jueves, mayo 7, 2026
Ideas
Alexis Oviedo

Alexis Oviedo

PhD en Educación por la Universidad Católica de Lovaina, Maestro en Estudios Culturales y Desarrollo, Graduado en Economía. Ex gerente del Proyecto de Pensamiento Político de la SNGP. Docente universitario.

El derecho a dormir

Hordas de motociclistas irrumpen en horas de la noche o de la madrugada por las calles del Centro Histórico, la Floresta, la Vicentina… violando el derecho de todos a descansar, a dormir. Las autoridades se llenan de justificaciones y nada hacen.

El centro de Quito es una de las zonas más bellas de la capital ecuatoriana que invita a ser visitada. De ser en sus orígenes la denominada ciudad vieja ha pasado a ser una zona en la que sus calles son muy concurridas y animadas, con casas en cuyo primer piso hay diversos locales comerciales abiertos y en los otros dos pisos bodegas o viviendas.

Dado el interés que concita visitar el centro histórico, pasan por este en las noches las famosas “chivas fiesteras”, pero además, desde hace algún tiempo los días jueves lo visitan hordas de motociclistas. Tres o cuatro decenas de personas, generalmente de mediana edad, que quieren revivir sus años juveniles en los que quizás no tuvieron una motocicleta y que desean hacer realidad esas travesuras castradas en su adolescencia. Es así que los jueves, el “día de las motos”, como lo llaman en el argot de ese colectivo, visitan el centro histórico y otros barrios de Quito céntrico, como la Floresta y la Vicentina en grandes grupos, emulando a los sesenteros Hell’s Angels, sin Harleys y con mestiza compañera atrás, pero pretendiendo replicar la peligrosidad y aplomo de los originales estadounidenses, plasmando las piruetas que no pudieron hacer en su pubertad.

Atraviesan las calles del centro histórico, irrumpiendo la silenciosa cotidianidad con la algarabía y esto, sin duda, no concitaría problema alguno si no agredieran con su actitud. Todo el mundo tiene derecho a disfrutar como mejor le convenga de su vida, plasmar sus sueños juveniles o buscar emociones fuertes en su afán de conquistar a la dama de su agrado. El problema se da cuando ese derecho de los motorizados subvierte el de los otros, el derecho de quienes vivimos en los espacios que ellos invaden. Y cabe el verbo invadir, por cuanto ruedan con los bulliciosos aparatos hasta las 21:30 de la noche y, sin embargo, las mencionadas hordas motorizadas comenzaron irrumpiendo en las silenciosas calles del centro hace un par de años a las 11 de la noche, luego a las 12 y finalmente asomaron a la 1:30 horas de la madrugada, lo que significa, por supuesto, la interrupción del sueño de más de un vecino.

Esta madrugada no fue la primera vez que salió un vecino a pedir que pongan el silenciador y fue contestado con burlas y risas de sorna de los que juegan ese rol de “chicos malos”. No es la primera vez que un vecino les grita desde el balcón que su pequeño hijo está enfermo y no le dejan descansar. Luego de esas noches en que se revive un Mad Max criollo, los residentes de mi calle hemos ido en varias ocasiones a presentar la denuncia correspondiente en la Agencia Metropolitana de Control, y hemos logrado que el siguiente jueves no se presenten los insoportables, para tenerlos de vuelta el jueves siguiente. Ante la reincidencia hemos insistido en la AMC (con todo el proceso burocrático que conlleva) y hemos tenido respuestas que nos hunden en el pesimismo y que van desde ese: “No podemos hacer nada, porque alguien les alerta de los operativos de control” al “no podemos hacer nada, porque es un juego del gato y el ratón en el que ellos no asoman cuando estamos y retornan cuando nos hemos ido”.

Respuestas de ese estilo no son admisibles de parte del ente de control del Gobierno descentralizado. Son respuestas que visibilizan la incapacidad de esa instancia para controlar la vulneración de derechos de los pobladores que vivimos en la ruta de los Highwaymen andinos y que tenemos el derecho a dormir porque al día siguiente, quizás, a diferencia de los que disfrutan su crisis de mediana edad, tenemos que ir a trabajar con un horario y desde tempranas horas de la mañana, lo cual daña la salud, el ánimo y el entorno laboral.

La respuesta dada luego de las formales denuncias causa tristeza antes que admiración. ¿Qué hacer entonces? ¿Hay que organizarse como vecinos y cerrar la calle? ¿Emular esas leyendas quiteñísimas, donde se atravesaba un alambre de un lado al otro para develar a un falso fantasma? Sin duda, esto no es posible ni admisible. Sin embargo, la rabia y la paciencia de los vecinos que soportamos esto cada jueves, ante la falta de eficacia de las autoridades, se colma y se agota. Mientras tanto, al ser despertados por la horda retozona, dudamos entre actuar por nuestra cuenta o seguir sufriendo cobijados por una rabia in crescendo, y mientras tratamos de volver a dormir reflexionamos en la vulneración de nuestro derecho a dormir.

 

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