Hace pocos días envié a Madrid, por petición de la Real Academia Española, un extenso y exigente estudio de la vida y labor idiomática de Pedro Fermín Cevallos, primer director de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, así como detalles de vida y obra de don Antonio Flores Jijón.
Los dos académicos habían pergeñado, cada uno, una lista de términos que consideraron característicos del uso del español en el Ecuador, sobre todo de palabras relativas a nuestras costumbres, a la rica flora y fauna de la tierra, expresiones que, a la vez, probaran su dominio de nuestra lengua y su interés por ella, así como usos y peculiaridades del habla del español en el Ecuador de entonces, las cuales refrendarían ante la Real Academia Española el aporte singular de su dedicación idiomático-lingüística.
Aquí, por razón de espacio, me referiré solo a Pedro F. Cevallos, cuya biografía resumió él mismo en una breve auto-admonición llena de sentido del humor: Llevo “el juego de vivir haciendo paraísos”.
Notable talento lo caracterizó desde la juventud. Pronto fue abogado valorado en el medio gracias a su diligencia y a su afable trato social; los escritores coetáneos que se refirieron a él mencionan, además de su inteligente amabilidad, firme y sin concesiones si debía decidir, un sentido raro entre nuestros intelectuales, serios y formales: su connotado sentido del humor.
Es curioso que los biógrafos de Cevallos coincidieran en que no mostraba interés por ocupar puestos relevantes en espacios públicos, aunque su condición ciudadana y familiar contribuyeran a que, a sus 35 años, fuese nombrado diputado por Pichincha al Congreso de 1847.
Interesado por la historia patria, vivía los acontecimientos políticos anotando cuanto consideraba sustancial; en la revolución de julio de 1851, “que proclamó Jefe Supremo al general Urbina”, Cevallos saludaba al caudillo liberal. Entonces inició la redacción del periódico oficialista, llamado El seis de marzo, en el que desplegaba su interés histórico, y cumplía, como sin quererlo, su vocación de escritor. Participó en el gobierno de Urbina desde septiembre de 1851, mes en el cual el presidente firmó el decreto de abolición de la esclavitud, del cual Cevallos se hizo eco en su crónica:
Un ejército de tres mil hombres, lucido por su personal, brillante por su disciplina y ennoblecido por la misión que lleva, ha salido para el interior, no con otro objeto que el de tender la mano a los oprimidos, para que se alcen del polvo, porque en el siglo XIX no se esclavizan ya los pueblos, no se venden impunemente los derechos del hombre a testas coronadas…
Sus textos históricos escritos con pasión y fuerza singular, llenos del afán de que constaran los acontecimientos tal como ocurrieron, se adelantan en el tiempo. Se dedica al ensayo histórico y escribe el Resumen de la historia del Ecuador desde su origen hasta 1845, «la primera historia sistemática y objetiva que se publicó en el país, y que tuvo como base su propio “Cuadro sinóptico” de la República del Ecuador».
Nombrado ministro de Estado, pasa a ser secretario de la Asamblea Constituyente reunida en Guayaquil y emprende, a la par, una nueva tarea de escritura con la revista La Rebusca, «su mayor empresa periodística», según el académico Hernán Rodríguez Castelo. En el campo literario, Cevallos, «escritor sin grupo», muestra su afición a lo clásico, colabora en La Democracia y El Iris (esta última, fundada en 1861) con el estilo vivo y grato de sus artículos de costumbres, y explaya su humor y talante en textos cortos entre los cuales «se encuentran sus mejores páginas, costumbrismo sabroso y agudo, más descriptivo que analítico o crítico», y artículos biográficos sobre personajes presentes o ya ausentes de la vida ecuatoriana. Registraba los acontecimientos y los refrendaba con atentos y fidedignos datos acopiados por él mismo, a fin de remontarse al comienzo de la antigua historia del país. Para los lectores, sus escritos, dignos de atenta lectura, resultaban siempre ilustrativos. En lo histórico y político la opinión de Cevallos fue una forma de oponerse a todo lo que en los gobiernos de ese siglo XIX–de los cuales él esperaba tantas luces– contradijera las esperanzas de los buenos patriotas. Su canon no fue modelo solo para historiadores sino para todo aquel que aspirara a que nuestro país contase con una historia justa y patriótica, que sustanciara su anhelo de seguridad y paz.
Al redactar esta sucinta biografía de Cevallos resulta imprescindible referirnos a su incansable labor en pro de la creación de la Academia Ecuatoriana de la Lengua (AEL), cuya Acta de instalación se inicia así:
En la ciudad de Quito […] el día 4 de mayo de 1875, los señores Dor. D. Pedro Fermín Cevallos, D. Julio Zaldumbide, D. Belisario Peña, Gral. Dor. D. Francisco Javier Salazar, Dor. D. Pablo Herrera y el infrascrito, miembros correspondientes de la Academia Española, se reunieron en la casa de habitación del primero […] con el objeto de instalar la Academia Ecuatoriana y poner así por obra en el Ecuador el acuerdo expedido por la Española en Madrid, el día 24 de noviembre de 1870.
En ella, entre otras formalidades, se hace constar:
Reconocida por los concurrentes la importancia de aquel acuerdo y el bien que de su cumplimiento había de resultar a la literatura castellana, se resolvió declarar y se declaró instalada la Academia, i fueron nombrados para Director de ella el Sor. D. Pedro F. Cevallos, para Censor el Dor. D. Pablo Herrera, i para Secretario el infrascrito […], don José Modesto Espinosa.
