El gobierno nacional acaba de presentar un programa económico que suena como música al oído de la gente, al no subir impuestos ni reducir o eliminar subsidios. Hasta para los economistas ortodoxos nos suena bien que se haya evidenciado una seria preocupación por los equilibrios macroeconómicos; podremos tal vez discutir en la velocidad, pero la dirección ciertamente es la correcta. Es que plantear que el déficit fiscal pasará del 5.64% en 2018 al 2.47% en 2021, y que se buscará que el saldo de la balanza de pagos sea positivo, así como poner énfasis en la austeridad fiscal y poner a dieta al obeso Estado ecuatoriano, resulta reconfortante.
Excepto por la cirugía que tendrá que hacerse para reducir USD 1000 millones anuales de gasto público, la suavidad de los instrumentos a utilizarse —que ciertamente se justifica para evitar cualquier crisis política y social y hasta por la misma alicaída actividad económica— nos muestra que Ecuador está apostando por la medicina homeopática para curarnos de nuestros males, y si los agentes económicos le creen (las primeras impresiones post programa parecen indicar que sí), hasta por efecto placebo capaz que tenemos buenos resultados. No obstante de ello, debemos precisar que por el momento solo tenemos buenos objetivos y que se deben transformar en acciones concretas para evitar ese viejo adagio de que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.
Aunque todavía esté a un nivel lirico, suena muy bien que el norte del programa sea la recuperación de la inversión privada con objetivos de estabilidad y equilibrio fiscal (déficit fiscal y endeudamiento público). Suena bien tambiñen la reestructuración y optimización del Estado con énfasis en la calidad del gasto público, la austeridad institucional y la reducción del tamaño del Estado. Lo mismo que el equilibrio del sector externo y la sostenibilidad de la dolarización con la mejora de la balanza de pagos, la reactivación productiva con el fortalecimiento del sector privado, más aun si venimos hasta hace poco de un discurso y políticas verdaderamente incendiarias que ponían en vilo hasta la mismísima dolarización.
Escarbando un poco más las propuestas presentadas, podemos destacar como lo bueno, lo malo y lo feo del programa lo siguiente:
Lo bueno
Algo muy bueno en el programa es la apuesta por la austeridad fiscal con una reducción meta de USD 1000 millones en los presupuestos públicos, con la eliminación de ministerios, secretarías, viceministerios, subsecretarías y coordinaciones generales con reducciones a la mitad del número de asesores en cada institución, el gasto en viáticos, el gasto en arriendos y la supresión de siete de las 22 empresas públicas de la Función Ejecutiva, venta de bienes inmuebles y vehículos.
Positivo resulta también el reconocimiento explícito de que hay un excesivo endeudamiento y que se honrará los compromisos adquiridos, algo importante para los mercados financieros internacionales, dado el antecedente inmediato de la ministra de Finanzas.
Qué podemos decir de combatir la defraudación fiscal, flexibilizar el mercado laboral, eliminar el anticipo mínimo del Impuesto a la Renta y el Impuesto a la Salida de Divisas, permitir la competencia en el sector financiero con instituciones financieras internacionales, promoción del mercado de valores y simplificación de trámites; son cosas buenas.
Muy bueno también resultan los incentivos tributarios a las nuevas inversiones con las exenciones del pago de Impuesto a la Renta el Impuesto a la Salida de Divisas, como la renegociación de la deuda pública, así como pensar en una nueva estrategia de desarrollo con las alianzas público privadas.
Resulta equitativo pensar que la carga tributaria vaya a los que más ganan con la eliminación de cinco beneficios tributarios —de más de 130 existentes— que favorecen, entre otros, a la población con más de USD 100 mil de ingresos netos anuales.
Lo malo
Nada se dice sobre acuerdos comerciales, que resultan fundamentales a la hora de mejorar el saldo de balanza de pagos, y peor aún, nuevamente insistir en incrementar los aranceles a las importaciones, por más que sean solo a los bienes de consumo, lo cual en la práctica significa que los hogares otra vez seremos los que pagamos la farra del gobierno anterior; además que desconoce el principio de que los desequilibrios externos se arreglan por si solos, en la medida que corrijamos las finanzas públicas.
También me parece muy malo la condonación de interés y multas de la cartera con el SRI, IESS y otros entes estatales, porque se crea situaciones de riesgo moral para no pagar las deudas con el Estado. No es de mi gusto tampoco dar subsidios a los exportadores, preferiría que se eliminen sus cargas.
Si bien comprendo que política o socialmente resultaba difícil cortar los subsidios, por lo menos hubiera esperado metas concretas para eliminarlos en el mediano plazo, porque desde el punto de vista económico son totalmente ineficientes y distorsionadores. Pareciera que no mismo tenemos la voluntad política de cortar de raíz una de las peores drogas que tiene nuestra sociedad y, al no hacerlo, solamente estamos posponiendo el día del ajuste y que a medida que pase el tiempo, cada vez será más grave.
Lo feo
No se dice nada sobre el Banco Central, cuya situación es una verdadera bomba de tiempo y urgen reformas estructurales para devolver su rol de tercero confiable, cortar de raíz las posibilidades de que pueda seguir realizando préstamos al gobierno central, así como devolver la liquidez necesaria al ex instituto emisor para sobrellevar de mejor manera cualquier posibilidad de una corrida bancaria.
Habiendo rebasado el endeudamiento público todos los límites de prudencia, lo mínimo que se habría esperado de un buen programa económico es el establecimiento de metas concretas de reducción de la razón deuda a producto.
Nada se ha dicho del IESS, cuando el programa económico debería haber incluido necesariamente reformas concretas sobre la administración del IESS, así como las medidas para sobrellevar los problemas del servicio de salud y las pensiones de jubilación en aras de fortalecer el ahorro interno como elemento clave del crecimiento económico de largo plazo.
En Ecuador la corrupción no es un caso aislado, es un tema macro de urgencia y no solamente porque alcanza la friolera suma de USD 35 mil millones, es decir que hasta podíamos habernos dado el lujo de financiar 7 años de un déficit fiscal de USD$ 5 mil millones, sino porque se creó todo un aparataje jurídico para poder delinquir en paz, por lo que urgía incluir en el programa elementos que corten de raíz la corrupción y sobre todo nos digan cómo se iba a recuperar esos dineros.
En conclusión, puedo decir que efectivamente se está corrigiendo parte de lo que anda muy mal en nuestra economía, quizás no en la velocidad que se requiere, pero por lo menos vamos en la dirección correcta. Lo que no me gusta ni cuadra es que no hagamos algo todavía para enfrentar los puntos de infección más grandes que tiene el país y que son detallados como la parte fea del programa.