla. Dormía en el palacio.

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