Lo conocí a finales de los 80. Yo pertenecía a un colectivo de teatro universitario y a un movimiento de izquierda radical. Clarita nos invitó a los teatreros a una fiesta con sus amigos. En aquella casa de El Dorado nos esperaban las espigadas y hermosas amigas danzarinas como Clarita y, en medio de ellas, estaba él. A veces se levantaba y con movimientos lentos iba a fumar en una esquina, ahí vi las amplias cejas y la mirada profunda del líder del Frente de Danza Independiente, el Kléver Viera, según me contó Alvaro, mi colega actor. Hermosas y etéreas iban por el espacio las bailarinas y tanto ellas como el Kléver, con su cabello corto a los lados y largo en la parte de atrás, según esa moda ochentera, incluían en la salsa y las cumbias de la fiesta la improvisación y sus pasos de danza contemporánea.
Pocos años después, en El Ejido, me lo presentó Óscar, cuando fuimos a ver el Circo Invisible, una propuesta de danza al aire libre desarrollada en medio del parque. Ahí, una trouppé de bailarines, actores y mimos llegados desde distintas partes del mundo, danzaban y se desplazaban entre los árboles, decenas de artistas entregaban una oferta de reapropiación del espacio público hasta entonces inédita en la aún conventual Quito. Ahí, vivían, dormían, cocinaban y trabajaban durante varias semanas y, de a poco, crecía en número los espectadores que íbamos a extasiarnos con esa entrega de danza anarquista que no necesitaba del escenario clásico, en donde El Ejido fue su hogar y su taller, su tarima y su trinchera. Luego invitamos al ñaño Kléver, como le llamaban los viejos militantes de mi partido, a que enseñe expresión corporal a nuestros alumnos, humildes hombres y mujeres de El Guasmo, de los barrios urbano marginales de Quito, de las fincas del Napo, que completaban su bachillerato. Acudió con Diego y Rosita al Parque Metropolitano y mostraron a los estudiantes aspectos inexplorados de su propio cuerpo.
Era parte de una generación de bailarines, como María Luisa González, Susana Reyes, Carlos Cornejo, Wilson Pico, Arturo Garrido (+) que fue dando forma a una propuesta de danza contemporánea con sello propio, ecuatoriano, andino.
Estábamos en 1992, bebíamos y reíamos en su departamento de la Manuel Larrea que compartía con su compañera Andrea. Para entonces Kléver Viera era ya uno de los pilares de la danza contemporánea en nuestro país. Había comenzado en el año 74 con la danza clásica, en una sociedad conservadora, prejuiciada y repleta de estereotipos.
Era parte de una generación de bailarines entre los que estaban María Luisa González, Susana Reyes, Carlos Cornejo, Wilson Pico, el también fallecido maestro Arturo Garrido que fue dando forma a una propuesta de danza contemporánea con sello propio, ecuatoriano, andino. Pero para el Kléver, además una danza vinculada a las preocupaciones sociales y políticas que incluían elementos de esa variante de la cultura indígena, llamada cultura mestiza. Así, luego de sus largos años en México y de su estancia en Alemania fue generando propuestas eclécticas como Yaradanza, irreverentes como el Frente de Danza Independiente, creaciones vivenciales como el mencionado “Circo invisible”. Kléver y la May Scremin fueron el motor de las Jornadas de Danza Mary Wigman, expediciones dancísticas alucinantes, en donde Quito podía conmoverse con la luz y el color, surgidos desde el movimiento de cuerpos que venían de todas las partes del mundo.
Y así se mantuvo Kléver por más de 50 años, en la danza libre, en la propuesta independiente que no da concesiones al poder, en su cruda o tierna, pero siempre impactante propuesta dancística. En estas cinco décadas, fue el maestro de muchísimos coreógrafos, bailarines y de seres sensibles que simplemente aman bailar y que consciente o inconscientemente reflejan parte de la esencia del “niño maestro”, como le llama Vinicio, en su documental.
Desde hace unos años éramos vecinos y coincidíamos en la esquina del teatro Alhambra, donde me invitaba a hacer danza para dejar de ser tan Yang. Lo encontraba en el Mercado Central, comprando carne para su gato Barrabás. Me encontraba en la Alameda y antes de bifurcar caminos donde nos acordábamos de las locuras de los viejos amigos comunes de la Silvia, del Terry, del Guido.
Dos días antes de la Día de la Danza (29 de abril) Kléver, el de Toacazo, decidió irse a danzar en el más allá con Pina Bausch y con Isadora Duncan, pero sus pasos y movimientos siguen cualificándose en las coreografías que crean entregan sus alumnos, hoy maestros. Ellos siguen dándole vida desde sus propias creaciones y siguen en ellas plasmando algo de ese niño del floripondio, de ese Angelote que se fue a hacer su último y definitivo acto. En nuestra memoria quedan la ternura de la Niña de las vendas y aparece en nuestras pesadillas la Anfisbena. A veces repito con él y con César Dávila que el Espacio me ha vencido. El ñaño Kléver se fue pero queda, por suerte, ese infinito ciclo del cual nacen nuevos hombres y mujeres que despliegan sus alas en cada movimiento. Esos hombres y mujeres alados, que tanto necesita este país andino y a veces demasiado anodino.
Sentido y emocionante fue el homenaje póstumo que el Primero de Mayo, en el Teatro Prometeo, le hicieron sus colegas, alumnos y ex alumnos, donde le danzaron, la hablaron, le lloraron,. En esta homilía particular, profesionales y amateurs se desplazaron en el escenario en su nombre. Aunque Kléver Viera se haya ido, por suerte, desde la secuencia maestro – alumno, se seguirán recreando personajes en la sala de ensayo y en el tablado, en la calle y en los techos, en los parques y sobre los cables de las ciudades, su danza inconveniente y talentosa.
