sábado, abril 25, 2026
Ideas
Fernando López Milán

Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

El origen de las religiones

La caza del saltamontes era un rito cuyas formas, aunque desconociéramos su origen, observábamos respetuosamente.

El canal de riego era nuestro río. Un día, poseídos por el espíritu de la aventura, decidimos navegarlo y, al estilo de Francisco de Orellana, descubrir su término y su origen. Cargados de unas tablas y sogas, nos dirigimos al canal que quedaba en la zona no urbanizada de la ciudad, donde aún había sementeras, ovejas y vacas pastando, y los infaltables perros rabiosos y esqueléticos de los agricultores.

La parte en la que nos situamos limitaba con el campo de aviación de Riobamba, cuya pista se había desgastado por la acción de los elementos naturales y no por la fricción de las ruedas de los aviones despegando y aterrizando. La única vez que yo vi un avión aterrizar ahí fue un acontecimiento público: arribaba el presidente de la República.

Con las maderas y las sogas que llevamos logramos armar una balsa de forma bastante irregular. La echamos al agua y el «Mono», quitándose toda la ropa que traía, calzoncillos incluidos, se subió a la balsa. Nada más subir, esta empezó a hacer agua y a inclinarse. Rescatamos apresuradamente al «Mono», que, asustado, se tendió en la yerba para recuperarse. La balsa se fue desarmando mientras seguía su rumbo dificultoso por la corriente, hasta que terminó encallada en los matorrales de la orilla.

Fracasado nuestro intento de navegación, nos dedicamos a la caza de saltamontes. Inclinando la cara hacia la tierra, rastreábamos palmo a palmo las orillas herbosas del canal, que, en esa época del año, probablemente agosto, estaban secas y amarillentas. “El Nanco” encontró, por fin, un saltamontes, y nos llamó a verlo. En seguida, nos reunimos en torno a él y a la pieza capturada formando el círculo originario: el de la caza, el del consejo, el del linchamiento.

La caza del saltamontes era un rito cuyas formas, aunque desconociéramos su origen, observábamos respetuosamente. No sé, incluso, si lo que estábamos haciendo no era sino una inspiración del «Nanco», el jefe de la banda de chicos de entre seis y doce años que se había formado en el barrio. Una vez que estuvimos todos reunidos, empezó la ceremonia. Mientras el «Nanco» desmembraba al saltamontes, arrancándole suavemente las delgadas patitas, nosotros, ya horda prehistórica, repetíamos acompasadamente la fórmula sacrificial: «saltamontes, saltamontes, dame vino».

El vino, por supuesto, no era más que la sangre rubí que manaba con mezquindad de los bordes de los miembros seccionados de la víctima. No había sangre suficiente como para beberla, según se estila en la eucaristía cristiana, así que nuestro sacerdote debía contentarse con lamer las escasas gotitas de sangre que el saltamontes sacrificado nos brindaba. Terminado el rito, dejamos al saltamontes desmembrado en el piso. Ya darían cuenta de lo que quedaba de él los otros depredadores.

Ahora que escribo esto, pienso que, con los otros chicos del barrio, el día del desmembramiento del saltamontes asistimos al nacimiento de una religión. Toda religión, como nos muestra una experiencia repetida a lo largo de los siglos, y que nosotros actualizamos instintiva, espontáneamente un día del mes de agosto de hace cincuenta años, demanda víctimas y sacrificios. El sacrificio une, cohesiona a la horda en torno al sufrimiento y la muerte de la víctima: un saltamontes, un extranjero, un niño albino. La sangre de la víctima fortalece y hermana. El crimen, detrás de la religión está el crimen.

 

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