El obraje de San Ildefonso, creado en el siglo XVII, fue en el siglo XVIII parte de un complejo productivo que incluía otras haciendas. Situado cerca del pueblo de Pelileo, en la actual provincia de Tungurahua, operó en el siglo XIX como uno de aquel puñado de obrajes que habían sobrevivido en la sierra ecuatoriana después de la época colonial. Los obrajes eran establecimientos manufactureros textiles donde se procesaba la lana de ovinos y se producían paños y bayetas. Los trabajadores indígenas se encontraban remunerados con salarios y la dotación de un lote de tierra, lo que era conocido como concertaje.
Cuando se observan los actos individuales de resistencia de los trabajadores indígenas en la sierra ecuatoriana durante el siglo XIX, estos incluían la fuga de las haciendas y negociaciones para pagar las deudas, pero también otros eventos colectivos demandaban la liquidación de cuentas. En 1857, por ejemplo, en una liquidación de cuentas entre los 150 conciertos de San Ildefonso, 98 de ellos tuvieron una cuenta a su favor. En aquella ocasión, Ventura Chiriboga —la dueña del obraje— estaba endeudada con sus trabajadores, una situación insólita. Hacia 1865 se produjo una fuga de trabajadores del obraje, aunque en 1874, los trabajadores volvieron a estar endeudados. No obstante, los procedimientos de castigo también estaban vigentes. Así fue como en 1874, Belisario Titi, un concierto de San Ildefonso, fue condenado por una acusación de robo a la pena de 200 azotes, que se ejecutó públicamente en Pelileo durante un día de feria.
En 1890 se introdujeron maquinas que duplicaban la productividad. Desde la época colonial, la cantidad de lana que debían trabajar los hilanderos, de acuerdo a las normas de trabajo era de una libra diaria. La maquinaria introducida logró que la producción del hilado se incremente a dos libras diarias por tarea. Este hecho motivó el descontento de los trabajadores que decidieron dejar de trabajar en la última semana de abril. El Jefe Político de Pelileo debió instalarse en el obraje por diez días consecutivos para persuadir a los conciertos que volvieran a trabajar¡; pese a todo, ocho de ellos abandonaron el obraje. Curiosamente, durante el 1 de mayo de 1890 los trabajadores indígenas del obraje se encontraban deteniendo sus labores. Este raro acontecimiento que localicé hace muchos años en la correspondencia del Jefe Político de Pelileo con el Gobernador de Tungurahua, tiene un sentido: llamar la atención sobre una iniciativa indígena que cuestiona la disciplina, la autoridad patronal y estatal.
Esta acción indígena ante un intento de modernización del obraje, evidencia aquellas motivaciones que definen las luchas laborales preindustriales cuando las costumbres tradicionales de trabajo han sido vulneradas por la introducción de maquinaria. El Jefe Político de Pelileo estaba sorprendido por la incomprensión de los indígenas al incremento de la productividad resultante de la nueva maquinaria. Otro aspecto que ocasionó el conflicto, fue el encierro obligado que pasaban los conciertos durante sus labores -una herencia colonial. Se negoció también que la jornada de trabajo tenga una duración de seis de la mañana a siete de la noche, y no se obligó a la producción por libras, sino por la capacidad de trabajar en el día, y según el Jefe Político, a partir de esta transacción no se repitieron las quejas de los conciertos.
En la época colonial sucedió un motín de los trabajadores indígenas del obraje de San Ildefonso en 1768, cuyas motivaciones fueron laborales y que concluyeron con brutales sanciones a los sublevados. En aquella ocasión, cuatro de los dirigentes del motín fueron ahorcados, sus cuerpos despedazados, sus cabezas decapitadas y luego exhibidos en los caminos de Pelileo de acuerdo al dramático relato que Segundo Moreno narró en Sublevaciones indígenas en la Audiencia de Quito (1976). Otros participantes fueron encarcelados y sometidos a castigos físicos.
El conflicto laboral de San Ildefonso de 1890 está cercano en el tiempo a los eventos que adquirieron un sentido histórico para el mundo del trabajo a escala mundial. El 1 de mayo de 1886, día de la famosa huelga de Chicago por la jornada de trabajo, dio paso a nuevas acciones de las asociaciones de trabajadores que desde 1899 establecieron el 1 de mayo como una fecha conmemorativa y de movilizaciones reivindicativas en Europa y Estados Unidos. En el Ecuador la primera celebración pública del 1 de mayo ocurrió en Guayaquil en 1913 y en 1916 se decretó la jornada de 8 horas de trabajo.
¿Cuál es el significado de esta huelga del obraje de San Ildefonso? Que haya transcurrido días antes, durante y después de un 1 de Mayo apenas a un año de distancia de la celebración mundial del Día del Trabajo con su carga reivindicativa y simbólica, puede mirarse como un hecho fortuito. ¿Es posible considerarlo como un evento de la historia de la clase trabajadora ecuatoriana? ¿Es un suceso de la acción colectiva histórica del mundo indígena? Cualquier respuesta que se pueda dar a estas preguntas, sitúa la dimensión indígena del mundo del trabajo a partir de un evento conflictivo en un obraje, donde se puso en juego la paralización de labores y la negociación con la intervención de un delegado local del poder estatal.
(Las fuentes de esta nota están indicadas en Hernán Ibarra, “Jornaleo, concertaje y haciendas (1850-1930)”, en: Simón Pachano (Comp.), Migración. Población y Empleo en el Ecuador, ILDIS, Quito, 1988, pp.101-146).
