miércoles, abril 8, 2026
Ideas
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

El horror de la guerra

La Segunda Guerra Mundial fue tan horrorosamente cruel que ya no hay lugar para ninguna otra. Cuanto más que, en principio, ninguna guerra se justifica, en especial ahora, cuando el mundo se ha organizado en torno a nuevos principios cuyo núcleo lo constituyen el diálogo y la democracia.

Los europeos saben de memoria cuáles son los efectos directos, inmediatos y a largo plazo de la guerra. Sin embargo, parecería que la historia no es suficiente para destruir las armas y remplazarlas por el valor de la palabra cuando hay conflictos. Parecería que la palabra no es suficientemente eficaz para borrar la atávica pasión por la destrucción, el sufrimiento y la muerte.

Con la guerra, el vencedor pretende apropiarse de los bienes del vencido. Una estrategia tan antigua como la humanidad. Apareció en el momento en el que la envidia se introdujo en el corazón de los deseos.

¿Acaso las máximas autoridades de un país son dueñas de la vida y de la muerte de sus ciudadanos? ¿Por qué sus soldados deberán tomar las armas para invadir otro país asesinando a sus ciudadanos, civiles y militares que la defienden? ¿Desde dónde un presidente dispone de la vida y de la muerte de sus ciudadanos, especialmente militares? 

La guerra constituye la forma más perversa de dar la muerte a los inocentes. Los soldados son inocentes: no poseen la capacidad de oponerse a los perversos deseos de un amo cruel que quiere ver sangre enemiga. ¿Acaso los dirigentes de un país son dueños de la vida de sus soldados? ¿Desde qué ética se ordena disparar y matar? Aún más: ¿desde dónde un país ajeno, como Rusia, se propone, a sangre y muerte, arreglar los conflictos de Ucrania? 

La Segunda Guerra Mundial fue tan horrorosamente cruel que ya no hay lugar para ninguna otra. Cuanto más que, en principio, ninguna guerra se justifica, en especial ahora, cuando el mundo se ha organizado en torno a nuevos principios cuyo núcleo lo constituyen el diálogo y la democracia.

La Segunda Guerra Mundial fue tan horrorosamente cruel que ya no hay lugar para ninguna otra. Cuanto más que, en principio, ninguna guerra se justifica, en especial ahora, cuando el mundo se ha organizado en torno a nuevos principios cuyo núcleo lo constituyen el diálogo y la democracia.

De modo alguno es dable que Ucrania se vea envuelta en ese pérfido cataclismo que lo único que produce es destrucción y muerte de inocentes. Los soldados que se disparan y se matan no merecen esta muerte: todos ellos son inocentes. 

En este caso, los culpables son las autoridades de Rusia que invaden Ucrania. A este país le corresponde dar la cara a sus problemas internos y solucionarlos de manera oportuna y adecuada de conformidad a sus propias leyes. Rusia pretende apoderarse de Ucrania para reorganizarla implantando su política y su ideología. 

¿Para qué más sangre? La lucha contra los separatistas ya ha producido demasiadas muertes, demasiadas heridas. Ucrania merece la paz. Por su parte, Rusia hace mal en atacarla con el claro propósito de anexarla a su régimen. Los antiguos romanos decían: si quieres la paz, prepara la guerra. Muchos países funcionan desde este antiguo principio y dedican a las armas buena parte del presupuesto nacional. Más aun, para las armas existen presupuestos secretos de los que nada sabemos los ciudadanos. 

En el desconcierto social que produce esta guerra, ya aparecen aquellos que siempre están listos a sacar provecho del mal, aquellos que aprendieron a pescar en río revuelto. Es preciso escuchar las voces de los inocentes, de aquellos que huyen despavoridos ante la posibilidad de que Rusia se apropie del país y lo esclavice.

Hoy pensamos que la paz, el desarrollo, las igualdades sociales se sostienen en el respeto a los derechos personales y sociales y no en las armas ni en las amenazas nucleares. Las guerras lo único que provocan es destrucción, muerte y desamparo. Los países no necesitan héroes muertos en batallas impúdicas sino ciudadanos que vivan y produzcan en libertad. 

El conflicto interno del país provocado por los separatistas ya ha producido demasiadas muertes y grandes sufrimientos. Por ende, lo que hace falta es fomentar la libertad que asegure el desarrollo y el bienestar personal y social. 

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