domingo, mayo 3, 2026
Ideas
Carlos Pástor Pazmiño

Carlos Pástor Pazmiño

Profesor de la Universidad del Azuay

El legado del papa Francisco: una economía con alma para las comunidades rurales

La Economía Social, Popular y Solidaria, ESS, que Francisco defendió no es un invento nuevo, pero él le dio un altavoz global. Es un modelo que pone la vida por delante del lucro, que valora el trabajo colectivo y la Madre Tierra.

La noticia del fallecimiento del Papa Francisco nos golpea el corazón como un tambor que resuena en el silencio. Pero su voz, esa que habló con claridad y ternura sobre un mundo más justo, sigue viva en cada comunidad que lucha por la dignidad y la esperanza. Francisco no fue solo un líder espiritual; fue un compañero que caminó con los pies en la tierra, señalando un rumbo: una economía que no mata, que no excluye, que cuida la creación y pone a la gente en el centro. Su visión de la Economía Social, Popular y Solidaria (ESS) es un farol que ilumina el camino de las comunidades rurales, esas que, entre sembríos y saberes ancestrales, tejen resiliencia y equidad. Francisco, el papa de los pobres, entendió que la economía no es solo números y billetes, él lanzó un grito al mundo: “¡Hagamos una economía que haga vivir, no que mate!”. No hablaba desde un púlpito lejano; hablaba desde el dolor de los campesinos sin tierra, de las mujeres que sostienen la vida en los mercados populares, de los jóvenes que buscan un futuro sin tener que dejar su pueblo. Su mensaje era claro: la economía debe tener alma, debe ser fraterna, debe ser un abrazo colectivo que no deje a nadie atrás. En América Latina, donde la desigualdad y el extractivismo han dejado cicatrices profundas, su llamado encontró eco. Comunidades rurales, desde los Andes hasta el Amazonas, ya estaban viviendo lo que Francisco soñaba: cooperativas que producen con justicia, ferias que cuidan la tierra, redes solidarias que dicen “si tocan a uno, nos tocan a todos”. Su legado no es una utopía escrita en libros; es la semilla que germina en los surcos de la tierra y en los corazones de los que trabajan por un mundo mejor.

La Economía Social, Popular y Solidaria, ESS, que Francisco defendió no es un invento nuevo, pero él le dio un altavoz global. Es un modelo que pone la vida por delante del lucro, que valora el trabajo colectivo y la Madre Tierra. En las comunidades rurales, donde la modernidad a veces llega como una amenaza, la ESS es un escudo y una esperanza. Pensemos en la Cooperativa Renacer en Colombia. Ahí, los trabajadores no solo arman televisores; construyen un modelo donde todos tienen voz, donde la producción no aplasta al que la hace. O en Ecuador, donde 140.000 familias campesinas cultivan con agroecología, protegiendo la tierra y sacando a sus comunidades de la pobreza. Estas historias no son cuentos; son pruebas de que se puede producir sin destruir, compartir sin excluir, crecer sin olvidar las raíces. La ESS, como dice el texto el libro en prensa Tejiendo Esperanzas, es un tejido de tres hilos: Económico: Cooperativas como La Obrera en Argentina cortan a los intermediarios y llevan comida a la mesa a precios justos.  Social: Organizaciones como el FEPP en Ecuador dan créditos y formación, empoderando a indígenas y campesinos para que sean dueños de su destino. Ambiental: La Red de Guardianes de Semillas, también en Ecuador, defiende las semillas nativas y los saberes ancestrales, porque cuidar la tierra es cuidar la vida. Estos ejemplos son como fogatas en la noche: pequeñas, pero capaces de alumbrar y calentar a muchos. Y Francisco lo sabía. Por eso insistía en que la economía debe ser una “cantera de esperanza”, un lugar donde nadie se sienta sobrante.

Su mensaje era claro: la economía debe tener alma, debe ser fraterna, debe ser un abrazo colectivo que no deje a nadie atrás.

Si hay algo que la ESS y el Papa Francisco pusieron en el centro, es el valor del trabajo que sostiene y cuida la vida. En las comunidades rurales, las mujeres son las que muchas veces cargan ese peso: siembran, cuidan, cocinan, tejen redes. Las ferias agroecológicas de Cuenca, lideradas por mujeres, no solo venden comida; son espacios donde el cuidado se hace político, donde la agricultura familiar se vuelve un acto de resistencia. Francisco, con su mirada humilde, entendía esto. No hablaba explícitamente de economía del cuidado, pero su énfasis en la fraternidad y la inclusión abría la puerta a reconocer que el trabajo de las mujeres —ese que la economía tradicional ignora— es el que mantiene viva a la comunidad. En cooperativas como las de Ecuador, donde las mujeres combinan producción y cuidado, se ve claro: la economía popular no separa lo que produce de lo que cuida. Todo es parte del mismo tejido. Las comunidades rurales no son solo un lugar en el mapa; son un modo de vida, un archivo vivo de saberes y resistencias. Las conquista de los Sin Tierra en Brasil, con sus 22 familias organizadas, no solo conquistó tierras; conquistó dignidad, memoria y futuro. Sus prácticas artesanales y agrícolas son un recordatorio de que la sostenibilidad no es una moda, sino una forma de existir en armonía con la tierra.

Francisco veía en estas comunidades un modelo para el mundo. En un planeta herido por el cambio climático y la codicia, las prácticas agroecológicas, los trueques, los jardines etnobotánicos son más que soluciones locales; son lecciones globales. Como decía el Papa, necesitamos una economía que “cuide la creación y no la depreda”. Las comunidades rurales, con su capacidad de adaptarse a las crisis y su respeto por la naturaleza, ya están escribiendo ese manual. Sin embargo, no todo es color de rosa.

La ESS enfrenta gigantes: la competencia con empresas que solo ven ganancias, la falta de recursos, las políticas que favorecen a los grandes. Pero, como decía Francisco, “la esperanza es audaz”. Las ferias de Cuenca, los jardines de la UNORCAC, las cooperativas que resisten en Colombia y Brasil muestran que, aunque el camino es duro, es posible. El Papa nos dejó un encargo: estudiar, practicar y soñar una economía diferente. No era un idealista desconectado; era un hombre que creía en la fuerza de lo colectivo, en la capacidad de las comunidades para tejer futuros. Su legado no se queda en palabras bonitas; está en cada cooperativa que se levanta, en cada semilla que se siembra, en cada mano que se tiende.

Hoy lloramos la partida del Papa Francisco, pero su luz no se apaga. Su visión de una economía con alma, de comunidades rurales que son faros de resiliencia, sigue viva en cada lucha, en cada abrazo solidario. Como dice Hernán Rodas, “otro mundo no solo es necesario, sino que ya está en marcha”. Y en ese mundo, las comunidades rurales, con su economía social y solidaria, son las que marcan el paso. Francisco nos enseñó que la economía no es un monstruo intocable; es algo que podemos moldear con nuestras manos, con nuestra fe en lo colectivo, con nuestro amor por la tierra. Su legado es una invitación: sigamos tejiendo, sigamos sembrando, sigamos siendo comunidad. Porque, como él decía, “nadie se salva solo”.

Nuevas columnas

Más leídas

Más historias