Un mes más tarde, en misiva de 2 de junio, Pedro Fermín Cevallos anunciaba a Fermín de la Puente y Apezechea, secretario de la comisión encargada de la creación de las academias correspondientes en la Real Academia Española:
Con fecha 22 del mayo último escribí a U. anunciándole la instalación de la Academia Correspondiente Ecuatoriana, i hoy me cabe la satisfacción de incluirle el acta en que verá los nombramientos que se hicieron, a fin de que la ponga en conocimiento de esa Real Academia […].
El pleno de la RAE recibía desde Quito la noticia de que la Junta del 15 de octubre de 1874 preparaba la constitución de la Academia Ecuatoriana, y respondía:
En Quito, a 16 de mayo de 1874, los Sres. Dor. Don Pedro Fermín Cevallos, Don Julio Zaldumbide y Don Juan León Mera, miembros correspondientes de la Academia Española convocados por el último en virtud del encargo recibido desde la Comisión de Academias Correspondientes Americanas, se reunieron, a fin de acordar cuáles debían ser las personas que […] propondrían a la Española para completar el número con que dicha Academia se establecería en el Ecuador […]. Y que la presente acta suscrita por los tres miembros presentes fuera sometida a la Comisión […] por conducto del que las ha convocado […] concedió la autorización para la formación de la nueva Academia Correspondiente.
Cevallos no tardaría en transmitir a don Antonio Caro, director de la Academia Colombiana de la Lengua, (la primera, y entonces todavía la única Academia de la Lengua creada en América, su satisfacción, así): Algo más que la religión y la lengua, algo más que la sangre y las costumbres vinculan a los pueblos del Ecuador y de Colombia, y así […] tenemos los que antes fuimos conciudadanos, un motivo más y mayor para revivir, cuando no aumentar, nuestros afectos y relaciones.
El 25 de mayo de 1875, Pedro Fermín Cevallos escribe a don Miguel Antonio Caro:
Tengo a honra comunicar a la Honorable Academia Correspondiente Colombiana la instalación de la del Ecuador, que se verificó el día 4 del mes corriente. La Academia Ecuatoriana ha creído que este acto debe ponerse no solo en conocimiento de la Academia madre, sino en el de todas las correspondientes ya establecidas y que se establecieran en la America Española, por cuanto, movidas por un interés común, deben corresponderse entre sí; y por eso me apresuro á comunicarlo por el respetable órgano de usted. Y, en cuanto historiador respetado, y animado por el espíritu de antiguas luchas y logros, manifiesta: […] Habiendo formado antes un solo cuerpo de nación, nos separámos políticamente para regirnos por instituciones y magistrados propios […] y acaso se entibiaron de algún modo nuestros recíprocos afectos, sin que por ello hayamos dejado de vernos como hermanos; hoy la Real Academia Española ha invitado a los literatos americanos a popularizar las letras castellanas y á que la ayuden a mantener la limpieza de la lengua que hablan más de cuarenta millones, herederos de la de Cervantes […]
A lo que don Antonio Caro contestaría, el 23 de junio de 1875:
Presentada por mí anoche en junta extraordinaria a la Academia Colombiana la atenta comunicación de V. S. del 25 del pasado mayo, fue recibida con regocijado aplauso. Ha deseado esta Corporación que no tardasen en aparecer en el horizonte literario las que deben ser hermanas y cooperadoras, y al instalarse la Ecuatoriana, se congratula por ello, y ha acordado unánimemente enviarle por mi conducto sus sinceras felicitaciones […]. Sobrada razón, en efecto, asiste a V. S. para encarecer los lazos de la sangre y del espíritu que ligan entre si al Ecuador y a Colombia. Naciones del mismo origen, fueron una misma en época gloriosa y hoy sus sentimientos fraternales deben atender a la contigüidad en que las ha colocado la Providencia, antes que á la línea con que las han dividido los hombres […]. Dios guarde a usted muchos años. Miguel Antonio Caro.
Cevallos ejerció las funciones de director de nuestra AEL desde su instalación. Al final de su vida y a causa de su creciente ceguera, dejó el cargo, tras más de quince años de trabajo ilusionado. Murió en Quito, en mayo de 1893, a sus 80 años. Julio Castro Bastus, su sucesor en la dirección, escribía:
Octogenario y ciego, también fundador de la Academia Ecuatoriana […] conservaba siempre su admirable serenidad de espíritu y suplía la luz material con la irradiada de su distinguida inteligencia, a fin de matar las tristes horas de la eterna noche de sus ojos, siguiendo con vivísimo interés el movimiento literario de su patria, movimiento que de él había recibido su principal impulsión.
Quede para otro u otros artículos su quehacer lexicográfico plasmado en el Breve Catálogo de errores en orden a la lengua i al lenguaje castellanos; cito aquí, brevísimamente, cómo, ya en pleno siglo XX, el académico Hernán Rodríguez Castelo analiza y muestra en detalle, en su ensayo sobre el Breve catálogo, no solo la pasión por las palabras que vivió el ilustre ambateño, sino la vocación pedagógica que cada página de su autoría imprime en el lector.
